
Una misión científica en el noreste del Atlántico permitió observar de cerca centenares de barriles antiguos con residuos radiactivos, varios de ellos muy deteriorados. En algunos casos, parte de su contenido ya se ha filtrado hasta el sedimento del fondo marino, a casi 4.700 metros de profundidad.
Uno de los bidones de residuos radiactivos muestra una degradación significativa y un derrame de material en el lecho marino circundante. Foto: ENS
Los científicos hallaron radionúclidos vinculados a estos desechos en concentraciones más altas de lo normal en la zona. Aun así, los datos disponibles no bastan todavía para saber si existe un perjuicio ecológico. Durante la segunda mitad del siglo XX se arrojaron más de 200.000 barriles en este sector, y ahora los especialistas tratan de aclarar qué fue del contenido y si los seres vivos de las profundidades han incorporado material radiactivo.
La campaña se desarrolló entre el 27 de mayo y el 28 de junio de 2026 a bordo del buque oceanográfico Pourquoi Pas?, con unos 30 científicos a bordo. El sumergible tripulado Nautile efectuó 20 inmersiones por debajo de los 4.700 metros y permitió examinar directamente los recipientes y los ecosistemas cercanos.
Mapa de barriles identificados y áreas cartografiadas por el vehículo submarino autónomo (AUV) UlyX. Foto: Flotte océanographique française
En la misión tomaron parte equipos franceses y colaboradores de varios países. En estas llanuras abisales, donde no llega la luz del sol, habitan comunidades de microorganismos, peces e invertebrados. Para comprender mejor cómo se distribuyen los residuos, una campaña previa empleó el robot autónomo Ulyx, que localizó 3.355 contenedores y recogió 345 muestras de sedimento, 5.000 litros de agua y 34 ejemplares de peces y crustáceos.
Las imágenes obtenidas durante las inmersiones mostraron barriles muy dañados y rastros del material que se había escapado de algunos de ellos. Cobalto-60 y niobio-94 fueron especialmente útiles como marcadores de los residuos, aunque también se detectaron cesio-137 y americio-241.
El regreso del Nautile y los buceadores al finalizar su inmersión a una profundidad de 4700 metros. Foto: Flotte océanographique française
La mayor dificultad ahora es determinar el origen exacto de cada radionúclido. El cesio-137 y el americio-241 también pueden proceder de pruebas nucleares y de accidentes en instalaciones atómicas. Ya en 2025, muestras tomadas lejos de los barriles habían mostrado vestigios radiactivos, sobre todo de americio-241.
Entre los responsables científicos del proyecto están Patrick Chardon, de la Universidad Clermont Auvergne, y Javier Escartín, de la Escuela Normal Superior de París. Antes de las inmersiones, Escartín planteó la cuestión principal: «¿Los radionúclidos han salido de los barriles y, si es así, de qué manera?». La expedición confirmó que parte del material se había liberado de los recipientes.
Anémonas, esponjas, cangrejos y otras especies se encuentran sobre algunos barriles y en sus alrededores. Los investigadores recogieron sedimentos, agua, organismos y comunidades microbianas próximas a los contenedores. También analizaron hábitats rocosos cercanos para comparar las comunidades naturales con las que conviven junto a los residuos.
Los análisis de laboratorio deberán precisar la concentración y el origen de los radionúclidos, así como su desplazamiento a través del agua y del sedimento. Además, se busca saber si los organismos marinos absorben estas sustancias en cantidades significativas.





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