Opinión

Embajador israelí para América Latina, ante presión internacional por cese total al fuego: "No vamos a aceptar de nuevo otra Gaza gobernada por Hamás"

A pocos meses de elecciones en Israel y en medio de la presión de Washington por un alto al fuego, Amir Ofek defiende la postura de su país frente a Hamás y insiste en que la salida pasa por un futuro sin el grupo armado en el poder — una condición que, según él, no cierra la puerta a la solución de dos Estados, sino que la precede.

Ofek  ha sido asesor diplomático superior en el Estado Mayor de las FDI
Ofek ha sido asesor diplomático superior en el Estado Mayor de las FDI | Embajada de Israel en Perú | Ajustada con Nano Banana AI

Nos encontramos con el embajador Amir Ofek en un hotel de Lima, en una conversación de sobremesa, café de por medio, para preguntarle de primera mano cómo se están leyendo, desde Israel, las dinámicas geopolíticas que en los últimos meses no han dejado de moverse: la presión de Washington por un alto al fuego con Hamás, el frente con Irán y sus proxies, y un proceso electoral israelí que corre en paralelo a todo eso, con críticas internas —muchas de ellas fundadas— contra el gobierno de Netanyahu cuyo desempeño militar y político durante la guerra ha sido cuestionado incluso por exjefes militares y sectores propios de la sociedad israelí. Esta es la conversación.

Alejandro Céspedes García: Estados Unidos presiona a Israel para aceptar la tregua con Hamás, y Trump ha dado a entender que es Israel quien frena el proceso de paz. ¿Cuál es la posición oficial de Israel frente a eso?

Embajador Amir Ofek: Creo que hay que entender el concepto en general. No se trata de un acuerdo concreto ni de los detalles; eso siempre se puede negociar. Se trata de lugares muy sensibles para la población israelí. Estamos atravesando uno de los peores momentos en la historia del pueblo judío, y el peor momento en la historia del Estado.

En general, Israel ya ha firmado la paz con todo enemigo que tuvo la voluntad de hacerlo: con Egipto, con Jordania. Podríamos firmar mañana mismo con Líbano. Así que no creo que se pueda argumentar honestamente que el problema para llegar a una solución es Israel; el problema es la falta de una contraparte.

Pero retrocedamos un poco. El tema central con los palestinos siempre fue "la solución". Sin embargo, mientras nosotros hablamos todo el tiempo de cuál es la solución, ellos hablan del conflicto: qué pasó, qué pasó, qué pasó. Hasta hoy, la idea básica de dos Estados para dos pueblos ha sido rechazada a lo largo de toda la historia. En cualquier momento en que se ofreció alguna versión de esa solución en los últimos cien años, siempre la han rechazado.

Así que todavía no estamos en el punto de hablar de un acuerdo de paz, porque la paz empieza por aceptar el derecho —no el hecho de que Israel exista, sino el derecho de Israel a existir— y ahí no estamos. Ha habido al menos trece momentos en la historia en los que se ofreció alguna versión de esa solución, y siempre, siempre la rechazaron. Así que el tema, inevitablemente, no es la paz.

Y si alguien en la comunidad internacional está realmente hablando de la solución de dos Estados, la resistencia claramente no viene de nuestro lado. Antes de que naciera el Estado, e incluso los gobiernos israelíes hasta hace poco, y la población en general, apoyaban esa idea. Pero después de tantos años de respuestas de rechazo, la fe —o al menos la esperanza— de que fuera posible fue desapareciendo lentamente.

Y a los últimos que todavía creían que había una opción, esa esperanza se les esfumó casi por completo el 7 de octubre. Porque fue la prueba definitiva desde que Hamás entró al juego. Al principio existían organizaciones como la de Arafat, que ni siquiera eran vistas como terroristas por algunos: parecían actores políticos, y la política tiene un carácter pragmático. Por eso, durante algunos años, muchos israelíes aún tenían fe en que sí se podía llegar a una solución. Y como dijo Shimon Peres, Arafat podía ser la persona para iniciar el proceso, pero no para llegar hasta la paz.

Después entró Hamás, un movimiento religioso donde no hay lugar para el compromiso. Y eso dejó a la vista lo que siempre estuvo detrás de cada rechazo a la solución de dos Estados, ahora convertido en política abierta: Israel no tiene derecho a existir, y esta tierra es una tierra que ningún musulmán puede ceder en soberanía a otro.

Así que primero hay que entender cómo se veía la idea de paz con los palestinos a lo largo de los años, con Hamás ya instalado, y luego, obviamente, después del 7 de octubre. Ahora necesitamos encontrar una manera de vivir en paz —no un acuerdo de paz, no una paz real, sino una realidad más pacífica—, porque Israel no puede ni va a aceptar ningún tipo de poder militar con las características de Hamás y su ideología abierta de destrucción de Israel.

Alejandro Céspedes García: La información oficial israelí es que detrás de Hamás en Gaza está el régimen iraní, con proxies también en el sur del Líbano y en Siria. Desde esa perspectiva y desde el 7 de octubre, ¿cómo ha evolucionado el control de esas amenazas para Israel?

Embajador Amir Ofek: Antes de responder directamente, quiero compartir un poco de dónde parte un israelí al analizar esta situación, porque muchas veces es un desafío enorme hablar de la coyuntura actual sin entender de dónde venimos. Un israelí llega a este momento con todo ese trasfondo, mientras que el mundo muchas veces solo tiene ojos para el instante presente.

En la historia de Israel, el conflicto casi siempre siguió la misma fórmula. Palestinos desde Jordania atacaron durante los primeros años del Estado, una y otra vez, como un ping-pong, hasta que hubo un intento de asesinato contra el rey Hussein. Él envió a su ejército y, tras el llamado Septiembre Negro, los militantes palestinos se replegaron hacia Líbano. Así nació el patrón: un grupo militante actúa contra Israel desde el territorio de un país soberano, sin representar los intereses reales de ese país, hasta que ocurre un incidente grave y una respuesta militar más contundente pone fin a esa ronda.

Se instalaron en Líbano, y volvió a repetirse el ciclo hasta un gran incidente en los años setenta —el ataque a un autobús con muchos israelíes a bordo, que derivó en la Operación Litani—. La tensión bajó, y después, en la Primera Guerra del Líbano, de nuevo palestinos —no libaneses— atacaron a Israel desde territorio soberano de un país que no respaldaba esos intereses, hasta el asesinato del embajador de Israel en Londres, quien murió años después, lo que llevó a esa guerra.

Así, en el año 82, un grupo militante volvió a actuar contra Israel desde territorio soberano ajeno, sin representar al gobierno de ese país: ping-pong de ataques hasta un incidente mayor, respuesta militar significativa, y retirada. Luego llegó Hezbolá, esta vez sí libanés, pero representando intereses que no eran los del gobierno de Líbano. Y de nuevo el mismo patrón hasta la Segunda Guerra del Líbano.

Lo que estamos viendo ahora en Líbano es distinto: por primera vez la gente parece tener el coraje de decir "basta", y hay una discusión pública mucho más abierta y crítica contra Hezbolá. Esto se explica, sobre todo, porque Hezbolá fue el único grupo que mantuvo su poder militar tras el fin de la guerra civil libanesa, y durante años los libaneses pagaron el precio de eso. Hezbolá siempre dijo que protegía a Líbano de Israel, pero los libaneses sabían que no era así.

Ahora que Irán está más débil, Hezbolá también lo está, y se abre una realidad donde es posible negociar, o al menos intercambiar señales entre ambos países, mientras crecen las voces que se pronuncian abiertamente contra Hezbolá. En la televisión libanesa se pregunta: ¿qué hemos ganado?, ¿para qué lo necesitamos? Porque, de hecho, no hay prácticamente ningún problema fronterizo real —hay algunos puntos menores, unos metros aquí, unos metros allá— que serían relativamente fáciles de resolver. Así que hay un cambio importante en la región, y por primera vez puede haber algo de esperanza respecto a Líbano.

Habrá que ver cómo evoluciona Siria, que también atravesó un cambio enorme, aunque Israel tiene suficiente experiencia como para no celebrar demasiado rápido: sabemos de dónde vienen quienes hoy están en el poder allí.

Alejandro Céspedes García: ¿Las FDI tienen identificada la cadena de suministro de armas hacia esos territorios?

Embajador Amir Ofek: Hay un proceso, una situación en desarrollo; no es algo donde alguien dice "ahora soy azul, ya no soy rojo" y el asunto se termina de un día para otro. Los elementos siguen ahí, y tienen sus propios desafíos internos.

Para nosotros es un tema más complejo que "simplemente cortar el suministro". Gaza no ha cambiado en ese sentido; la gente en Gaza, los palestinos, muchas veces dicen "Hamás, Hamás, ¿quién votó por Hamás?", cuando en su momento fue clarísima cuál era su naturaleza, cuál era su ideología. Los palestinos apoyan a Hamás. No hubo elecciones recientes ni existe un representante legítimo y único de todos los palestinos, así que tampoco está claro con quién se podría negociar.

Pero Hamás controla, Hamás tiene apoyo, y al mismo tiempo abusa de su propia población. Creemos que cientos de camiones de ayuda que entraron a Gaza terminaron dentro del mercado negro de Hamás, financiando armamento; así consiguen su dinero. Si de verdad les interesara el bienestar de la población, no habrían construido túneles a los que ningún civil palestino tiene acceso durante una operación militar. Sabemos, sin embargo, que Hamás cuenta con el respaldo de buena parte de la población de Gaza. Por eso Hamás no puede seguir en el poder, no puede existir con armas: esa es una línea roja. No armas, no poder.

Cuando he conversado con embajadores palestinos, algunos me han dicho: "¿Qué esperas que pase si son generaciones enteras de palestinos en Gaza que han visto morir a su gente, sin ser necesariamente partidarios de Hamás?" Y lo que en el fondo plantean es que estos procesos de guerra terminan generando una radicalización entre quienes también han sido vulnerados. El peor rasgo de la historia palestina ha sido un liderazgo pobre. Israel tiene el ejército más poderoso de la región: ¿de dónde nace la idea de que atacarlo es una buena estrategia? El 7 de octubre volvieron a elegir la única vía que han usado hasta ahora —atacar físicamente a Israel— y luego se quejan de que los palestinos ven morir a los suyos.

Así ha sido durante toda la historia: cada vez que ocurre algo en Israel, incluso algo como la decisión de Estados Unidos de trasladar su embajada a Jerusalén, la respuesta siempre fue un atentado terrorista, siempre más judíos muertos. Los eventos del último siglo, los autobuses atacados, la primera Intifada, la segunda Intifada, los buses que explotaban. ¿Con qué atacan? Enviando a miles de terroristas tras años de un sistema educativo que les enseña a odiar, matar, destruir. Hay que entender esa estructura: es una estructura islámica que educa para odiar a Israel. ¿Cómo se puede después reclamar que todo esto es una creación palestina que no tiene nada que ver con Israel?

Alejandro Céspedes García: Pero esa estructura tiene financiamiento y cadenas de producción propias. ¿No cabría, junto a lo militar, algún tipo de soft power: un proceso de resocialización antes de recurrir a las armas? Es casi unánime el rechazo mundial a la masacre de civiles

Embajador Amir Ofek: Todo eso ya se intentó, muchas veces. Palestinos trabajaban en Israel: miles, decenas de miles, cientos de miles cada día. Esa fue una forma de ayudar a su economía. ¿Qué pasó? Llegaron terroristas junto con los trabajadores y hubo numerosos atentados contra israelíes. Entonces paramos, y empezamos a desarrollar zonas industriales en la frontera entre la Franja de Gaza e Israel, de nuevo con la idea de generar oportunidades. Esas zonas industriales también fueron atacadas por palestinos —hay que decirlo: por extremistas o por Hamás, pero palestinos al fin—. Y esa idea también murió.

Después, cuando cerramos la frontera para evitar el ingreso de infiltrados, empezaron los ataques de francotiradores contra autos israelíes, familias que iban a visitar a sus abuelos en un feriado. Entonces levantamos un muro. Y ahora se quejan de que el muro es como una cárcel. Israelíes iban a hacer compras a Gaza hace no tantos años; eso también se volvió imposible. Familias israelías enviaban dinero a los trabajadores palestinos con los que habían trabajado por años, incluso durante operaciones militares, porque el vínculo humano seguía existiendo.

Cada vez que ofrecimos una solución de capacitación laboral —Israel tiene un centro de cooperación internacional llamado MASHAV, donde miles de personas de América Latina participaron en cursos de capacitación a lo largo de los años, con una unidad específica en árabe para capacitar a palestinos— llegó un punto en que ya no fue posible. No es que Israel no haya hecho nada para ayudar.

Cuando salimos de Gaza unilateralmente, dejamos toda la infraestructura en pie —invernaderos y todo lo que podía servir para la economía palestina—; no destruimos nada. Y la respuesta fue la misma de siempre: en lugar de usar esos invernaderos para desarrollar la economía, empezaron a disparar desde ahí.

Así que no hay, en la historia, un solo momento en el que no se haya intentado ayudar a los palestinos. Y hablo de hechos, no de ideas. Miles de palestinos entraron a Israel para recibir tratamiento médico —en el hospital de Ashkelón, en hospitales de Jerusalén—. Israelíes voluntarios llegaban con sus autos privados al cruce entre Gaza o Cisjordania e Israel para esperar a familias palestinas, madres con niñas, y ayudarlas a llegar al hospital sin pagar un taxi carísimo. Existe una organización israelí de voluntarios dedicada justamente a eso. Y en un caso, una mujer que había recibido tratamiento en un hospital israelí en seis ocasiones volvió una séptima vez con explosivos, para atacar ese mismo hospital.

Son cientos de historias similares, si no más. Al final se entiende: cualquier cosa que hemos intentado no ha funcionado.

Alejandro Céspedes García: ¿Y cómo queda la relación con Estados Unidos después de que Trump diera a entender, ante el mundo, que es Israel quien no quiere la paz?

Embajador Amir Ofek: Eso se dice en el discurso, ¿no? Y por eso no se puede tomar cada palabra de un discurso al pie de la letra, porque después cambia. Obviamente, a veces estamos de acuerdo con Estados Unidos, y a veces hay puntos en los que no coincidimos. Trump dice lo que cree en el momento; nosotros preferimos ser mucho más cuidadosos antes de adelantar conclusiones.

Israel está lista para que, cuando haya condiciones, otros países entren a participar en Gaza. Voy a dejar el análisis de Trump de lado y centrarme en lo que puedo explicar: Israel y Estados Unidos están de acuerdo la mayoría del tiempo; a veces hay desacuerdos y los resolvemos. Pero en general, la idea es muy clara: Gaza necesita un futuro distinto, sin Hamás. La comunidad internacional debe ayudar, pero bajo esa condición: no vamos a tener a Hamás con armas. Israel está lista para eso. Hay mucha ayuda humanitaria entrando. Pero no vamos a aceptar de nuevo otra Gaza gobernada por Hamás. Es muy simple; los detalles son otra cosa, porque cada día la situación se sigue desarrollando y vamos entendiendo si Hamás va a respetar sus promesas o no.

En estos días estamos exactamente en eso: si Hamás va a entregar sus armas o no. No va a pasar si Hamás las conserva; no va a pasar si Israel también mantiene las suyas. La pregunta principal es cómo siguen construyendo armamento. Desde octubre de 2023 hasta hoy, en 2026, ¿cómo tienen esta increíble cantidad de armas que aún se están ofreciendo contra Israel? Porque durante años hemos desmantelado túneles y arsenales, y tienen lo suficiente. La mayor parte de su capacidad —no quiero llamarla militar, sino terrorista— ha sido destruida. Pero, en fin, basta con tres fusiles AK-47 para matar.

Alejandro Céspedes García: ¿La ideología del régimen iraní se ha fortalecido tras una guerra en la que, según varios medios, Trump no logró sus objetivos frente a Irán?

Embajador Amir Ofek: Irán es mucho más débil que antes; eso es evidente. Pero no diría que se ha fortalecido en su rol. Si destruyes el ochenta por ciento del poder militar de alguien, el veinte por ciento restante sigue siendo un instrumento utilizable, pero en general no creo que el régimen se haya fortalecido.

Y, de nuevo, hay que ver la política interna: quien paga el precio es el pueblo iraní. Vimos con claridad lo que el pueblo iraní piensa de su propio régimen. Pero eso no es algo que el régimen incorpore en sus cálculos; es una lógica totalmente distinta a la nuestra. Para nosotros la población es un elemento central: por eso tenemos refugios, tenemos cuartos de seguridad en cada apartamento. Es muy costoso, pero Israel invierte en la seguridad de sus ciudadanos.

Sin el desarrollo del Domo de Hierro, imagínese dónde estaríamos hoy. Fue una idea que muchos consideraban una locura: interceptar un proyectil con otro proyectil. Invertimos mucho dinero en algo que ni siquiera estaba claro que funcionaría, pero refleja una filosofía completamente distinta sobre cómo un Estado piensa a sus propios ciudadanos.

Gaza ha recibido cientos de millones de dólares de todo el mundo. ¿Tenemos más hospitales? ¿Más escuelas? No: tenemos cientos de kilómetros de túneles. Es un concepto totalmente distinto de cómo se valora a la propia población, y por eso no puedo analizar a esos regímenes de la misma manera en que analizo al mío.

Se habla mucho de "proporcionalidad". Pongamos un ejemplo: un misil impactó la estación de tren de Haifa; hoy ese lugar se conoce como Yad LaShmona ("el monumento a los ocho"), porque ocho personas murieron en ese ataque. Ahora multipliquemos ese potencial de daño por la cantidad de misiles lanzados contra la población civil israelí a lo largo de cada ronda de enfrentamiento: miles de proyectiles, cada uno con la intención de matar a cientos o miles de israelíes. Esa es la proporción real —la capacidad y la intención de matar en masa—, no cuántos israelíes murieron finalmente gracias a la defensa antiaérea. Por eso, cuando decimos que tenemos derecho a defendernos, es exactamente a esto a lo que nos referimos.

Cuando alguien traslada cientos de millones de dólares destinados a asistencia, hospitales o escuelas hacia túneles a los que ni siquiera dejan entrar a su propia población, es una filosofía completamente distinta, y es difícil de comprender desde la distancia.

Alejandro Céspedes García: Con Israel en proceso electoral, figuras como Eisenkot critican la estrategia militar de Netanyahu, y la ciudadanía está nuevamente dividida. ¿Cómo lee eso?

Embajador Amir Ofek: No creo que eso tenga relación con la elección. Esta es una situación que se arrastra por décadas. Israel ha tenido muchas elecciones a lo largo de los años y nada ha cambiado del otro lado. Nada. E Israel ha perdido la esperanza de que exista alguna vez la posibilidad real de un acuerdo de paz con los palestinos, porque la respuesta ha sido siempre la misma. Así que no creo que esta elección tenga que ver con eso; las discrepancias son, sobre todo, cuestiones internas —entre ortodoxos y seculares, por ejemplo—. Nuestro parlamento es muy plural.

Pero con el 7 de octubre, incluso los últimos israelíes que aún conservaban algo de esperanza la perdieron. Así que no creo que haya relación entre esta elección y la situación en Gaza.

No creo que nadie fuera de Israel entienda realmente lo que fue. No es solo una masacre de personas; es un nivel de atrocidades, de violaciones bárbaras, que va más allá de cualquier ciclo de violencia conocido. Y nadie nace así. Cuando alguien de 27 años mata a diez israelíes inocentes y llama feliz a su madre para contárselo —tenemos la grabación de esa llamada— y la madre se muestra orgullosa, eso no es algo con lo que se nace: hay que ser educado para llegar a eso.

Ese fue el shock final para los últimos israelíes que todavía tenían esperanza. Aún hay israelíes que la conservan, pero cada vez más, incluso entre ellos, saben que hoy no hay con quién hablar, porque este nivel de odio, de alegría al matar inocentes y niños, es algo completamente distinto. Nosotros también hemos vivido autobuses y barrios que explotaron con niños dentro, y aun así reconocemos que esto representa un nuevo nivel de barbarie. Así que no creo que esta elección tenga nada que ver con eso; sería un error analizar la situación con los palestinos a través del lente electoral.

Alejandro Céspedes García: En América Latina se dice que la prensa presenta a Israel como el "villano" del conflicto. ¿Ve posible una lectura más madura desde esta región?

Embajador Amir Ofek: Creo que el debate público, muy ruidoso, no necesariamente refleja una reflexión profunda de la población sobre la situación. Las redes sociales, obviamente, volvieron la discusión aún más superficial de lo que ya era. Las manifestaciones contra Israel comenzaron el 8 de octubre, antes de que el ejército israelí respondiera. En esas mismas 24 horas, mientras jóvenes israelíes eran violadas sexualmente de la manera más brutal posible, ya había protestas contra Israel. Y siempre se dice que una imagen vale mil palabras; este fue de los pocos momentos en que las palabras describían algo más fuerte que cualquier imagen: una familia en el suelo de su casa, un niño de doce años herido de bala en el estómago, el padre inmovilizado sin poder ayudarlo mientras ocurría una violación. Y ya había manifestaciones contra Israel.

Así que creo que esto va más allá de la lógica. Las organizaciones internacionales tardaron cincuenta y cinco días en pronunciarse siquiera sobre la protección de las mujeres israelíes agredidas, y eso sin entrar a discutir si les creyeron o no. Cincuenta y cinco días de silencio van más allá de la lógica, más allá de una discusión honesta. A veces hay elementos de antisemitismo, o de ignorancia histórica, o lo que sea; no es una discusión racional sobre por qué tantas personas sostienen —o al menos expresan— esa percepción negativa.

Israel ha argumentado durante años que este tipo de causas reciben una atención desproporcionada respecto a otras. Vimos lo que pasó en Irán, lo que pasó con comunidades cristianas en algunos países de África y de Medio Oriente —incluida la Autoridad Palestina—, donde hoy prácticamente no quedan cristianos, y nadie salió a manifestarse. Es algo que Israel viene señalando desde hace años, y ahora quedó más en evidencia: mientras miles de personas eran reprimidas en Irán, las universidades en buena parte del mundo guardaban silencio; y en Israel, antes de que la operación militar siquiera comenzara, ya había manifestaciones en contra.

Así que no creo que tenga que ver con la lógica, y muchas de las personas que participan en esas manifestaciones tienen un desconocimiento casi total del tema: preguntan "¿qué río y qué mar?" sin saber a qué se refieren, o asumen que existió un Estado palestino donde nunca lo hubo, incluso a contracorriente de lo que registran la Biblia, el Corán y otros textos antiguos sobre la presencia de Israel en esa tierra. No es una discusión fáctica. Cada quien puede sostener la explicación que prefiera, y yo la aceptaré como una posición más, pero no tiene que ver con ética, con lógica ni con honestidad.

Dicho esto, creo que cada vez más personas entienden mejor la situación, especialmente ahora que hay una suerte de choque cultural en toda Europa. Hay un tipo de despertar, incluso en Europa, frente a la pregunta de fondo: ¿con qué estamos lidiando? ¿Con el islam extremo, con corrientes que justifican la violencia? Al final, esto tiene que ver con el radicalismo y con cómo el radicalismo termina moldeando el poder real dentro de las sociedades.

Alejandro Céspedes García: Pero eso separa a Hamás del resto de la sociedad palestina. Llamarlo "unos pocos extremistas" no parece corresponder con lo que usted mismo describe. La respuesta en todo caso es desproporcionada.

Embajador Amir Ofek: Actualmente los palestinos respaldan a Hamás. Y, obviamente, en toda sociedad hay gente inocente que busca algo distinto. Pero aislar el fenómeno y llamarlo "unos pocos extremistas" no es del todo honesto: es mucho más que eso. Incluso dentro de tu propia sociedad, si no combates el extremismo internamente, ese extremismo termina siendo un rasgo de la sociedad misma. Israel también tiene su propia cuota de extremistas; la pregunta no es si los tienes o no, sino qué haces, como sociedad, con los tuyos.

Cuando los palestinos convierten a sus extremistas en héroes, en mártires, y pagan estipendios a sus familias en función de cuántos judíos mató cada uno, eso es un mensaje completamente distinto. Nosotros no tenemos eso en nuestra sociedad ni en nuestro sistema educativo. No es algo estructural, no es política de Estado, no es ideología oficial. Así que no creo que se pueda decir simplemente que son "pocos extremistas": es un problema mucho más profundo, que esa sociedad tiene que resolver, porque mientras tanto los palestinos siguen "ganando" por no lograr contener a su propio extremismo.

Alejandro Céspedes García: ¿Y el sionismo? Algunos lo leen como su propia forma de extremismo: una ideología que no quiere a nadie más que a los judíos.

Embajador Amir Ofek: Eso no es cierto. Tenemos un 20% de población no judía con los mismos derechos. Tenemos jueces árabes, tenemos árabes que sirven en el ejército, tenemos árabes en el Parlamento. El 60% de los farmacéuticos son árabes. No es un Estado hecho solo para judíos, pero, dada nuestra historia particular, fue evidente que los judíos necesitaban un lugar donde sentirse protegidos y seguros, después de tantas guerras y persecuciones.

Nuestra historia es distinta, aunque incluso en otros países —sin mencionar nombres— el acceso pleno a la ciudadanía suele estar ligado a pertenecer al grupo étnico o nacional mayoritario. Pero, dada la naturaleza única de la historia judía, desde el Holocausto hasta hoy, el concepto de "hogar judío" —que es lo que en el fondo significa el sionismo— es el derecho de los judíos a tener su propio Estado nacional. Y cuando alguien pretende redefinir el sionismo como otra cosa, eso es ignorancia o, sencillamente, antisemitismo, porque los judíos no tienen menos derecho que cualquier otro pueblo a contar con un Estado propio.

Por la naturaleza de nuestro sufrimiento histórico, y porque existen comunidades judías en todo el mundo —incluida América Latina—, cabe preguntarse: ¿por qué las comunidades judías están rodeadas de muros? ¿Por qué en Australia, en el Reino Unido, en tantos lugares, muchos judíos temen hablar abiertamente de su identidad, por miedo a la reacción? Hagamos un ejercicio: pongan una calcomanía que diga "amo a Israel" en un auto, y otra que diga "amo a Palestina" en otro. Pongan la que dice "amo a Palestina" frente a una sinagoga, y la que dice "amo a Israel" frente a una mezquita. ¿Cuál de los dos autos va a necesitar un mejor seguro?

¿Por qué es normal que niños judíos, en distintas partes del mundo, tengan que ir acompañados de guardias armados a la escuela? La gente lo acepta como si fuera normal. ¿Por qué las sinagogas están rodeadas de muros? ¿Por qué hay que pasar controles de seguridad para entrar a un centro comunitario judío, en cualquier parte del mundo? ¿Por qué los judíos son atacados cada vez que Israel hace algo que a alguien le gusta o le disgusta? ¿Quién salió a atacar a palestinos en el mundo después del 7 de octubre? Los judíos no lo hicimos; es una cultura completamente distinta.

Dada esta manera en que otros se comportan hacia los judíos, es comprensible que el Estado de Israel adquiera un significado distinto: si un judío vive en el exterior, ese lugar puede convertirse, en cualquier momento, en un territorio de riesgo para él. Vimos lo que pasó en Sídney, en el Reino Unido, en tantos otros lugares. Los dos jóvenes asesinados en Washington lo fueron solo por ser judíos. Así que no creo que sea honesto comparar la naturaleza del Estado de Israel con la de cualquier otro país en ese sentido.

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