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La insultante homogeneidad

“Esta situación de injusticia parte de la misma violencia estructural contra las mujeres, que se dio cuando se practicaron las esterilizaciones forzadas”.

Por: Sofía Chacaltana

Las esterilizaciones forzadas fueron una política de Estado que se ejecutó en los cuerpos de los hombres y mujeres indígenas en el Perú durante el régimen de Alberto Fujimori, entre 1996 y el 2000. La Defensoría del Pueblo indica que se practicó la vasectomía a 22.000 hombres y la ligadura de trompas a 272.000 mujeres. Esta profunda diferencia numérica manifiesta que el objetivo principal de esta política fueron las mujeres peruanas empobrecidas por una violencia estructural que es histórica y por un Estado que no solo desconoce sus derechos sexuales reproductivos fundamentados en la autonomía del cuerpo, sino que también desconoce los significados culturales de la fertilidad en las comunidades andinas y amazónicas.

El 11 de enero de este año, luego de haberse aplazado dos veces, se había programado la audiencia judicial respecto a la demanda contra Alberto Fujimori y tres ministros de Salud de su gobierno, presentada por 1.321 mujeres esterilizadas, quienes provienen de distintas regiones; y tienen como lengua materna el idioma quechua, con sus variantes propias de cada región. El Poder Judicial presentó un solo intérprete de quechua ayacuchano.

A esto se suma que, debido a la crisis sanitaria de la COVID-19, el Juzgado Supraprovincial Transitorio Especializado en Crimen Organizado estableció que las audiencias se llevarían a cabo mediante videoconferencias. Esta medida necesaria no plantea alternativas para superar la brecha digital a la que se enfrentan las demandantes en su condición de mujeres indígenas en situación de pobreza y exclusión social. En vez de garantizar el derecho constitucional a escuchar las denuncias en su propio idioma y el acceso a los canales de comunicación, el Poder Judicial se los limita. Se aplazó la audiencia hasta el 1 de marzo.

La ignorancia que banaliza y simplifica las diferentes realidades y experiencias complejas de todas las mujeres indígenas peruanas, por lo repetitiva, resulta insultante. ¿No se pudo preguntar si todas hablaban el mismo idioma? ¿No importaba averiguar si todas pueden acceder a las videoconferencias? ¿Acaso son todas iguales?

Esta situación de injusticia parte de la misma violencia estructural contra las mujeres, que se dio cuando se practicaron las esterilizaciones forzadas. ¿Acaso se preguntó por qué querían más hijos (“si eran pobres”)? ¿Cuáles eran los significados culturales que tendría la esterilidad en las mujeres? ¿Qué consecuencias sociales tendrían que enfrentar?

Las sociedades del Perú antiguo tienen representaciones materiales (en cerámica o textiles) en las que se expresa el culto hacia la fertilidad, que no solo pertenece a los cuerpos femeninos, sino a la comunidad. Para existir, la fertilidad debe circular por los distintos espacios de la comunidad: la chacra, las semillas, el agua que irriga, la comida que se sirve en las mesas, los cuerpos que se encuentran en las ceremonias y en los actos sexuales, la gestación, entre otros. Si uno de estos eslabones se corta, la fertilidad no circula.

Organizaciones de derechos humanos han recogido las múltiples experiencias de las mujeres esterilizadas, quienes cuentan que su vida familiar y comunitaria cambió. Ya no podían trabajar de la misma manera, no podían cultivar ni cumplir sus labores domésticas como lo hacían antes. Sus cuerpos ya no eran los mismos, sufrían dolores en el vientre, aquellas que se dedicaban al tejido ya no podían usar el telar de cintura, ni podían transmitir sus conocimientos a sus hijas. Roles importantes que las empoderaban frente a sus familias y sus comunidades.

Con el descubrimiento de mujeres importantes en el pasado andino, como la Dama de Cao, recién comenzamos a reconocer que las mujeres del Perú antiguo tuvieron poder político, pero ¿podemos imaginar un mundo contemporáneo donde esto ocurra? ¿Donde las mujeres originarias tengan poder político? O al menos un mundo donde se respete que ellas mismas gobiernen sus cuerpos y sean autónomas; sin que esta libertad incomode a un Estado con visiones estatales violentas y masculinas.