Diego García Sayán

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La vacuna: la desigualdad de siempre

“Pocas veces se había visto en las últimas décadas un escenario sudamericano tan desarticulado con las terribles consecuencias que estamos viendo”.

Mientras empiezan las campañas de vacunación en varios países, saltan a primera plana las brutales diferencias entre los países ricos y los “de abajo”. Se van contando por millones quienes ya están siendo vacunados en EEUU y Europa. Muy bueno por ellos.

Pero están stockeándose con muchas más dosis de las que necesitan para toda su población. De acuerdo a información publicada por el New York Times esta semana, 1,5 mil millones de dosis están ya bloqueadas para los EEUU y otros 2 mil millones para Europa. Los países pobres, según esa información, tendrían que esperar hasta el 2024 para llevar a cabo una vacunación masiva.

En los pocos países del sur a los que vacunas debidamente aprobadas han llegado a cuenta gotas con suerte se habla de miles. La Sputnik V mejor la pongo entre paréntesis mientras no esté certificada; tanto que los científicos rusos no han considerado pertinente aplicársela a Putin.

La grave crisis del multilateralismo ha impactado en las políticas exteriores de América Latina y su incapacidad de generar respuestas regionales articuladas. La única tenue luz que asoma es la iniciativa Covax.

Generada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en conjunción con fundaciones benéficas (como la de Bill y Melinda Gates), habría avanzado en comprometer con los laboratorios alrededor de 700 millones de dosis. Suena mucho. Pero en realidad está muy lejos de la meta mínima de 2.000 millones necesaria para cubrir a duras penas el 20% de la población de los países que son parte de la iniciativa (entre ellos el Perú).

Tres asuntos saltan a primer plano a propósito de esta situación.

Primero, la emergencia sanitaria vs. la propiedad de las patentes. Ya propuesto por la India y Sudáfrica en la OMS la urgencia de optar por dejar sin efecto, para esta crisis sin precedentes, las celosas protecciones a la propiedad intelectual de las vacunas.

Argumentaban –junto con otros países “del sur”– que muchas de esas patentes vienen de investigaciones cofinanciadas por los gobiernos, lo que se añade como argumento, además de los urgentes imperiosos objetivos sociales y de salud pública. La propuesta fue bloqueada por EEUU, Gran Bretaña y la Unión Europea. Que este asunto se discuta en la región y que se articulen reflexiones y voluntades con países de otras regiones es una exigencia de la hora.

Segundo, la urgencia de señales de vida sustantivas en espacios multilaterales. No es tarde para pensar, por ejemplo, en coordinaciones regionales o subregionales (¿sudamericana?) para definir estrategias y objetivos comunes que garanticen el acceso a la vacuna. Y, por cierto, a productos debidamente verificados en sus fuentes de producción. En eso estamos prácticamente en cero, lo que resulta muy grave. Pocas veces se había visto en las últimas décadas un escenario sudamericano tan desarticulado con las terribles consecuencias que estamos viendo.

Tercero, la grave situación del Perú, el paria de las vacunas, que, a diferencia de la mayoría de países latinoamericanos, no cuenta hasta el momento con ninguna vacuna, salvo una opción –sin fecha– de Covax (que en el mejor de los casos cubriría el 20% de las necesidades).

Evidentemente los juegos golpistas del lamentable Congreso peruano y la aventura de “Merino el breve” tuvieron un efecto literalmente “letal” en distraer a la autoridad de su función de gobernar. Pero todo no se reduce a eso. Más allá de esos días de vergüenza, es inexcusable el manejo sostenidamente ineficiente de este asunto. Y que, además, se persista en no explicarle al país el porqué de ese desastroso manejo al que se suma la lamentable declinación en el número de pruebas que se viene efectuando.