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José Ragas: "Lo que hace el ministro Chang no es una cuestión técnica, es algo más propagandístico"

El historiador analiza el pedido del ministro José Antonio Chang de retirar las ideologías de los textos escolares y advierte que detrás hay una estrategia retórica y un proyecto político que busca imponer una narrativa sobre el pasado.

José Ragas acaba de publicar el libro 'Las guerras de la historia', junto al también historiador Charles Walker
José Ragas acaba de publicar el libro 'Las guerras de la historia', junto al también historiador Charles Walker | Foto: Carlos Félix / La República.

Vi su reacción a las palabras del ministro José Antonio Chang, quien pidió que se retiren las ideologías de los textos escolares. ¿Por qué puede generar molestia en un historiador que un político diga algo así?

Creo que hay varias razones; yo diría que dos centrales. Una es que viene de un ministro fujimorista, de un tipo de gobierno con una ideología muy clara: la de crear una historia neutral que en la práctica no lo es, sino que sigue una línea compartida con la escuela naranja. No es algo nuevo, es algo que también han hecho gobiernos como el de Augusto Leguía, Juan Velasco Alvarado y el propio Alberto Fujimori. Es un intento muy burdo, bastante torpe, pero es parte de este proyecto ultraconservador que Keiko Fujimori avala con el ministro Chang.

El otro punto tiene que ver con una cuestión de manipulación. Extender la palabra ideología a todo lo que el Gobierno vea como malo es una estrategia. Es darle un uso retórico a la palabra, planteando que solo los otros tienen ideología y nosotros no, que somos neutros. Bajo esa línea dicen que hay que limpiar todo de ideología para que no se contaminen.

Esa estrategia ha calado muy bien. Buena parte de la población entiende la palabra ideología como una variable negativa: mientras más ideologizado esté alguien, peor. ¿Eso es así?

No realmente. El fujimorismo siempre ha querido crear una suerte de quiebre, mostrándose como un partido nuevo, tecnócrata, modernizador y, sobre todo, sin ideología; dando a entender que todo lo que hacen es por el bien del país. Pero, en verdad, cuando uno habla de ideología habla de una cosmovisión, de una manera de ver el mundo y de cambiarlo. La puede tener una persona de la calle que consume contenido de derecha, de izquierda o incluso de centro. No es un término cargado, sino neutro; hay que entender que todos tenemos una forma de ver el mundo y eso, por sí mismo, no está mal.

¿No existe entonces algo como una educación sin ideología?

No, porque incluso la investigación histórica está sometida a revisiones constantes. En nuestro gremio, la cuestión de la objetividad ya se asume como algo que no es puro. Se basa en la cantidad de debates que tenemos, y con ellos se busca afinar lo que sabemos. Lo que hace el ministro Chang no es una cuestión técnica, es algo más propagandístico.

Ahora, en su libro 'Las guerras de la historia', se señala que parte de esta ultraderecha regional ha utilizado eslóganes que, en la práctica, han resultado nocivos para grupos vulnerables. Una persona simpatizante de estos movimientos podría responder que buena parte de la izquierda ha tenido un control de la cultura tal que ha impuesto su matriz de valores por encima de la de otras personas conservadoras.

Es algo que no se ha debatido mucho y que en otras partes ha adoptado el nombre de batalla cultural: esta reacción de los sectores ultraconservadores o de derecha. Antonio Gramsci señalaba muy bien que existe una hegemonía que no es solo política, sino también cultural, que es donde se debaten las visiones del mundo. Lo que ha ocurrido en los últimos años es que ha habido un giro en el cual elementos que venían de Mayo del 68 o de algunas reformas liberales se convirtieron en sentido común. Por ejemplo: está mal atacar a comunidades LGBT, está mal ser racista. Todo eso se volvió sentido común y políticas públicas.

Tanto que, como dice Pablo Stefanoni, la derecha aprovechó eso para mostrarse como rebelde. Lo que vemos ahora es una primera ola. Está pasando en Estados Unidos, está pasando en otros países de la región, y siempre con categorías facilistas: ideología, caviar, el DEI utilizado por Elon Musk, Ceuta utilizada en España, la cuestión de los jubilados en Argentina. Entonces, no es algo aislado. En el libro queremos ampliar ese debate para mostrar cómo Perú ha sido parte de eso.

En estos momentos, los militares tienen la facultad de vetar los textos escolares…

Algo que investigamos acá es que, en las editoriales, los textos que abordan el periodo del conflicto armado interno tienen que pasar por el filtro de los militares. Es algo que me parece inconcebible.

¿Y quiénes han permitido eso?

En verdad, desde la academia debieron aparecer figuras que —desde las universidades y los centros culturales— impidieran esto, como la Academia Nacional de la Historia y los departamentos académicos de las universidades. Pero eso no ha ocurrido. Quizás sea porque están fragmentados y cumplen un rol mucho más senatorial en el debate nacional.

¿Les ha faltado carácter a los académicos?

Ha faltado presencia y carácter para plantarse ahí. Se entiende por las condiciones mismas de la academia. Es una academia precaria, donde muchas universidades se han despolitizado voluntariamente para evitar conflictos y donde el curso de historia cumple el rol de un curso de información y no de análisis. Incluso ha habido una suerte de retroceso en la enseñanza de la historia. Los debates se dan solo al inicio, cuando estos gobiernos y estos grupos conservadores deciden intervenir en estos textos para imponer una narrativa específica.

Hay un pasaje en su libro sobre la gestión del Fondo Editorial del Congreso durante el periodo anterior, que tiene como protagonista a Karina Beteta, hoy diputada de Fuerza Popular. Durante esa gestión, ella publicó una historieta en la que se blanquea el autogolpe del 92. Es un revisionismo de algo que ni siquiera viene de siglos atrás, sino de hace pocas décadas. ¿Cómo se responde a ese gaslighting histórico?

Es un poco la hipocresía del ministro de Educación cuando dice que quiere retirar el contenido ideológico. Un punto que planteamos en el libro es que estos debates, que pueden parecer anecdóticos, son parte de una narrativa impuesta para erosionar el sentido democrático y favorecer la impunidad de aquellos agentes del Estado que puedan cometer actos en el futuro. Todo queda justificado con tal de defender el Estado, la Constitución, el modelo económico y demás.

¿Por qué es tan potente esa narrativa? Algo debe de haber hecho bien el fujimorismo de los noventa para imponer su narrativa.

Hay dos cosas ahí. En mi anterior libro 'Los años de Fujimori' repasé que Fujimori fue de los pocos presidentes que se dio el trabajo de ir. Belaúnde solo lo hizo en campaña, y Alan García también. El candidato usualmente recorre el país; el presidente, no. Para muchos, el recuerdo de ver al presidente recorrer tu localidad, estar en tu colegio o estrechar la mano de una persona es una imagen muy potente. Eso le ha servido para mantener bolsones importantes.

¿Y usted ve a Keiko con la posibilidad de hacer algo así?

No. Keiko no tiene el carisma de su padre. No es que el padre sea míster simpatía, pero a Keiko no le nace. Alberto Fujimori aprovechó una cultura de caos para solucionar, a su manera, las cosas. Tomó el proyecto económico de su contrincante e impuso una narrativa: el país fue pacificado. Es algo que no es del todo cierto. Pero Fujimori combinó esa narrativa con la presencialidad. De ahí que se expandiera esa estrategia.

Si uno se pone más estricto con las revisiones históricas, también cabe la posibilidad de que la manipulación de textos escolares dé espacio a voces que han sido más románticas con otros elementos históricos. La corona española es vista con buenos ojos por influencers y youtubers que tienen cada vez más espacio en el debate público.

Totalmente. Además, creo que algo que manejan es que no hay una diferencia entre estas exposiciones narrativas del presente y lo que hay del pasado. Muchos youtubers aventureros que se creen historiadores apoyan a partidos —en España, por ejemplo, Vox o el PP—. En Perú también operan sin distinguir si son monarquistas o si son de ultraderecha. Lo que hacen es tergiversar la historia a partir de argumentos que no se sostienen en la investigación. Todo bajo la idea de esto no te lo enseñaron en el colegio o esto es la verdad oculta.

En el caso de la conquista, se sostiene esta idea de que hubo una suerte de transferencia pacífica. Además, junto con esto se da la idea de que los incas pensaban que la divinidad cristiana era el sol y que por eso fue más fácil dar paso a la transferencia religiosa. Es otra forma de hacer imperar la idea de que el cristianismo y el catolicismo son las únicas formas de religión en el Perú. Y es algo que vemos, por ejemplo, con Muñante, quien dice que el catolicismo es la religión única y que no exportaremos religiones del Medio Oriente.

Esta misma semana, luego del anuncio de Chang, Rosangella Barbarán visitó el LUM. ¿Qué opinión le merece su video?

Sería gracioso si no fuera algo patético o trágico. El LUM ha sido objeto de ataque predilecto. Y eso que el LUM ha sufrido la salida de dos directores, le han quitado financiamiento, le han quitado capacidad autónoma. Aun así, es tan poderosa la narrativa alrededor del LUM que no dejan de atacarlo. Barbarán no hace esto por ignorancia; su capital en el fujimorismo no viene de su preparación como política. Su rol viene de ser rival del comunismo, y ya lo hemos visto en las pintas en las marchas. Es una forma de seguir en el fujimorismo ante cualquier posible falta de talento político. Es algo peligroso, porque no es una persona a quien le interese debatir, sino que desinforma de manera deliberada para seguir estando en ese espacio.

Llega un punto en el que toda esta administración de la memoria genera un caldo de cultivo para que mañana aparezca un movimiento posfujimorista aún más radical…

Sí, creo que es un buen punto. Parte del éxito del fujimorismo está en marcar un bloque de derechas. El fujimorismo es un poco de todo y nada. Quiso ser democrático y no lo fue, quiso ser de las élites y no tiene quien pueda acogerlo ahí y, al final, quiere ser un movimiento más cercano a las calles. Es como un trumpismo antes de Trump. Pero no puede converger en esas tres líneas. Es muy difícil que surja algo más radical, pero eso no significa que no haya grupos que quieran radicalizarse para obtener beneficios —la resistencia, los combatientes o estos youtubers que piden auspicios y hacen cosas de historia—. Va a haber de todo, pero la cuestión es hasta qué punto el fujimorismo podrá controlar todo eso. Hemos visto que la campaña confrontacional de López Aliaga, la de insultar, tiene un público limeño potente.

¿Y qué respuesta viene a eso?

No puede venir del Gobierno; tiene que ver con la ciudadanía. Con las iglesias, las universidades, las organizaciones. Reconstruir tejido social con organizaciones barriales, con comités, con clubes de lectura. En la medida en que no tengamos una ciudadanía sana, no podremos tener un gobierno que sea positivo. Es una idea que vemos en lugares como la Nueva York de Mamdani, pero de todas las ideas que llegan al Perú, no he visto que esa llegue todavía. No es una labor muy sencilla y la verdad no depende solo de un alcalde o un presidente.

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