El siniestro horno del SIE fue durante años una leyenda urbana. Se rumoreaba que Montesinos y sus secuaces mantenían ahí un centro clandestino de detención y aniquilamiento pero es recién hoy, más de dos décadas después de denunciadas las desapariciones de dos estudiantes y un profesor universitarios, que se ha efectuado la sentencia. Sin embargo, mucha más atención ha generado la supuesta apología del terrorismo que habría detrás del homenaje que un grupo de familiares de presos de El Frontón ha hecho a sus muertos. Estos eran presos senderistas que estaban cumpliendo condena en una cárcel de máxima seguridad y, sin embargo, fueron asesinados extrajudicialmente por miembros de las Fuerzas Armadas. Estos días no se están aprovechando, me temo, para reflexionar y debatir sobre los actos de terrorismo del Estado peruano durante el gobierno de García –causante de los muertos del mausoleo– o de Fujimori –causante de los muertos del horno–. Tampoco para pensar en que mientras unos pueden, por lo menos, enterrar algunos restos, otros no podrán porque el Estado que debía representarnos en su momento se encargó de no dejarles ni eso. 800 grados centígrados se necesitan para quemar un cuerpo humano. Y esa era la potencia del bonito horno que compraron Hermosa, Montesinos y Fujimori para meter en él, ojo, a estudiantes y maestros inocentes –no es casual: Ayotzinapa, Tiananmén, Cantuta, el fascismo sabe dónde pega–. Pero se prefiere invertir el tiempo en pedir el derribo de la cripta de Comas y sacar a pasear al cuco de Sendero, ese otro muerto al que deberíamos, también, poder enterrar.