18 de Febrero de 2011 | 8:59 h

Chino Domínguez: El hombre que retrató al Perú

Ayer no fue un día más en el calendario . Ocurrió un hecho extraño, triste, lamentable, en las salas de redacción. Una noticia se extendió rápidamente por los diarios del país. Esta vez con un personaje cercano, conocido por sus ojos rasgados que lo veían todo. Un hombre estimado porque hizo del click una forma de vida, un estilo, un llamado a la acción.

Por: Carlos Páucar

Carlos “Chino” Domínguez , reportero entrañable, dejó de existir. Él, que convirtió la fotografía en protagonista, en este nuestro país de todas las sangres. Él, que marcó, con sus luces y sombras, con su ojo genial, con su precisa puntería y genialidad en el encuadre, la historia de la segunda mitad del siglo XX en el Perú.

Maestro de numerosas generaciones falleció a los 77 años.

Se lleva su contagiante picardía, su forma pausada de contar anécdotas, sus ganas de vivir. Hasta hace 15 días batalló , durante meses, y fortalecido por el apoyo de su familia, contra la grave dolencia renal que lo aquejaba y un cáncer al pulmón, que finalmente causaron su deceso.

Fue, la suya, una lucha constante. El Chino se resistía a permanecer quieto , lejos de su cámara que se convirtió en su sello de identidad. Por eso alistaba, pese a lo avanzado de su enfermedad , dos libros con sus mejores fotografías.

Los amigos que oían sus planes lo miraban incrédulos. Contagiaba su gran vitalidad.



Creador hasta el final

Incluso en noviembre último, el Chino celebró muy alegre su onomástico , pese a la sonda a la que estaba unido. Fue, aquel sábado seis, una jarana magnífica, con el criollísimo Pepe Villalobos en el cajón y Renzo Gil con su guitarra genial. Mientras se entonaban jaranas, y en tanto su esposa Antonieta servía un soberbio potaje de cabrito y frijoles, el querido Chino Domínguez aplaudía, coreaba las canciones, compartía anécdotas.

Se le veía entusiasmado, como en sus mejores años de creación gráfica. Jugaba con sus dos bisnietos. Sus inseparables amigos poetas y periodistas lo rodeaban, todo era alegría. Fue un día a lo Chino. Un día maestro. Memorable.

Pero la muerte se le cruzó en el camino. Ella no podrá borrar, sin embargo, la pasión que tenía por el oficio de reportero, por la fotografía de hechos sociales y personajes que hacen historia.

Para el Chino, el periodismo era un apostolado , un vicio hermoso, la única enfermedad que no hubiera querido fuera de su vida.
Si en este oficio se avanza entre los abismos del poder político y económico, el Chino sabía que el periodista tiene la seguridad del equilibrista . Sabía que esa seguridad era su talento y el poder informativo de sus fotografías.

Para este reportero que hacía historia, el periodismo fue un acto heroico desde el principio, desde que se inició en la fotografía, como aprendiz de un fotógrafo nikkei, Antonio Noguchi, con quien aprendió las primeras técnicas en conseguir imágenes.

Desde que se inició en la revista El Gráfico, en los años 50, el Chino empezó a sentir que la fotografía era un testimonio, un contenido social, pero también podía tener una estética, mucha belleza visual. Un día decidió dominar su cámara, y no al revés, y así empezó su búsqueda gráfica en medios importantes como La Prensa, El Comercio, Caretas y La República , donde hizo historia con reportajes gráficos.

Era capaz de atrapar el gesto incierto de un niño vendedor de las calles de Lima con la misma fuerza expresiva que un político con gesto postizo y disforzado.

Capturaba en su lente a un loco lleno de andrajos, “afeando” una parte de la ciudad, y también un bello paraje urbano. Retrataba a un presidente con la misma profundidad que a un peatón angustiado.



Un verdadero maestro

Sus imágenes y los libros en los que las reunió le ganaron calificativos como el mejor fotógrafo del periodismo o maestro del fotoperiodismo . Era admirado por muchas generaciones de reporteros seducidos por su toque genial a la hora de captar una imagen.

Era, sin embargo, muy crítico con el fotoperiodismo actual. “Son muy buenos. Espontáneos, audaces. Pero no son gente preparada intelectualmente. No tienen cultura fotográfica. No podemos vivir del chiripazo”, comentó.

Uno de sus libros, “ Los Peruanos ”, condensa su visión particular de lo que somos, de lo que podemos llegar a ser. Rostros y rastros asoman en esas páginas. Allí, el Chino se convierte en un psicólogo , en un analista social. Muestra a cada personaje en situaciones únicas, reveladoras, que dicen mucho de su angustia o de su existencia.

En ese sentido, nos ayudaba a mirarnos a nosotros mismos. Su lente era el espejo donde los peruanos podíamos empezar a vernos como tales.

Ese fue su amor a la fotografía. Su sello. Su talento creador. Lo extrañaremos. Aunque seres como él siguen presentes toda la vida.

Claves

Velatorio. Ayer, a las 10.30 a.m. cuando se certificó su deceso, su hijo Juan Carlos y su esposa Antonieta recibieron de inmediato las condolencias.

Preocupación. Sus amigos y admiradores llamaron a la sala de redacción de La República para preguntar por este personaje querido para el periodismo peruano. Muchos se acercaron al Hospital Guillermo Almenara, donde había sido internado desde el primero de febrero.

Velatorio. Por la tarde se inició el velatorio en la Iglesia Carmelitas, en Miraflores, que seguirá hoy. Mañana será el entierro, al mediodía, en el Campo Santo Mafre de Huachipa.

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