Bombazos en el sur

Un atentado en Santiago rompió esta semana, a 41 años del golpe de Estado de 1973, la relativa tranquilidad chilena. No es que el país estuviera libre de amenazas, pues desde hace unos años hay esporádicas explosiones. La diferencia es que en esta ocasión la bomba explotó a plena luz del día. ¿Qué hay detrás de este misterioso estallido?

Texto: Ramiro Escobar
Fotografía: Rodrigo Sáenz  Agencia Uno.

La hora: 2 y 4 minutos de la tarde. El lugar: las afueras de un local de la cadena de comida rápida ‘Juan Maestro’ en Subcentro, una galería comercial vecina a la estación ‘Escuela Militar’ del Metro de Santiago. El hecho: un extintor con pólvora negra que, en ese instante fatal del lunes 8 de septiembre, estalló y dejó heridas a 14 personas.

A Martha Hernández, de 61 años y trabajadora de limpieza, le tuvieron que amputar la falange del dedo medio de la mano derecha. Entre los otros heridos, hay dos graves. Todos eran chilenos, salvo Jorge Arias Rivera, un venezolano de 36 años que sufrió una fractura. En la comuna de Las Condes, escenario de este episodio –y en todo el país– cunde la angustia.

Violencia nueva

A pesar de que desde el 2005 en Chile se escuchan explosiones de magnitud media o pequeña, con alguna frecuencia, hacía por lo menos 2 décadas que no ocurría una cosa así. Este mismo año, se han detectado 26 bombas más, de las cuales solo estallaron cuatro. Los objetivos han sido comisarías, iglesias, bancos e incluso un vagón del Metro.

El domingo 13 de julio alguien dejó una mochila dentro del último tren que ingresaba a la estación ‘Los Dominicos’, también ubicada en Las Condes. Como era muy tarde y de noche, no había nadie en el vagón y los daños fueron solo materiales. Esta vez, sin embargo, la situación ha sido explosivamente distinta.

El atentar en horas punta, en un lugar muy concurrido (se estima en 120 mil las personas que circulan a diario por Subcentro) y con una poderosa bomba de relojería, ha hecho volar también las especulaciones en torno al episodio. Ya no parece un ataque contra el sistema –propio de grupos anarquistas que reivindicaron otros hechos–, sino contra la gente.

Eso es lo que ha disparado el susto y las alertas, aún cuando desde hace varios meses se le venía advirtiendo, a este gobierno y a los anteriores, que debía afinarse el aparato de inteligencia. Porque, no obstante la leve magnitud de los atentados precedentes, el accionar del grupo que los perpetra no se ha detenido en los últimos 10 u 11 años.

Ahora irrumpe un ataque que sólo tiene parangón con la actividad del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), entre 1983 y fines de los 90. Dicho grupo tomó el nombre de este héroe de la independencia chilena y realizó varios atentados similares, incluyendo uno en 1986 contra la estación del Metro denominada ‘Tobalaba’, donde murió una persona.

El 7 de septiembre de  ese año el FPMR llegó a atentar contra Augusto Pinochet, en un ataque en el que murieron 5 guardaespaldas del dictador. También asesinaron a oficiales del Ejército y de Carabineros. Pero cuando retornó la democracia (1990), su actividad  sediciosa concluyó.

¿Anarquía armada?

A partir de 1991, Chile va dejando la turbulencia de la dictadura y de la violencia subversiva y se adentra en un período de estabilidad, donde hechos como los ocurridos en Colombia, o en el Perú, son prácticamente desconocidos. Con la democracia llegan, no sin dificultades, la paz, cierto consenso y la capacidad de resolver disputas sin violencia.

Un coche bomba allá es una especie desconocida. La memoria intensa que se tiene del terror, en realidad está más anclada en el recuerdo de la sangrienta dictadura pinochetista, no tanto en hechos ocurridos en las calles con explosiones frecuentes e indiscriminadas. De allí que este ataque terrorista del 8 de septiembre haya provocado tal remezón.

De los cerca de 200 atentados que ha habido desde el 2005, sólo la mitad han sido reivindicados, mientras que el origen de los otros permanece en un nebuloso misterio. Los principales sindicados son grupos anarquistas, que en algún caso han asumido la autoría de algunos de los ataques explosivos perpetrados en las calles.

Tras la bomba lanzada contra la iglesia de Santa Ana en Santiago, en julio pasado, los miembros de la ‘Célula Revolucionaria Felipe Orsini’ se adjudicaron la responsabilidad. Según ellos, era un ‘gesto solidario’ con Francisco Solar Domínguez y Mónica Caballero Sepúlveda, dos chilenos anarquistas que hoy son procesados por la justicia ibérica.

Los dos jóvenes ya habían sido detenidos en Chile en el 2012, junto a varios anarquistas más, presuntamente por realizar varios atentados que mediáticamente fueron denominados el ‘caso Bombas’.  Entonces se les absolvió, pero el 2 de octubre del 2013 atentaron contra la Basílica del Pilar, en Zaragoza, por lo que se les apresó en España.

En otra oportunidad, según el periodista Ignacio Reyes de BBC Mundo, luego de una quema de vehículos realizada en julio del 2013 en Santiago y Viña del Mar se encontraron unos panfletos. Pertenecían a un grupo que se hacía llamar ‘Enjambre Vandálico de los Niñxs Bichxs’. Su presunta proclama sentenciaba que era  “por la anarquía y la vida salvaje”.

Un arco complejo

Pero es muy aventurado atribuir a rajatabla la autoría del reciente atentado al anarquismo de cualquier perfil. Precisamente porque, como suele ocurrir con las izquierdas de varios lares, el arco de grupos que se cobija bajo este rótulo es diverso, múltiple. Y no todos están deseosos de hacer estallar el sistema como sea, sin importar el costo.

Se suele creer que el anarquista es quien apuesta por el caos. Desde el punto de vista histórico, sin embargo, el asunto es bastante más complejo. Los anarquistas pueden estar próximos al comunismo, al socialismo; o llamarse ‘libertarios’. No gustan de las jerarquías coactivas, pero eso no implica su renuncia total a la participación política.

La FEL (Federación de Estudiantes Libertarios), una organización estudiantil, tiene a Fabián Araneda, uno de sus dirigentes, compartiendo roles como vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH). Llegó a ese cargo por los votos, no quemando estaciones de Metro.

De allí que haya causado controversia un reportaje emitido esta semana en la televisora Canal 13, donde se pretende vincular al movimiento estudiantil, que agitó las calles pidiendo educación gratuita en años recientes, con la bomba en Subcentro. La FEL, un puntal de las masivas movilizaciones, no ha tardado en desmarcarse del hecho.

El mismo día del ataque emitió una declaración en la cual rechazaba este accionar “que pone en peligro la vida de miles de personas y genera un clima de temor”.  Apuntar hacia el anarquismo sin más no parece, por todo esto, una ruta segura para descifrar el origen del acto. Hay otras pistas de investigación que conducen hacia el avispero político chileno.

Una sugiere el posible resurgimiento de grupos de ultraderecha, como el Frente Nacionalista Patria Libertad, que durante el gobierno de Salvador Allende (1970-73) hasta tumbó torres de alta tensión, al estilo Sendero Luminoso. La vena más socialista de Michelle Bachelet, con fuerte reforma tributaria  y otras medidas, podría haber rebobinado rabias dormidas.

Cautela e inteligencia

Se mira también hacia los mapuches, que desde hace años tienen conflictos con el Estado, por la negativa a que se desarrollen actividades en lo que consideran sus territorios (sur, región de la Araucanía). Entre otros incidentes, el 11 de enero del 2013 habrían quemado 6 camiones y una excavadora que trabajaban un camino en esa zona.

Bachelet tuvo, en su anterior gobierno (2006-2010), un flanco abierto con ellos, pues para combatir su accionar apeló a la Ley Antiterrorista, que ahora entraría en revisión. A partir del 8 de septiembre, las cartas institucionales  para combatir la violencia se han vuelto a abrir, en un ambiente donde no se tiene claro quién está prendiendo la mecha. 

 

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