Incendiemos el mundo

La sociedad les apestaba. La política les apestaba. La formalidad les apestaba. Casi todo les apestaba. Los miembros del movimiento poético Kloaka cuestionaron el orden social imperante y reivindicaron valores como la solidaridad y la liberación sexual. Ahora que cumplen treinta años de su fundación, recordamos la rebeldía de sus versos.

Por GHIOVANI HINOJOSA


El pintor Enrique Polanco tenía ganas de incendiar el mundo. Se tambaleaba como un poseso por las calles de Lima con una botellita de ron en las manos. Era una tarde de 1982. Calibraban sus pasos sus compañeros Roger Santiváñez, Domingo de Ramos, Guillermo Gutiérrez y Edián Novoa. Habían salido todos juntos del bar Wony, adonde fueron a celebrar la incorporación de Enrique al movimiento Kloaka. Por sus venas corrían litros de alcohol. Cuando pasaron por la plazuela de la iglesia San Francisco, divisaron una marea borrosa de flores, personas, cirios, andamios. Una procesión iniciaba su recorrido. Polanco volteó la mirada hacia los otros muchachos. Era la hora de incendiar el mundo.

El pintor corrió hacia el gentío. Levantó su botella de ron y la roció intempestivamente sobre la cabeza de los fieles. De lejos, parecía un pastor regando agua bendita sobre sus ovejas. Las sahumadoras se palparon las nucas desesperadas. “¡Mueran, diablos!”, gritó Enrique embravecido. Sus amigos se sorprendieron de tanta “audacia” y echaron a reír a carcajadas. De pronto alzaron la mirada y vieron a un grupo de feligreses furiosos caminando hacia ellos. Los miembros de Kloaka corrieron embalados sin rumbo preciso. La agitación se mezcló con la chacota. Recalaron en el bar La Llegada, uno de los más lumpen de la época, y, en medio de unas cervezas, pasaron revista a la jornada. También planificaron el último golpe del día: irse sin pagar la cuenta. “Lo hicimos solo por el prurito de exponernos al riesgo y a contravenir las convenciones del sistema burgués”, diría Roger Santiváñez treinta años después.


El movimiento artístico Kloaka nació en setiembre de 1982 como un grito de rebeldía frente a la sociedad peruana. Les parecía que las personas en el país tenían una serie de ataduras (religiosas, políticas, morales) que impedían su verdadera libertad. El gobierno se aprovechaba de esta limitación e incurría impunemente en actos de corrupción, abuso y persecución. La vuelta a la democracia con Fernando Belaunde les parecía más de lo mismo, la restauración del neoliberalismo oligarca. El Estado peruano era tan sucio como una cloaca, de allí el nombre del grupo. “Hay que romper con todo”, le dijo Mariela Dreyfus a Roger una tarde en el segundo piso del Wony. Con los partidos políticos, con la Iglesia, con las jerarquías. Su propuesta era la anarquía, la configuración de una comunidad sin reglas que funcione gracias a la solidaridad entre sus miembros. Les inspiraba el movimiento literario Beatnik, de Estados Unidos, que había desencadenado el hippismo de los sesenta. Los kloakas querían ser la versión peruana del underground mundial. Y empezaron a hablar de Andesground.

Mariela y Roger Santiváñez, los gestores iniciales de esta revolución, estudiaban Literatura en la Universidad San Marcos. Al poco tiempo de la conversación en el Wony, involucraron en el proyecto a dos compañeros de aula, el poeta Guillermo Gutiérrez y el narrador Edián Novoa. Los cuatro solían encerrarse en una casa a realizar una especie de catarsis colectiva durante 48 horas. Escribían y hablaban con desgarro sobre los tiempos de infancia. Pronto participaron en estas sesiones los poetas Domingo de Ramos, José Alberto Velarde y Mary Soto. Todos estaban juntos en el Wony, parloteando y pariendo versos que escandalizaban a la academia. El destino es como un viejo caficho/que nunca da la cara, escribió, por ejemplo, Roger Santiváñez. A veces comían de un mismo plato, lo que les daba una sensación de hermandad sin límites.

 

Los últimos en incorporarse al movimiento fueron el poeta y periodista Julio Heredia, que quedó encantado con ellos cuando les hizo una entrevista, y el pintor Enrique Polanco. Algunos de los aliados del grupo eran los poetas José Antonio Mazzotti y Dalmacia Ruiz-Rosas. Más que una coincidencia estética, los unían a todos las ganas de joder al sistema. De hecho, algunos habían militado en el Partido Comunista Revolucionario.

Kloaka difundió su arte a través de recitales-conciertos en el Centro de Lima, Miraflores y el Cono Sur.
Compartían escenario con bandas nuevas como Kola Rock (de Edgar Barraza, “Kilowatt”), Delpueblo y Medias sucias. Servían de base “ideológica” para el discurso desaforado del rock subte. En cierta ocasión, improvisaron un recital-tocada en la Universidad Católica junto a Durazno Sangrando, un conjunto de rock-chicha integrado por Rodrigo Quijano y Fernando Bryce. Las autoridades lo suspendieron. La mancha se fue al asentamiento humano que había en el campus de San Marcos. Y montó una irreverente puesta en escena: Frido Martin, uno de los simpatizantes del grupo, leía poemas surrealistas vestido con un smoking, mientras Fernando pateaba la batería con la que tocó. La ternura y la violencia en un solo acto.

Una primavera contracultural de este tipo no podía durar tanto tiempo. En enero de 1984 un parte oficial de expulsión dejaba fuera del grupo a Mariela Dreyfus, Guillermo Gutiérrez, Julio Heredia y Mary Soto. “Los arriba mencionados quedan expulsados del paraíso para siempre, por incapacidad ideológica y poética”, rezaba el pomposo documento firmado por Roger Santiváñez y los otros. Mariela, por ejemplo, había dejado de asistir a las reuniones. La bohemia frustraba su desarrollo académico. La última presentación de Kloaka fue el 21 de febrero de 1984.

Según Domingo de Ramos, el aporte del grupo a la poesía peruana es el uso un lenguaje “coloquial, dark, subterráneo”, como se habla en los barrios marginales de Lima. Hace 30 años unos jóvenes se unieron para incendiar el mundo. Hoy las hogueras del verbo tienen su fuego.

 

POST COITUM

Descender las escaleras del hotel
y que las cosas vuelvan a su antiguo espesor.
Este placer ya ha sido pagado:
todo es dinero todo se vuelve papel moneda
el goce es dejado sobre sábanas prestadas.

Frente al espejo de la entrada
aliso mis cabellos / acomodo mis senos
al lado de mi muchacho
tímido como siempre en el primer abrazo.

El regreso a casa es solitario
y debo esconder mis pasos,
el olor que sorprenda a mi madre
mil veces violada y todavía virgen.

De Mariela Dreyfus, en Memorias de Electra (1984, orellana & orellana editores).

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