Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Haití o el tormento perpetuo

“Nada ocurre por generación espontánea y en Haití uno de los factores que lo aplastó fue ser el único lugar donde los esclavos se rebelaron y tomaron el poder...”.

El asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, remeció a la región y al mundo el miércoles pasado, aunque nunca dejó de haber un aire de ninguneo hacia este país, incluso en ese momento tan doloroso: salvo France 24, varias cadenas internacionales demoraron en dar la noticia. Como si no importara tanto, como si se asumiera que allí siempre puede pasar lo peor.

Es una vieja historia, pero lo que hoy teníamos era un mandatario cuestionado, criticado, tambaleante. Había ganado una elección el 25 de octubre del 2015, con el 32% de los votos y con solo un 28% de participación. Como estallaron denuncias de fraude, no asumió y tuvo que convocarse otra elección en noviembre del 2016, que nuevamente él ganó, esta vez con el 55%.

Y otra vez con una cantidad magra de votantes: el 18% de los habilitados. Moise asumió la presidencia recién el 7 de febrero del 2017. Uno de los nudos del actual conflicto está allí. Dado que el período es de 5 años, sus opositores sostienen que este comenzó en febrero del 2016, luego de los primeros comicios. El presidente victimado los contaba a partir del año anterior.

En septiembre iba a haber una nueva elección y además un referéndum para dirimir si se hacía o no hacia una nueva Constitución. Para agravar las cosas, el Parlamento fue disuelto en enero del 2020 y se gobernaba por decreto y con represión. Antes de que comiencen las analogías apresuradas con lo que ocurre en nuestro país, hay que vacunarlas escarbando en la historia.

Haití fue el primer territorio independiente de América Latina. Lo liberaron los esclavos en 1804, tras derrotar a las tropas francesas. A partir de entonces, los tumultos políticos proliferaron. Dos veces tuvo un emperador, en el siglo XIX, y luego tres períodos republicanos. En el último, gobernó de 1957 a 1986 la dinastía siniestra de los Duvalier (Francois y Jean Claude).

Tras varios presidentes breves o interinos, en 1991 es elegido democráticamente el exsacerdote salesiano Jean Bertrand Aristide. Cuando se dice que este país tuvo 20 gobiernos en 35 años se cuenta desde 1986. No hubo desde tal momento ningún gobierno realmente estable. Se pensó que, tras el catastrófico terremoto del 2010 (316 mil muertos), eso quizás podría venir.

La cantidad de ayuda internacional que llegó y cierto ánimo de refundación alentaron la idea de una nueva era. Pero tras un período de calma volvieron los tumultos. ¿Tiene un gen político incurable, como algunos insinúan? Nada ocurre por generación espontánea y en Haití uno de los factores que lo aplastó fue ser el único lugar donde los esclavos se rebelaron y tomaron el poder.

Para el mundo imperial del siglo XIX eso resultó ignominioso, y hasta hoy se siente tal rastro. A este país se le cobró deudas por independizarse, se le robó dinero de sus bancos, se le invadió (EE. UU. estuvo allí entre 1915 y 1934), se le dominó desde afuera vía dictaduras (las de los Duvalier). Nunca se le dejó tranquilo y hasta en tiempos contemporáneos se le ha despreciado.

En 2018, según The Washington Post, Donald Trump lo incluyó entre lo que él llamó “países de mierda”, junto a algunos estados africanos. Por si no bastara, hay una deforestación desatada, que lo hace más vulnerable a los frecuentes huracanes caribeños. Solo le queda un 4% de los bosques originales, en tanto que el sector agropecuario no puede abastecer de alimentos a todo el país.

En el corazón de Haití, sin embargo, hay una cultura poderosa, mágica, que incluye el vudú, la hermosa pintura naif, los bailes, la música, playas todavía conservadas, cuevas que deslumbran a los espeleólogos, una gastronomía interesante. En el radar de la comunidad global, todo eso se ha hecho casi invisible, porque la impronta del colonialismo y el basureo aún persisten.