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Una lucha por libertad

“Me alegra leer la sentencia y saber que pesó más en su decisión la lucha por la dignidad y no la sinrazón de la burocracia”.

Ana Estrada ha logrado que el Poder Judicial reconozca su derecho a una muerte digna. Es una mujer valiente y merece un reconocimiento púbico por la lucha que está dando. Es pionera en la demanda de este derecho y como tal, asume el peso de abrir un sendero en terreno inhóspito.

Después de un año de haber presentado una demanda de amparo, acompañada por la Defensoría del Pueblo (DP), ha logrado una sentencia histórica. Sea que las instituciones demandadas –EsSalud, Minsa y Minjus– apelen o no, lo que se ha conseguido marca un hito. Es un parteaguas que no se podrá borrar.

La sentencia declara fundada en parte la demanda hecha por Ana y la DP, permitiendo que en caso Ella decida acceder a una muerte asistida, se inaplique el art. 112 del Código Penal que tipifica el delito de homicidio piadoso. De esta manera, las y los profesionales de la salud que la ayuden no sean procesados, menos aún sentenciados. La preocupación de Ana no es solo su bienestar, incluye salvaguardar la integridad de quienes opten por ayudarla, evitando así que cualquier participación en una decisión tomada por ella suponga una acción oculta, opaca, silenciada.

La resolución judicial también determina que debe establecerse un procedimiento especial para este caso. La eutanasia no puede ser aplicada de manera libre y espontánea. Debe seguir pautas y lo que exige la sentencia es que EsSalud y Minsa constituyan comisiones para definir una ruta de acción en caso Ana decida ejercer el derecho que se le acaba de reconocer de manera expresa.

El único extremo que ha sido declarado improcedente es el pedido de que Minsa establezca una directiva general para casos similares al de Ana. Con esto el PJ deja claro que la tarea de legislar sobre la eutanasia o muerte digna sigue en manos del Congreso. Existe ya un proyecto presentado por el congresista Gino Costa y entiendo que otros parlamentarios están también preparando propuestas que permitan que personas como Ana, cuyas condiciones de vida se precarizan de manera extrema por razones de enfermedad, puedan tener también el derecho a decidir.

En entrevista a una radio nacional, evidentemente emocionada, Ana dijo “mi lucha era por libertad. No se trata de morir o hacer apología a la muerte, sino todo lo contrario. Se trata de seguir hasta el último capítulo de mi vida con mi forma de pensar y desarrollarme. Tomando mis decisiones”. Siente que esta sentencia reconoce lo que no debiera nunca haber estado en duda: ella es la dueña de su cuerpo, de sus decisiones y de su vida.

En enero, luego de oír a Ana en la audiencia en la que se sustentó la acción de amparo, publiqué una columna en la que señalaba que todo quedaba en manos del magistrado Ramírez Niño de Guzmán. Me alegra leer la sentencia hoy y saber que pesó más en su decisión la lucha por la dignidad y no la sinrazón de la burocracia.