Opinión

La revolución olvidada

“El ritual cívico más olvidado ha sido la propia jura de la independencia”.

independencia peru fiestas patrias
independencia peru fiestas patrias

Por: Cecilia Méndez G., historiadora.

Cada 28 de julio la prensa acude a los historiadores para que ofrezcan una perspectiva histórica del momento conmemorativo, casi como un rito, o una tarea que les toca hacer. Las diarios se visten de banderas, de figuritas de héroes, de anécdotas, los locutores de los noticieros lucen escarapelas, izamos la bandera. Ojalá, me digo, que esas banderitas de ocasión sirvan al menos para poner algo de comida en algunas mesas, necesidad apremiante para tantos en esta pandemia.

La ritualización colectiva da sentido e identidad a una colectividad. Como lo estudian la antropología y la sociología, las sociedades se cohesionan con ritos. Pero la ritualización irreflexiva de la nación puede llevar a que estos sentidos se pierdan. O, peor, que se olviden y distorsionen los propios hechos que son materia de conmemoración, y que se instalen otros que nada tienen que ver con aquellos.

En el caso nuestra independencia, el hecho más olvidado es también el más importante: que fue una revolución. Así la experimentaron y la llamaron quienes vivieron el momento, y hasta años después. Así llaman otros países del continente a sus procesos de independencia. ¿Por qué nosotros no? Las revoluciones subvierten ideas y conceptos, rebautizan lugares, cuentan el tiempo nuevo en calendarios revolucionarios. Así lo hicieron los revolucionarios del Cuzco en 1814, una de las revoluciones más olvidadas de nuestro proceso de independencia. Ellos proclamaron 1814 como “el año primero de la libertad”, y así lo siguieron llamando, veinte años después, los campesinos de San Miguel, en Ayacucho, que pedían exoneración tributaria en medio de la guerra civil que devastaba sus campos en 1834, diciendo que habían dado su sangre por la patria “desde el año 14”. En Lima, el 15 de julio de 1821, después de la firma de la declaración de independencia por el cabildo, una multitud “destrozó el busto y armas del rey a la plaza, […] a patadas”, como cita el historiador Pablo Ortenberg de una fuente de la época. Años antes, en 1813, y como reacción a un decreto de las Cortes de Cádiz que abolía el Tribunal de Inquisición, una multitud saqueó dicho local en Lima, y se dedicaron sátiras, y un hasta”epitafio”, a ese centro de torturas oficial.

Con los años, los actos irreverentes dieron paso a ceremonias acartonadas, misas solemnes, y un desfile militar que poco tiene que ver con el ejército que consiguió la independencia. Lima, rebautizada como “La Ciudad de los Libres” volvió a ser “La Ciudad de los Reyes”. Y una parte de “El Pueblo los Libres” revirtió a su antiguo nombre de hacienda, Magdalena. La Plaza Independencia volvió a ser la Plaza de Armas.

Pero el ritual cívico más olvidado ha sido la propia jura de la independencia. Esta tuvo lugar en Lima el 29 de julio de 1821, al día siguiente de la proclama de San Martín, y luego en muchas otras ciudades y pueblos. San Martín sabía que, sin la jura, su proclama de independencia no podía tener legitimad, porque ella se hacía “en nombre de la voluntad de los pueblos”; por la jura, el pueblo se comprometía activamente a defender la independencia. Como lo dice la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente: “cada individuo de las corporaciones, así eclesiásticas como civiles” se comprometía a “sostener y defender con su opinión, persona y propiedades, la INDEPENDENCIA DEL PERU del gobierno español y de qualquiera otra dominación extrangera” (mayúsculas del original).

Tal vez defender la independencia de la dominación extranjera suene muy radical para estos tiempos. Pero igualmente radical fue el nuevo lenguaje político republicano que se inauguró con dicha revolución, y que incluye ideas que ocasionaron, y siguen ocasionando, resistencia, como lo es la igualad ante la ley. Pero, si alguna responsabilidad cívica tenemos los historiadores, es una tarea de memoria de cara al presente.

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