
Como sociedad, necesitamos mirarnos de frente y asumir nuestra responsabilidad en la creación de esta violencia. Lo verdaderamente indolente es negarse a responder esas preguntas incómodas e insistir, con terquedad, en estrategias que funcionan como un espejismo

Las interpretaciones jurídicas antojadizas ya no engañan a nadie. Rechazarlas —por vías legales, dicho sea de paso— no es faltarle el respeto a la ley. Es salirle al frente a la farsa de legalidad a la que nos han sometido por años.

“La legitimidad terminó reposando en esa institución que llamamos elecciones. Por eso, ahora hasta los líderes más autoritarios quieren ser electos (o al menos pretender serlo)”.

Desde la ciudadanía peruana, haríamos bien en dejar de mirarnos el ombligo y entender este nuevo ritmo del autoritarismo global que también nos afecta.

Pero hoy, el reguetón también nos recuerda lo que significa vivir en países marcados por una fuerte dependencia de potencias extranjeras, atravesados por las venas abiertas de la herencia colonial y el mestizaje. Es la banda sonora de territorios fragmentados por diferencias de toda índole, pero también profundamente ricos en tradiciones que resisten y dialogan con las tensiones de un mundo globalizado.

La toma de decisiones personales, sobre todo entre los más jóvenes, ha comenzado a depender cada vez más de la IA. Este nuevo rol de la tecnología plantea preguntas inquietantes que trascienden lo individual.

La calle también habla fuerte y claro. Varias ciudades están repletas de murales con pintas que demuestran lo que sentimos. (…) , es un mito que la ciudadanía peruana no lucha por sus libertades y derechos. Las protestas, aunque más dispersas y localizadas, no han cesado.

Desde que llegó a la cúspide del poder hasta que murió en libertad, el expresidente fue tanto beneficiario como agente del caos en el Perú (...) El problema es que, como Meñique, Fujimori decidió que su papel no era exclusivamente resolver el desorden sino aprovecharlo.

No tengo la menor duda de que Perú se libró de un futuro atroz con la captura de Guzmán y que su muerte en prisión fue una victoria para el Estado de derecho que su organización terrorista buscó destruir.

Recordemos que somos un país que se reconstruyó luego de la invasión extranjera, sacudió las estructuras de poder basadas en la concentración de la tierra, dejó atrás a los dictadores militares y que derrotó el terrorismo y el desastre económico.

"Quiero sugerir que esta coalición es el resultado del matrimonio desafortunado entre la discriminación y el patrimonialismo. Este ‘pacto de la destrucción’ no es, simplemente, corrupto. Va más allá”.