
Como en el cuento clásico, cada cierto tiempo el niño Julio Arbizu se paraba frente al espejo para hacer preguntas. Mientras miraba sus pómulos pronunciados o su nariz ancha, las iba lanzando una tras otra. ¿Por qué los insultos de los que debía defenderse a puñetazos? ¿Y por qué no ocupaba un lugar central en las fotos del colegio, sino en esos bordes que se difuminan con el paso del tiempo? ¿Por qué le lanzaban esas miradas llenas de desconfianza? Con los años obtuvo las respuestas que pedía, cuando entendió que en este país el racismo es cotidiano y el color de la piel puede determinar nuestro lugar en la escala social. Hoy, con Negro, contra el desprecio, su primer libro, el exprocurador da testimonio de cómo se vive en carne propia la discriminación. La publicación es una invitación y un artefacto, un vidrio que refleja nuestras taras y prejuicios.
Tu nuevo libro, Negro, es la narración de varios episodios de discriminación que has sufrido en la vida. Y la primera pregunta que quería hacerte es si tú también has discriminado.
Es una muy buena pregunta. Es una pregunta que de alguna manera puede explicar el libro, porque lo que creo es que existe en este país un sistema organizado de tal manera que nadie esté libre de mirar al otro con una mirada despectiva. Y de hecho, en varios de los relatos, yo revelo que soy parte de ese sistema, de esa organización social. Pero, además, hay una especie de mirada desde abajo que hace que muchos no se perciban discriminados. Y, frente a esa no percepción, lo que hacen es mirar hacia abajo a otras personas como ellos, que es esto que Paulo Freire llamaba el opresor oprimido. Y entonces, la respuesta a la pregunta es sí, claro que sí.
A mí el episodio de Marisol Espinosa que cuentas en el libro me llamó muchísimo la atención. Porque allí te sale la carta de ningunear por procedencia y por formación. En ese momento de indignación por lo que te había pasado, porque te estaban echando de la Bancada Nacionalista, casi llegas a decir que siempre será mejor un abogado limeño que una comunicadora piurana.
Absolutamente. Y, de hecho, el libro lo he sometido a la crítica previa de mucha gente, a la lectura de muchos amigos, de gente que me rodea, algunos con mucha más experiencia en el quehacer literario. Y varios me dijeron: Mira, este episodio deberías ver si lo dejas o lo retiras.
Te sugirieron que lo saques.
Sí, yo opté por dejarlo y por dejar otras escenas en las que yo dejo evidencia de que soy parte del sistema, que soy parte de esa organización, que soy parte de esa educación sentimental. Y por eso el libro puede ser leído por todos para encontrarse en él como un espejo.
Ahora, el episodio de tu colaboración con el nacionalismo es interesante, porque también recibiste el encargo de redactar el informe sobre lo que ocurrió en El Baguazo, que es una tragedia por donde se mire: 23 policías y 10 indígenas muertos. Y lo que tú dices es que el desenlace pudo ser otro si estos peruanos hubieran tenido manera de comunicarse, de entenderse.
Sí. Una de las formas probablemente más brutales y más perniciosas de discriminar, de mirar en menos a ciertos peruanos, es impedirles la agencia y la capacidad de comunicar sus demandas, sus pareceres, sus ideas sobre la patria. Desde el ejercicio del poder, son unos cuantos quienes lo detentan y pueden desde allí nombrar lo que es bello, lo que es aceptable, lo que puede ser bien recibido en ámbitos de políticas públicas. Los demás, digamos, se deben remitir al ejercicio pasivo de seguir esas reglas.
Y los demás suena a veces a los que están lejos de Lima.
Sí, en gran medida los que están lejos de Lima, pero también en Lima, que es una ciudad mestiza, donde operan formas de ejercer el poder desde un discurso supremacista que a veces duele muchísimo.
Cuando yo revisaba lo que mencionabas del Baguazo, también pensaba en otros episodios similares. En las víctimas inocentes del fuego cruzado que hubo durante la lucha contra Sendero, o, recientemente, en las víctimas de las protestas contra Dina Boluarte. El hecho de que ellos no encuentren justicia, de que haya impunidad en sus casos, ¿es de alguna manera una forma de discriminación?
Absolutamente. Eso tiene que ver con la mirada del valor de una víctima. Alguna vez, cuando estudiaba un posgrado en Derechos Humanos y Procesos de Democratización en Chile, hubo alguien que hizo el paralelo entre los muertos de la dictadura chilena y los muertos del conflicto armado interno peruano. Y él me decía: “En Chile pensábamos que los muertos eran 20.000 y resultaron siendo 5.000”. Bueno, en Perú pensábamos que los muertos eran 20.000 y resultaron siendo 70.000. Entonces hay una desproporción en el valor que le otorgamos a cada uno de nuestros muertos. Y eso tiene una explicación. En Chile, los muertos, los desaparecidos, eran básicamente gente de clase media, instruidos, con padres profesionales que habían optado por una mirada política. Y en nuestro caso, la mayoría de los muertos en ese fuego cruzado entre el Ejército y los grupos subversivos eran campesinos, muchos de ellos sin DNI.
Quechuahablantes y pobres.
Sí, vulnerables en todos los sentidos de la palabra. Entonces, siempre es un ejercicio de discriminación el hacer esa distinción entre víctimas.
¿Te ha llamado la atención que la señora Fujimori no haya mencionado el tema de las víctimas de las protestas del 2022-2023 en su mensaje a la Nación?
No, ninguna sorpresa, porque en verdad yo diría que las víctimas del gobierno de Dina Boluarte y de Jerí son producto del ejercicio de poder de un fujimorismo que se ha permitido la colaboración de otros grupos políticos muy afines. Y, por tanto, si ella se refiriera a esto, tendría que hacer una autocrítica y creo que está lejos de hacerla en cualquier sentido.
Claro, aunque también usa la carta de la reconciliación, lo que es contradictorio. Si no mencionas a las víctimas, ¿cómo te reconcilias con ese sur que no ha votado por ti?
Yo creo que ese discurso de reconciliación es falso, solamente puede haber una reconciliación en este país en tanto se mire esto que yo trato de hacer evidente en el libro, un trato distinto entre peruanos. Mientras no se miren estas cosas, que suceden todo el tiempo, creo que está muy lejos la posibilidad de cualquier tipo de reconciliación.
Vuelvo al episodio del gobierno de Humala porque hay otro evento interesante, que es cuando hay una presión muy fuerte para sacarte del Ministerio de Justicia, por un comentario ácido que hiciste contra Juan Luis Cipriani, pero que la élite católica y la derecha entiende como una crítica a ellos mismos. ¿Qué fue eso? ¿Fue una represalia política o un acto de discriminación?
No, yo creo que eso fue básicamente solidaridad de clase. Para ellos, yo no puedo tener un comentario ácido respecto de Cipriani. Pero si el comentario lo hacía cualquiera de ellos, por cualquier tipo de diferencia con Cipriani, no pasaba nada. Y creo que eso es muy sintomático de lo que está pasando a nivel político.Incluso en esos círculos de poder, que adquieren más poder todavía por la pigmentación de la piel, no se perdona a algunos que salen de allí para tener un discurso de ruptura, un discurso disidente. A Sigrid Bazán, por ejemplo, le reclaman mucho más que a cualquiera de las figuras del progresismo o de la izquierda limeña. Ven en ella una traición a su clase, una traición a la tradición.
¿Hubieras vivido menos actos de discriminación si no tuvieras una preocupación social, si no tuvieras cercanía con el progresismo o con la izquierda?
No lo sé. Pero fíjate que he pensado en esto que me dices, es bien interesante.Si yo no fuera el respondón que soy, si no tuviera la capacidad de ironizar que tengo a veces, si no tuviera una militancia política, aunque no partidaria, probablemente sería presa del escarnio mucho más soterrado, escondido, pero igualmente pernicioso, nocivo.
Ahora que lo pienso, es cierto que te han discriminado, pero tú nunca te has quedado callado, al menos en la edad adulta.
Sí, por eso es que hay una intencionalidad en hacer el libro como una secuencia cronológica, un crecimiento desde la edad más infantil, pasando por la juventud hasta la actualidad, y creo que si ha habido un cambio en ese tiempo. Por lo menos ahora puedo nombrar lo que pasaba, puedo decirlo. Antes no tenía ni siquiera idea, no tenía con qué confrontarme, con qué compararme, con qué comparar mi situación, y no tenía las herramientas que tengo ahora. Y, por otro lado, con absoluta honestidad, tengo que decir que yo he sido desde muy pequeño un privilegiado. O sea, yo estudié en un colegio privado, yo estudié en la Católica, no soy alguien que haya sido vulnerable desde la cuna. Mis padres son dos profesionales que me dieron la oportunidad de estudiar una carrera en una de las mejores universidades del país. Entonces, hay una mirada que tiene que ver con descubrir que se puede utilizar esa formación para combatir este tipo de situaciones.
Hay un episodio que me llama mucho la atención, que es el de Honduras. En ese país fuiste parte de un equipo enviado por la OEA para atender temas de corrupción. Y allí descubres que miembros de tu equipo han lanzado expresiones racistas contra ti y contra otros de tus compañeros. Llámame ingenuo, pero yo pensé que esas cosas no ocurrían entre los abogados que están dedicados a causas altruistas.
Yo también lo pensaba. Y, es más, pensaba que el espacio de ejercicio de la labor profesional de quienes forman parte de la OEA, por ejemplo, estaba desprovisto absolutamente de ese tipo de cosas. Y sin embargo llego a Honduras y no solamente pasa eso, sino que el secretario general de la OEA había enviado cercanos a su círculo más íntimo a ejercer puestos para los cuales no estaban preparados.
Hablas de (Luis) Almagro.
Sí. Como te decía, llegan personas que no estaban capacitadas ni profesionalmente ni éticamente. Son personas que están en Honduras, un país pobre, un país vulnerable dentro del contexto regional, y son las primeras que se refieren a los ciudadanos y las ciudadanas que ellos tienen que defender como personas de menor valía.
Los llamaban negros.
Es brutal, efectivamente los llamaban negros.
¿Y hay mucha discriminación entre los profesionales del derecho?
Yo creo que es un espacio más de la sociedad. No creo que haya más que en otros espacios, aunque lo que sí puedo percibir es que hay una élite que es difícil de integrar. A mí no me interesa, pero hay una élite que tiene que ver ya no solamente con el color, sino con el mayor nivel socioeconómico, y en muchos casos también con el patrocinio de causas bastante cuestionables. Y desde allí se mira hacia abajo. Y en la base de esa pirámide están los espacios de defensa de personas más vulnerables.
¿Me estás diciendo que a los que defienden derechos humanos se les ve como menos importantes?
Sí, en muchos casos sí. Quienes han escogido defender derechos humanos casi con exclusividad, fuera del ejercicio en defensa de lo corporativo, sí son mirados en menos, por supuesto que sí.
Claro, pero ahí debe haber una visión política también. Para la élite son los rojos.
Ahí se mezclan un poco esas cosas,
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Ya que estábamos hablando de temas de corrupción, ¿qué sientes cuando la señora Fujimori dice que será implacable contra la corrupción?
Siento que Fujimori sabe perfectamente que uno de los lastres que el ciudadano peruano percibe como más problemáticos en el país es la corrupción. Entonces entiende que hay que hablar de la corrupción. El asunto es, ¿cómo puede hablar de la corrupción con 15 de sus ministros procesados o investigados por corrupción? ¿Cómo puede hablar de la corrupción respaldando el gobierno del padre, que fue probablemente el más corrupto de todos los gobiernos de la historia republicana del país? ¿Y cómo puede hablar de corrupción habiendo respaldado el ejercicio del poder desde un Parlamento que era básicamente una confluencia de organizaciones criminales, todas ellas valiéndose de la corrupción para obtener réditos? A la señora Fujimori le podría dar el beneficio de la duda siempre y cuando demuestre que puede desconocer todo eso que ha dicho y que ha hecho en el último tiempo, pero eso es absolutamente una utopía.
Has postulado alguna vez por Juntos por el Perú, eres un hombre de izquierda. ¿Hay discriminación en la izquierda?
Sí, es lo que te decía al comienzo, yo creo que nadie escapa de una organización configurada de tal manera que arriba te miran con desconfianza y abajo miras al costado también con desconfianza para poder salvarte. Yo hablo en el libro de un salvoconducto que a mí me permite evadir, quedarme en esa especie de gravedad que te empuja hacia abajo y que es invisible, que es mi formación, mi paso por la universidad, ocasionalmente el ejercicio de la función pública. Pero hay otras formas de salvoconducto que son mucho más perniciosas. Yo digo varias de las cosas que me pasan a mí sin advertirlo, pero creo que hay esa mirada al costado para salvarse, para distinguirse, para decir: Sí probablemente yo tengo el mismo color que tú, pero yo no me veo tan sucio. Yo tengo tu color sí, pero yo soy ordenado, yo no hablo con palabrotas. Yo tengo una tesis sobre eso. De hecho, el libro se iba a llamar “Negro de mierda” y terminó siendo Negro, porque en la evaluación con la editorial se pensó en cómo defender el título para que esté en las librerías, mostrado al público, o cómo hacer para que se lea en los colegios. En esta sociedad limeña, pacata, conservadora, absurda, las palabras también son una manera de distinción.
A favor del título que no fue, habría que decir que era en realidad un gran llamado de atención, porque esa es la expresión real que se usa: negro de mierda o cholo de mierda.
Sí, yo creo que es más negro de mierda. Ahí está incluido el cholo de mierda, el marrón de mierda. Tú sales a Argentina, a Chile, y ahí no te van a decir marrón o cholo, te van a decir negro o cabeza negra, de frente.
Quería volver a la pregunta de la izquierda, porque hace algún tiempo hablaba con Verónika Mendoza sobre la discriminación dentro de las fuerzas progresistas. Y ella me decía que no podía usar la palabra discriminación, pero sí reconocía que cuando ella entró al nacionalismo, donde hubo una fusión de la izquierda tradicional con fuerzas regionales, ella sintió una distancia entre limeños y provincianos, y que lo que veía desde sus pares limeños era la exhibición de una especie de superioridad intelectual, que se la enrostraban a los que venían de otras procedencias.
Sí, es muy evidente en la izquierda y en otros espacios, pero es en la izquierda donde no debería pasar, donde hace un rato hablabas de los espacios de derechos humanos. Uno pensaría que en la izquierda estas cosas no ocurren, y sin embargo pasan, probablemente ocurren muchísimo menos que en otros espacios, pero están allí. Y a veces se esconden en lo regional, pero también hay un componente no solamente de clase o de formación, sino del color de la piel.
¿Tu hija Gabriela ya leyó todo el libro?
Sí, claro. Ella es de las primeras en leer el libro y en enterarse de que iba un texto suyo.
El post de Facebook de Gabriela, que incluyes en el libro, es valioso y conmovedor, porque entiende a los 16 años la discriminación por la que has pasado y por la que ella empieza a pasar. Ella escribe: “Llevo mis raíces tatuadas en la cara y eso me llena de orgullo”.
Lo lees y se me vuelve a remover todo. Creo que mi hija entendió muchísimo antes que yo esto que me ha costado 15 años de psicoanálisis y la escritura de estas 15 historias, que me han dolido, porque el proceso de escribirlas y de soltarlas no ha sido fácil. Hoy Gabriela tiene 21 y le ha añadido a esa perspicacia de entonces una formación de abogada, porque ahora estudia derecho en Chile. Y yo creo que las nuevas generaciones miran esto con una perspectiva más interesante, desprovista de la mirada que hace que esto se siga repitiendo.
En tu infancia, en tu familia hubo mensajes contradictorios, que no ayudaban a formar una identidad, ¿le reprochas algo a tu familia?
No, yo creo aquí debemos tener en cuenta la idea de la corrección amorosa. Está el caso de la madre de mi madre, que es esta abuela que me mira y desde su alzhéimer se sorprende de que yo sea su nieto siendo negro. O mi madre que trata de corregirme el pelo, no porque entienda que está mal, sino porque trata de protegerme. Son situaciones que tienen que ver con los tiempos y en el caso de mi abuela con una configuración social específica.
¿Y tú como padre cometiste alguno de esos errores tratando de proteger a tu familia?
Es probable. Y es probable que esta pregunta que me haces sea materia de otras sesiones de psicoanálisis (sonríe).





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