26 de Diciembre de 2016 | 10:53 h

Nancy Lange: “No soy peruana, pero me siento en casa aquí”

Estudió Ciencias Políticas y cuenta con una maestría en Negocios Internacionales de la Escuela de Adminitración de la Univerisidad de Wisconsin, Estados Unidos.

Maritza Espinoza

Nació y creció en un pequeño pueblo de Wisconsin de apenas 400 habitantes y, aunque ha viajado por más de cuarenta países como experta en negocios internacionales, Nancy Lange, la esposa del presidente Pedro Pablo Kuczynski, aún se siente una mujer de pueblo y lamenta no poder cuidar de su casa como en los días en que sus deberes de primera dama no la absorbían. Fue justamente en su acogedor hogar sanisidrino, frente a un discreto árbol de Navidad, donde sostuvimos esta conversa. Y si tuviéramos que encontrar una palabra para describir a esta mujer de hablar pausado y sonrisa amplia sería, sin duda, “calidez”.

¿Cuál ha sido su mayor aprendizaje de estos seis meses como primera dama?

Hablando honestamente, que tengo que mejorar mi castellano… (risas). Yo no crecí aquí y no es mi primer idioma. Todavía estoy aprendiéndolo y lo haré probablemente hasta el día final de mi vida.

¿Y a qué ha sido más difícil adaptarse?

Para mí es difícil vivir con toda la seguridad. Por ejemplo, siempre he ido a Wong o a otros mercados a comprar comida. Ahora es difícil, porque no queremos tener cuatro, cinco personas dentro de Wong dándome seguridad, porque podemos molestar a las otras personas y no me siento cómoda. O también, no sé, caminar por diferentes parques y que todo el mundo me mire, porque hay tanta gente oficial con sus aparatos. Sí, eso es difícil.

Son seis meses de primera dama y aún mucha gente no la conoce. ¿Cómo siente que la perciben?

Todavía ha sido una buena experiencia, porque no encuentro hostilidad en las calles. ¡Estoy rezando para que continúe así! (risas) Muchas veces la gente sí tiene sus reclamos, pero, políticamente hablando, nada hostil.

Y ya dentro del trabajo de primera dama, ¿cómo es un día de Nancy Lange?

Como siempre, después de tomar mi desayuno, leo diez periódicos. Tengo un estante allá, como un kiosko. No puedo empezar el día sin leer los periódicos. No me siento bien. Tengo que ver las noticias, ver las fotos y leer las columnas de opinión. Realmente, en esta posición, no puedes vivir sin saber las noticias. Es imposible.

Y esto implica, imagino, un intercambio de opiniones muy fluido con el presidente…

Yo trato, pero a veces él no quiere escucharme, porque le tengo malas noticias de lo que sale en los periódicos (risas).

¿Qué tan receptivo es él a sus comentarios?

Él es un buen hombre. Escucha, siempre quiere conversar, está dispuesto a escuchar, pero sí tiene sus opiniones, y cuando yo trato de hablar de algún periodista que tiene otra opinión, dice: “Uf, ahora estoy cansado, vamos a hablar sobre este tema mañana” (risas).

Usted tiene un bachillerato en Politología, ¿cómo se acercó a este tema?

Crecí en un pueblo muy pequeño, de apenas 300 personas. De otra época, realmente. Y casi la mitad de mi pueblo estaba involucrado en algo cívico. O eran parte del cuerpo de los bomberos, o estaban en el directorio del pueblo (village board), o eran voluntarios en el hospital o miembros de un club…

Había mucho activismo.

Ahora no existe tanto, pero en los años 50, 60, 70 había mucho activismo. Y probablemente viene de parte de la tradición socialista alemana de los inmigrantes en Wisconsin. Todos los vecinos hacían algo para ayudar a la comunidad, así que crecí con este espíritu de cooperación, de tener las ganas de ayudar a los demás.

¿Y en algún momento tuvo alguna actividad política allá?

Sí, yo fui a la convención republicana en el año 76, con veintiún años de edad. También trabajé con un senador del estado de Wisconsin (Jim Sensenbrenner III) por más de tres años. Y hace unos diez años, este senador tuvo una reunión con Pedro Pablo y le dijo: “Tu esposa era jefa de mi oficina”. Y Pedro Pablo regresó a casa y me dijo: “¿Tú eras jefa de su oficina?” Y, bueno, en su oficina éramos la secretaria, yo y un practicante. Y, sí, era la jefa. Yo fui la primera mujer que trabajó como asistente político de un senador de Wisconsin.

¿Y en ese momento tal vez tenía aspiraciones políticas?

Siempre me gustó el tema. Cuando tuve 17 años gané una beca para estudiar en la India y, al fin de mi estadía allí, tuve la oportunidad de conocer a la señora Indira Gandhi.

¿Cómo fue esa experiencia?

¡Increíble! Fuimos a su casa, nos sentamos en su mesa en su comedor y tuve la oportunidad de preguntarle sobre la relación entre la India, los Estados Unidos y China. Porque, en el año 71, Henry Kissinger abrió el camino a China y utilizó a Pakistán como escala, pero eso no fue nada agradable para Indira.

Entiendo que después de trabajar con ese senador por Wisconsin, usted se fue de mochilera por diferentes países...

Lo que realmente quería era ganar más dinero (risas). Decidí dejar el gobierno e ir a hacer una maestría en negocios internacionales, pero, antes de empezar mis estudios para mi MBA, decidí viajar alrededor del mundo como mochilera, porque realmente era mi única oportunidad. Fue la experiencia más linda de mi vida. Salir solo con tu mochila y con un presupuesto de siete o diez dólares por día, para comida, transporte y cama. Fue una aventura todos los días.

Entiendo que también trabajó bastante tiempo en Japón…

Sí. Después de recibir mi maestría, decidí mudarme a Nueva York, porque pensaba que era el mejor lugar para encontrar un trabajo internacional. Y llegué un día con mis dos maletas a Penn Station. Eran las ocho de la noche y me dije: “Ok. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿A dónde voy?” Fue difícil. Después de algunos días muy duros en la estación, encontré, a través del periódico, un cuarto en un barrio muy peligroso de Brooklyn. Y luego de, no sé, semanas, encontré un puesto en una revista internacional…

¿Y cómo termina trabajando en Japón?

En la revista internacional, empecé a viajar. Me enviaron a diferentes países y realmente fui la primera persona en hacer negocios para ellos en Japón. Fue una experiencia muy exitosa. Y después de muchos años de viajes a Japón, Asia y ciudades como Londres, Zurich, un cliente me pidió dirigir su oficina en Japón, porque yo conocía a muchos gerentes de portafolios allí. Así que me fui a Japón para dirigir la compañía pequeña.

Y esta cultura tan diferente a la nuestra, ¿qué le aportó?

Que no debes tener miedo nunca, porque fui la única mujer trabajando en el área de inversiones internacionales con inversionistas institucionales muy grandes, como el Banco de Tokyo, el Banco de Mitsubishi, una compañía llamada Nomura Securities, el banco de inversión más grande de Japón, y veinte instituciones iguales. Los top de Japón, y yo era la única mujer trabajando allá.

Cuando dice “yo era la única mujer”, le siento un toque de orgullo feminista. ¿Lo es?

Ah, sí. Porque crecí en la época del feminismo, con Gloria Steinem, Hellen Gurley Brown y otras lideresas, y eso era muy importante para mí. Y también mi madre era feminista. Nunca tuvo la oportunidad de estudiar, pero ella siempre trabajó y ayudó en el presupuesto de la familia.

¿Y ese espíritu feminista cómo se ha adaptado en la relación con el presidente?

Él es un buen hombre y siempre ha trabajado con muchas mujeres, desde sus primeros días en el Banco Mundial hasta ahora. Y realmente no es muy machista, no. Tal vez, en detalles pequeños. Por ejemplo, probablemente él nunca va a aspirar el dormitorio. ¡Nunca! (risas) No, no es verdad, en Nueva York sí lo hizo.

En una pareja, siempre hay uno que tiene el carácter más fuerte. ¿Cómo es entre ustedes?

Pregunta interesante. Somos iguales, ah. Tenemos nuestras discusiones como cualquier pareja. Por ejemplo, tenemos problemas, porque pienso que él debe relajarse un poquito más. Él llega a casa estresado, con problemas en el gobierno y yo pienso que él debería ver más películas. Él podría ver Netflix. Por ejemplo, debería ver la serie House of cards (serie sobre intriga política). ¡Sería muy interesante!

¿Debería aprender de (Frank) Underwood?

Sí, algo así, pero él no tiene tiempo, porque él está en su escritorio leyendo, escribiendo, conversando con sus asesores o amigos o gente de su partido, y no toma tiempo para estar con nosotros y relajarnos juntos. Y si quiere relajarse, sólo quiere dormir.

¿En qué sí son totalmente compatibles?

Realmente en que no buscamos una vida social muy activa. No queremos ir a fiestas, ni bodas. No queremos estar en un jardín tomando tragos toda la tarde. No somos así.

Entiendo que usted no tenía referencias de nuestro país hasta que conoció a Pedro Pablo, ¿en qué momento se creó el vínculo?

Bueno, en mi primer encuentro con él. Cuando conocí a Pedro Pablo en el avión (en un vuelo de Melbourne a Nueva York)…

¿En esa larga conversa de 24 horas?

Sí. Fue una conversación muy impactante, porque era obvio que él amaba a su país y quería ayudar al Perú. Después de esa primera conversación, yo dije: ¡Este hombre es un peruano! Sí, vive en Nueva York, pero su corazón está en el Perú. Yo conocí a Pedro Pablo el año 85, cuando él tuvo problemas con el gobierno de (Alan) García. Y García dijo cosas sobre Pedro Pablo solamente para sus fines políticos en esa época. Pedro Pablo estaba muy dolido. Y todas las noches él hablaba sobre el Perú y me daba libros y artículos de revistas. Fue realmente una maestría en estudios peruanos.

¿Y ahora qué tan peruana se siente?

Crecí como mujer de campo en los Estados Unidos, en el centro del país, que es una vida muy diferente a la de Nueva York o Washington o los Ángeles. No soy peruana, pero me siento en casa aquí. Por ejemplo, fui a San Cristóbal el otro día con una amiga americana y yo podía describirle a ella cada barrio, cada edificio o donde está la nueva carretera de San Juan de Lurigancho. Me di cuenta ese día que soy casi peruana, realmente conozco esta ciudad.

Acompañar a su esposo en la campaña debe haberle hecho conocer más el país…

Sí, y formé mi propio grupo para la campaña y fue una experiencia maravillosa.

Claro, "Chambeando por el Perú". ¿Cómo está ese proyecto ahora?

Estoy tratando de conversar con la gente que me ayudó y tenemos varios proyectos. Son todavía conversaciones. No tengo presupuesto, no soy empleada pública, pero quiero ayudar de diferentes maneras. Queremos ayudar con el problema de la anemia infantil. Es muy importante. Y también con el tema del agua, porque yo sé lo que es vivir sin agua. Lo he visto en la India y creo que no hay dignidad sin agua. También tengo un plan para empujar el voluntariado. Queremos organizar una base de datos, y tal vez tener una plataforma web, para que todo el mundo, extranjero o peruano, si quiere hacer algo por el Perú, llene un formulario y haga un match, como en un sitio de citas, como E.Harmony.com (risas).

¿Cuál ha sido la ocasión en que ha sentido que su esposo ha sido más injustamente tratado?

Probablemente durante los años ochenta.

¿Y en tiempos más recientes no lo ha sentido?

No, esa es la política. Y así es en todos los países. Mira qué está pasando en los Estados Unidos, en Francia, en Alemania. En Inglaterra con el Brexit. Son tiempos difíciles. La política nunca es fácil.

Renato Pajuelo

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