Arelis Uribe

“Soy parte de ese enorme porcentaje de mujeres chilenas a quienes antes de los 14 años un hombre tocó sin su consentimiento”

Escritora chilena.

Gabriela Wiener

Martes, 7 de Noviembre del 2017

Foto: Amaia Diez

Una noche, en una calle de La Paz, Bolivia, nos encontramos con unos perros bastante agresivos que intentaban montar entre todos a una perra. Huimos, temiendo que también pudieran violarnos a nosotras. Me pareció alucinante estar viviendo esa escena al lado de Arelis Uribe (Santiago de Chile, 1987). Su libro se llama Quiltras (Libros de La Mujer Rota), y es el debut literario de esta escritora, periodista y activista chilena, que acaba de ganar el Premio Nacional de Cultura al mejor libro de cuentos. Pero además Quiltras trata de perras. En “Bestias”, una chica que vuelve sola a casa se encuentra con una quiltra, una perra chusca, también sola. Se acompañan hasta que un pastor alemán aparece y monta a la perra. Trata de lo que pensamos las mujeres al regresar a casa, habla de lo que significa ser mujer, del miedo, pero también de caminar juntas, de olernos y curar las heridas. ¿Quién habla en Quiltras? Es la voz hasta ahora desconocida de las chicas mestizas latinoamericanas, las cholas chilenas quiltras, urbanas y populares, que chatean en los cibers de los barrios de la clase media empobrecida, que estudian en colegios de mierda, se tocan las tetas con sus primas y tienen que soportar a chicos tarados. Desprejuiciadas, bisexuales, prófugas de todo, de la opresión, de la miseria, solo corren lo más rápido posible del perro alemán.

¿Qué te hace una quiltra?

En Chile los perros quiltros son los perros callejeros, sin raza, sin hogar, sin pasado y sin destino conocido. Lo curioso es que "quiltro" es la palabra mapuche para "perro". Tiene la misma connotación que ser indio y cholo. Entonces la palabra mapuche para decir "perro" terminó significando un perro pobre, feo y sucio. Cuando escribí el libro, pensé que hay personas que son quiltras, las personas de origen pobre, de familias trabajadoras, de piel morena, tan mezcladas que no sabemos ni de dónde venimos. Somos lo opuesto a la clase dominante.

Dices que tus primeras lecturas fueron de escritores “cuicos” (pitucos). ¿Cómo oponerse a una literatura que no te representa si te nutriste de eso mismo?

Pienso en Arturo Belano despotricando contra Octavio Paz. Una lee a quienes escribieron primero, aprende de ellos, pero después encuentra lo que quiere decir y se desidentifica de sus maestros. Yo aprendí a escribir leyendo a cuicos, pero cuando entendí la lógica de lo que era contar historias, intuitivamente me puse a contar las historias que me hacían sentido a mí, que no eran cuicas, sino quiltras.

También hablas de clase, algo que nos constituye además del género. ¿Cuánto te interesa como tema literario lo silenciado, lo subalterno?

Me interesa mucho lo invisible, las historias que se pierden porque no quedaron por escrito, todo eso que no pasó a la historia oficial porque es el relato de los perdedores. La historia de las mujeres, de la gente que no tuvo acceso a inscribirse en "la realidad". Me agota leer siempre a ese sujeto hegemónico masculino heterosexual. Por ejemplo, cuando empecé a leer, leía muchos hombres. Después me propuse leer mujeres. Luego, me di cuenta de que solo leía mujeres blancas. Entonces te leí a ti, por ejemplo, y encontré otros tormentos, como el color de la piel, que me identificaron. Me gusta esa multidimensionalidad de las identidades que aparecen en las historias y que se complejizan en la medida que nos alejamos del sujeto hegemónico "universal".

¿Cuál es tu relación con el pasado pinochetista? ¿Desde dónde lo lee tu generación?

Tengo 30 años y puedo hablar por mí. Vengo de una casa en la que no se discutía de política ni se leía el diario. Crecí escuchando a mi mamá decir que Pinochet era el mal, pero igual después en los 90 ella votó a los candidatos presidenciales fachos herederos de Pinochet. Eso me transmitió que la política era algo importante, aunque no se entendía del todo su funcionamiento. Mi generación no padeció la dictadura, pero creció entendiendo esos códigos. Tengo amigos de mi edad con papás que fueron torturados. Es memoria viva. Los treintañeros ilustrados conocemos los apellidos de los ministros de la dictadura. Pero creo que somos la última generación que se va a mover bajo esas coordenadas.

En Chile existe un observatorio contra el acoso callejero en el que trabajaste hace muy poco. ¿Es muy agresivo Santiago?

Sí, Santiago tiene un lado agresivo. Si en una oficina llegara el jefe y le diera un agarrón a una trabajadora, sería un escándalo. Pero cuando eso ocurre en la calle, se minimiza. Hay una cierta complacencia o tolerancia a la violencia cuando ocurre entre desconocidos. Yo soy parte de ese enorme porcentaje de mujeres chilenas a quienes antes de los 14 años un hombre tocó sin su consentimiento en el espacio público.

Un joven poeta chileno, Francisco Ide Wolleter, acaba de ser acusado de violación en las redes. La editorial que iba a publicar su novela, la tuya, canceló el contrato. ¿Cómo ves la manera en que las mujeres están optando por esta forma de denuncia?

La denuncia pública es clave. La violación es violencia política, porque el género es político. Y según las mismas consignas de la izquierda, sin justicia no hay paz y si no hay justicia, hay funa (repudio público). Aunque tengo eso claro, hay cosas que no tengo resueltas. Creo que la funa tiene que ser "responsable" es decir, con la certeza de que se cometió la violación. ¿Pero cómo confirmar eso en un mundo donde se pone en duda la palabra de la víctima y donde el largo de la falda mide el consentimiento?

Cito el título de uno de tus textos: “Toda mujer tiene un recuerdo asqueroso” que aparece en tu libro de ensayos “Que explote todo”

Es complejo. También pienso que tenemos tan metido el machismo, que hay muchísima gente que no entiende la diferencia entre el sexo y la violación. Creen que es lo mismo, que el forcejeo es parte del cortejo. Es natural tocar a una mujer si tienen la oportunidad. Es esa naturalización contra la que hay que pelear. Y ahí pienso que los hombres machistas tienen que ser sujetos políticos del feminismo. Que se sacudan el imperativo de tener que demostrar todo el tiempo que son machos muy machos.

 

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