28 de Abril de 2002 | 0:00 h

Chalena Vásquez Oficio y pasión por la música

El romance que más ha perdurado a lo largo de su vida es obra de una vocación excluyente: la música peruana. Obsesiva, perfeccionista, Chalena Vásquez ha logrado desentrañar la esencia de una variedad de ritmos y tradiciones ancestrales. Y como si esto fuera poco, ahora despliega una intensa labor de difusión y creación artística. El Centro de Danzas y Música Peruana de la Universidad Católica, creado por ella hace exactamente diez años, es el mejor testimonio de esa relación tan fructífera como intensa.

Escribe EDWIN SARMIENTO (*)

...... F ue en Sullana. Chalena Vásquez llegó hace 51 años. Sus padres le pusieron Rosa Elena, pero su hermana menor, que aprendía a escribir, un día escribió Chalena y dijo que eso que estaban viendo era Rosa Elena. Desde entonces ella se llamó Chalena, legalmente incorporado en su libreta electoral. De niña vivió más en el campo, en Híbito, junto con sus padres que se dedicaban al cultivo de algodón, limones y mangos en un fundo heredado de los abuelos. Las aguas del río Chira, que en ciertas épocas del año arrasaban con furia los sembríos, conocen de las andanzas de Chalena y de cómo retozaba por esos parajes, siempre niña, lectora impenitente, soñadora hasta con el aroma que después habría de descubrir con el primer amor: un enigmático periodista, militante de izquierda y trujillano. Ahora mismo lo recuerda y no puede evitar que sus hermosos ojos verdes se sonrojen. Le queda algo de ese inevitable pudor católico internalizado en el colegio Santa Úrsula, de Sullana, donde las monjas le decían no hagas esto, niña, cuidado con pecar, no leas ese libro que es profano. Si hasta le prohibieron que lea a Ciro Alegría porque un día ella se atrevió a decir que era injusta la situación de los indios, como lo había advertido luego de leer El mundo es ancho y ajeno . Felizmente esa etapa de su vida fue compensada con la libertad que le daba el campo y la que recibió de su familia en el pequeño caserío donde pasó días inolvidables, escuchando valses y tangos que era lo que papá Héctor, el "negro Vásquez", solía escuchar todos los días en el almuerzo, mientras que doña Fornariña, su madre que aún vive, leía y releía "Los miserables" de Víctor Hugo.
Ella es una mujer de izquierda y lo fue desde joven. Cristiana de izquierda, para ser más exactos. Sin haber salido aún de la adolescencia ya escuchaba con atención lecciones de marxismo que un profesor "progre" le daba fuera del colegio. Claro que eran años especiales. En el Perú Luis de la Puente Uceda y sus guerrilleros se habían levantado en armas, el poeta Javier Heraud había caído románticamente en la selva de Madre de Dios, mientras que Chalena, con sus escasos 15 años, escuchaba de madrugada los discursos de Fidel y leía a escondidas a Dostoievski, a Víctor Hugo y al cholo Vallejo.
Chalena se ha puesto ahora pensativa. Veo que sus ojos se han iluminado con los recuerdos y apenas sonríe con melancolía, al mirarse a sí misma sin ataduras, porque sabrás pues que la vida en el campo te da otra dimensión, te forma en comunión con la naturaleza que es transparente, auténtica, sin artilugios ni medias verdades . Qué vida la de esos años cuando sus padres pensaban que ella sería economista porque ingresó a la Universidad de Trujillo. Ni imaginaban que terminaría siendo una prestigiosa musicóloga con dos posgrados en el extranjero; una investigadora de música vernacular y, vaya destino, una enamorada de la música andina, además de la música criolla y afroperuana.

Estudió en el Conservatorio "Carlos Valderrama" de Trujillo y después en el Conservatorio Nacional de Música en Lima. Le interesaba la formación musical y la sociología del arte. Conoció a virtuosos como el maestro Iturriaga y a Edgar Valcárcel, quienes fueron sus maestros. También estudió canto y entró al Coro Nacional.
Amiga de Víctor Jara, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Chalena integró, también por los años setenta, un grupo musical junto Carlos Urrutia, actual consejero del presidente Toledo, llamado "El taller de la cigarra". Allí Urrutia se entregaba con frenesí a la guitarra, mientras que Chalena vibraba al cantar. Siempre contestataria, Chalena se rebeló desde el Conservatorio y se resistió, por ejemplo, a ser formada sólo como una musicóloga europeísta. Por eso incorporó ejercicios de armonización sobre los valses de Felipe Pinglo. Recuerda que antes, cuando terminaban el Conservatorio, los flamantes músicos podían componer al estilo Bach, con todas las normas de lo que fue lo barroco, lo clásico, lo romántico, etcétera. Ella se planteaba entonces la pregunta, con justicia bien plantada, ¿cómo es que no podían componer entonces un vals, una marinera, un tondero? Claro que ni hasta ahora los muchachos que terminan en el Conservatorio saben, por ejemplo, qué forma tiene la muliza, desconocen qué tipos de armonías usó Lorenzo Humberto Sotomayor. ¿Y cómo fue que Chalena terminó abrazando la música andina? Ella lo dice con alegría: Arguedas fue el culpable. Cuando tenía 16 años cayó en sus manos Agua , ese hermoso y tierno cuento de José María. Después, ya adulta, devoraría todos sus libros hasta decidir que le seguiría los pasos por esa incomprendida travesía de rescate cultural. Hubo también otros detalles más: viajó mucho por los pequeños pueblos de la sierra, se casó con un intelectual de Paucartambo, militante del Partido Comunista Revolucionario que se pasaba la vida organizando talleres de capacitación para campesinos, con quien tuvo a sus hijos César Camilo (19) y Carlos Ernesto (13). Antes de ese compromiso con los Andes Chalena había investigado la costa peruana, fruto de ese trabajo fue su libro "La práctica musical de la población negra en el Perú", que fue la primera investigación que hizo en Chincha, cuando Amador Ballumbrosio aún no tocaba el violín. El libro ganó el codiciado premio Casa de las Américas de Cuba allá por los setentas.
Chalena explica que para estudiar la música andina, primero se debe estudiar las danzas, la mitología, la cosmovisión y las técnicas de producción agrarias. Todo está tan imbricado de tal manera que a nuestra musicóloga le parece maravilloso. ¿Sabía usted que los "Kollas" danzan como si estuvieran reproduciendo el trotar de las llamas o que el "ucuco", que es un personaje en la danza, tiene los movimientos de las alpacas negras? Ella está segura de que lo tradicional en la música y en las danzas andinas se impondrá y sobrevivirá a las veleidades de algunos compositores jóvenes que con el pretexto de "modernizar" la canción la distorsionan groseramente. Aunque, valgan verdades, sí está consciente del riesgo: "lo nuevo vende pues. Cuando el sentido comercial se impone al sentido social y estético propio, y el compositor piensa más en el mercado que en las necesidades sociales, se termina vendiendo cualquier cosa", advierte. ¿Qué música prefiere? Gusta más de la música ayacuchana y la puneña. Admira a Raúl García Zárate, a Ranulfo Fuentes, a Carlos Falconí, todos ayacuchanos, pero en honor a su origen costeño no puede dejar de mencionar a Luis Abelardo Núñez, Manuel Acosta Ojeda, Felipe Pinglo Alva y basta con los criollos. Luego de la separación matrimonial, Chalena tocó puertas para buscar un trabajo estable que le permitiera retornar a Lima. Ya bastante había recorrido las comunidades andinas realizando trabajos de investigación y recogiendo testimonios musicales. Fue en estas circunstancias que fue convocada por los alumnos del Grupo de folclor y el Núcleo de arte colectivo de la Pontificia Universidad Católica. Con la fusión de ambos y bajo la conducción de Chalena nació entonces, hace diez años, el Centro de Música y Danzas Peruanas de dicha universidad, con el auspicio de la Dirección de Servicios Universitarios. Desde entonces el CEMDUC, como se le conoce por sus siglas, ha desarrollado una intensa y meritoria labor en la investigación y difusión de las expresiones artísticas del país. Allí están sus presentaciones frecuentes en teatros abiertos y cerrados, sus talleres de creatividad artesanal, sus libros y su labor de difusión en albergues infantiles o en centros de reclusión. "Nosotros ódice Chalenaó consideramos de primerísima urgencia proponer que los alumnos comiencen a reconocer, aprender y disfrutar los lenguajes musicales propios. Esto fomenta en ellos un sentimiento de pertenencia a nuestra historia y cultura". Chalena vive ahora entregada al rescate cultural y la creación musical. Por lo pronto ya tiene editado un disco compacto ó Canción clandestinaó que resume en puñado de composiciones esa particular sensibilidad de mujer comprometida entrañablemente con sus raíces.

(*) edwinsar@ec-red.com.pe

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