25 de Septiembre de 2005 | 2:00 h

Instantes eternos: Retrato al Chino Domínguez

A sus 72 años, Carlos Domínguez deja atrás al cáncer que lo llevó al borde de la muerte. Ahora fuma mucho y bebe bastanbte café. Es el más prestigioso reportero gráfico del Perú. Nuevo libro del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal incluye fotos suyas, inéditas.

1) Delante de afiches que promociona uno de sus últimos trabajos: un reportaje gráfico sobre Haya de la Torre. 2) Este año se reunió con otro fotógrafo famoso, el peruano Mario Testino, en El Cordano. Reportero de calle, cubrió guerras y conflictos.

CLICK MAESTRO • A sus 72 años, Carlos Domínguez deja atrás al cáncer que lo llevó al borde de la muerte.
• Nuevo libro de Ernesto Cardenal incluye fotos suyas, inéditas.

Por Carlos Páucar.
Foto: Christian Salazar.

Fuma cigarrillos. Toma café. Cuenta sus próximas aventuras. Pensar que el doctor le había dado seis meses de vida. Apenas seis. Un tumor cancerígeno había devastado al Chino, con la familia dolida, los amigos resignados y el médico insistiendo en su terrible vaticinio (me sacó medio riñón, recuerda). 18 meses han pasado y el hombre está más que vital, entusiasta, decidido. No lo detiene la diálisis que debe enfrentar tres veces por semana, ni la nostalgia de las aventuras –cámara en mano– por el mundo, ni aquella pasión guardada en la memoria de hacer un click repentino al personaje de la calle, del microbús, del restaurante decorado sin mayores pretensiones.

Fuma el Chino. Los 72 años le marcan el rostro. Su voz sigue siendo cálida, amable, y –como antaño– llena de mil anécdotas. Luego del mal que enfrentó, esperaba ver a un hombre caído, pero Carlos Domínguez no conoce la palabra abatimiento. Alista un libro con secuencias suyas sobre Juan Velasco Alvarado, otra colección con sus miradas a través del lente de la gran manifestación del Señor de los Milagros. Ha formado junto a sus amigos escritores y poetas Rojoblanco Group (una especie de veeduría cultural que inicia sus actividades en octubre). Y revisa incansable, día a día, su archivo de un millón de negativos clasificándolos, ordenándolos, soñando con aportar a la historia del país, como si retratando a los peruanos pudiera, sumando imágenes, construir el rostro de nuestra nación.

–Ah, me olvidaba –agrega–, también he hecho fotos para el libro El Secreto de Machu Picchu, de Ernesto Cardenal, que se presenta el próximo miércoles.

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Carlos Domínguez se acerca a los 60 años como fotógrafo. La enfermedad ha minado su cuerpo, ya no hace calle ni enfrenta peligros. Ahora prefiere los retratos y recopila su obra, y está como un quinceañero, entusiasmado con la fotografía digital. El hombre que domina las luces y la sombras, que ha hecho permanente lo instantáneo, se inició en la fotografía durante la adolescencia, guiado por un fotógrafo japonés, Antonio Noguchi, especialista en retoques. Con él aprendió las primeras técnicas en conseguir imágenes.

A través de sus ojos rasgados es posible observar a décadas del periodismo peruano. Empezó en la revista El Gráfico, en Argentina. En Chile trabajó en la editorial Ercilla. Cuando se instaló en el Perú dejó huella en La Tribuna, El Comercio, Caretas, Oiga, La Prensa, La República. Ha trabajado con los periodistas más reconocidos del medio. Ha sido corresponsal de Prensa Latina. Ha cubierto las guerras de Nicaragua y El Salvador. El golpe de Estado en Portugal. El shock de la Perestroika.

De él, ha dicho Pablo Macera que ha construido “una imagen crítica, dura, burlona, austera, hecha con amor a la gente pequeña y humilde y sin reverencia para el grande”. Según Gustavo Valcárcel “ha detenido el tiempo con su arte, con su técnica y con una perspicacia inigualable”. Javier Mariátegui ha destacado su capacidad de capturar locos sueltos, “sin ropa o con andrajos, desafiando las convenciones sociales, el ornato de la ciudad y los rigores del clima”. Alfredo Bryce asegura que el Chino pone “en relieve todo aquello que el turista, con su despreocupada cámara de paso fugaz, se niega a ver, o no logra ver, en su afán de llevarse tan sólo una pintoresca y colorida imagen de un continente desgarrado”.

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“Yo le aseguro a la gente que viene a verme que el Perú no es un país de postales, es de murales. Acá tenemos una diversidad, un mundo, un folklore. Y lo sé porque he tomado fotos a diferentes personajes, desde aquellos que al escuchar mi click actuaban, se transformaban, como Haya o Prado, y al personaje de la vida cotidiana. Pienso que el fotógrafo es como un sicoanalista que observa a la persona y espera el momento oportuno del gesto para disparar. Es el detalle. Es la propia lectura”.

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Le digo al Chino que lo suyo es la dialéctica misma. Entre el blanco y el negro de sus fotos. El personaje mísero y el opulento. La foto para el diario y la del logro artístico. El instante quieto de una toma y su visión de un país en movimiento... El Chino escucha en silencio. Nacido en Jesús María. Hombre de calle. Con vida intensa. Acostumbrado a que se interprete su obra, recibe con sencillez las palabras... Fuma. Bebe café. Él sigue aferrado a la foto, a vivir entre lo instantáneo y la eternidad.


La soledad, la protesta y el ser social

–Ha retratado a presidentes, oligarcas, y también a los desposeídos de Lima.

–Sí, antes, desde décadas atrás he retratado a la élite, pero también al pueblo. Siempre estaba presente, me atraía, me preocupaba, el problema social.

–De allí el lado humano de sus fotos, no hay abstracciones.

- Cierto. Creo que dejo a las nuevas generaciones un documento de protesta. De protesta porque ir por Lima, con todo el drama social que hay, produce una rebeldía, el deseo de dejar una imagen para que otros lo conozcan.

- Los personajes son importantes, pero también está su ojo, su visión.

- Había que perennizar a estos personajes, la vida cotidiana de los peruanos, cada ser, un albañil, un pescador, son valiosos si los sabes captar.

- Siempre se le ve con escritores y poetas. Su personalidad los convoca.

- Sí, y es gratificante.

- Rodeado ¿no?. Pero también está la soledad.

- Sí, los periodistas tenemos también nuestras soledades. Recuerdo que en Nicaragua vi morir gente a unos metros. De manera discreta hacía fotos, ya que habían matado a muchos reporteros. Luego, me iba solo al hotel, me emborrachaba y me dormía. Así me quitaba tensiones. Fue muy difícil eso.

- La soledad, Chino. ¿Y el miedo?

- Cuando estás allí, no tienes miedo. Crees que no te van a llegar las balas. Pero a otros les llegaron.

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