Un momento gatopardiano

“Significa “cambiar todo para que todo siga igual”. Lo que nos dice que el problema político en el país somos todos”.

Alberto Adrianzén
23 Ene 2020 | 3:14 h

Es muy difícil que los resultados aparecidos en varias encuestas que miden las preferencias electorales se repitan este domingo 26 en el que tendremos que elegir un nuevo Congreso. Según un simulacro nacional de IPSOS del domingo pasado (que no es lo mismo que una encuesta), un 43.1% votaría en blanco o viciado. Es probable que esta semana estos porcentajes varíen significativamente. Incluso, no me extrañaría que una mayoría importante se decida un día antes o el mismo día de la votación.

Es cierto que se puede argumentar que estas elecciones son atípicas, no solo porque se han realizado en muy poco tiempo sino también porque por primera vez no coinciden con las presidenciales. A ello se suma, también por primera vez, que no haya publicidad electoral en medios privados (radio y televisión) y que por ello la frialdad y el desánimo sean las características más visibles de esta campaña electoral. A ello se suma un papel cuestionable del JNE y de la ONPE que han convertido estas elecciones en una suerte de laberinto político donde reina la confusión. Las reglas electorales, gracias a decisiones extrañas del JNE, las hemos conocido poco a poco, mientras que la ONPE ha censurado spots de partidos destinados a la franja electoral, lo que indicaría que ambas instituciones habrían jugado más al cálculo político que a la neutralidad en estas elecciones.

Por ello es prácticamente imposible decir lo que pasará el domingo 26. El porcentaje de indecisos es muy grande lo que impide calcular seriamente posibles resultados. Incluso la palabra “indeciso” tiene varios significados. Desde si votará por uno u otro partido o si votará o no este domingo. No está de más decir que esta indecisión tiene como una de sus causas la campaña contra el Congreso de los medios, del gobierno y de los partidos que se expresó en la demanda de su disolución. Por eso los que en estos días han anunciado posibles resultados en estas elecciones, en verdad, están adivinando, venden “humo”. Materialmente es imposible decir qué va a pasar, salvo que tengamos una “bola de cristal”.

Por ello el otro signo de estas elecciones, además de su frialdad y apatía, es la gran incertidumbre que genera no saber, finalmente, qué pasará. Es cierto que se puede decir que una elección al Congreso que se ha hecho en un tiempo muy corto; con reglas confusas, antiguas y nuevas al mismo tiempo, que cambian la forma de las campañas, aumenta la confusión y la incertidumbre de las y los electores. Sin embargo, llaman la atención tres hechos: el primero, que la derrota política del fujimorismo haya traído más desorden que orden en la política. El segundo, que hasta ahora quien está “ganando” con estas atípicas elecciones es un gobierno que no presenta candidatos en estos comicios. Incluso se ha dado el lujo de amenazar al futuro Congreso cuando el Primer Ministro no ha descartado la posibilidad de hacer “cuestión de confianza” si revisan o no aprueban los Decretos de Urgencia que ha dado el gobierno desde el 30 de septiembre del año pasado. Y tercero, uno tiene la impresión de que en estas elecciones, más allá de reconocer que la derrota política del fujimorismo es un hecho importante, estamos repitiendo el pasado. Un buen ejemplo es que tendremos una vez más un congreso de minorías y fragmentado. Es decir, estamos viviendo un momento “gatopardiano” que significa “cambiar todo para que todo siga igual”. Lo que nos dice que el problema político en el país somos todos, incluido el fujimorismo.