Temprano maquillaje político, por Mirko Lauer

"Hubo un tiempo en que las figuras de la TV buscaban entrar a la política. Hoy son los gobernantes quienes quieren un lugar en la pantalla, para ir influyendo en la población de manera cotidiana".

La gente de Gustavo Petro anuncia que este tendrá su propio programa para comunicarse con la población. Esta es una de las respuestas a la escalada opositora contra sus primeras reformas. Las apariciones presidenciales serán diarias, nos dicen, en sintonía con un deseo de movilizar a la calle, como en los buenos tiempos de la campaña electoral.

Presidentes en TV hay varios en América Latina. Quien lanzó el género fue Hugo Chávez en Aló presidente, que le funcionó como parodia de los rollos de su mentor Fidel Castro. Hoy Manuel López Obrador calienta las mañanas con unos minutos al aire. A su manera todo es la venta a presión de un viejo producto que se llama el presidente.

Quien inauguró la práctica fue Franklin D. Roosevelt por radio entre 1933 y 1944, con “charlas junto a la chimenea” que cubrieron desde la salida de la Depresión hasta la Segunda Guerra Mundial. Aquí Fernando Belaunde hizo una versión de eso, con conferencias de prensa en Palacio los domingos por la noche, por varios años.

Petro no ha necesitado programa propio de TV para volver a agraviar al Perú, esta vez con comentarios destemplados sobre nuestra PNP. Quizás era Dina Boluarte, y no Ana Cecilia Gervasi, la llamada a responderle al colombiano. Pero al menos la respuesta de Torre Tagle es más de lo que había cuando comenzaron los ataques.

Hoy esas críticas de Petro al Perú se entienden mejor: está imitando a Evo Morales, quien en su momento nos usó para disimular que su plan para llegar al mar vía Chile estaba fracasando. Ahora vemos otro caso de napoleonismo de bolsillo, la búsqueda de algo parecido a un enemigo externo para tranquilizar la política interna.

Hubo un tiempo en que las figuras de la TV buscaban entrar a la política. Hoy son los gobernantes quienes quieren un lugar en la pantalla, para ir influyendo en la población de manera cotidiana. Ya nadie confía en la elocuencia de los actos. Desmintiendo al dictador Odría, las palabras han reemplazado a los hechos.

Héctor Abad ha escrito que no puede explicar por qué el presidente Gustavo Petro no le gusta. Paciencia. Como se ve la cosa, es probable que los motivos lleguen, pronto, y a chorros.