David Rivera

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Zoom, por David Rivera
Lima, 1972. Economista de la U. del Pacífico, he dedicado mi carrera profesional al periodismo y a la comunicación política. He sido editor adjunto de la revista Semana Económica, editor de Economía de El Comercio y director de la revista PODER. También conductor de televisión en canal N y canal 7. Hoy soy columnista en La República y Sudaca.pe

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El odio a lo caviar

“El maniqueísmo de actores corruptos ya no es suficiente para explicar todo el espectro del rechazo a lo “‘caviar’”.

¿Cómo comprender que el rechazo a lo “caviar” haya trascendido a la derecha más dura, para ocupar un lugar en la centroderecha y haberse extendido hasta la izquierda radical? ¿Cómo dejó de ser una caricaturización de aquellos que teniendo una vida acomodada reclamaban por igualdad de oportunidades, por el respeto a los derechos humanos, etc., para pasar a abarcar personas ubicadas ideológicamente desde la centroizquierda hasta la centroderecha?

Está claro que hay hoy un maniqueísmo de actores corruptos que instrumentalizan lo “anticaviar” para justificar el copamiento del Estado y minimizar la relevancia de lo técnico. Pero también es claro que esa sola razón no alcanza ya para explicar todo el espectro del rechazo a lo “caviar”. La democratización de la opinión en las redes sociales revela que se trata de un fenómeno que andaba contenido y embalsándose por algún tiempo.

Además, si bien no se trata de un problema central en la vida cotidiana de la mayoría de peruanos, sí es posible constatar que es un sentimiento consolidado en sectores que han estado pugnando por un mayor espacio de poder en el ámbito nacional frente a lo que califican como un “copamiento” de una “élite” del aparato del Estado. Y que la pelea es también por la primacía en el debate de las ideas y en las decisiones públicas frente a sectores que consideran privilegiados.

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Conversando sobre este tema con otras personas, he recordado que, por ejemplo, desde inicios de los 90 y en adelante he constatado el rechazo de docentes y alumnos de San Marcos frente a lo que ellos percibían y calificaban como una actitud de superioridad intelectual de parte de los de la PUCP.

Si eso pasaba ya entonces en la mejor universidad pública del país, ubicada a solo diez cuadras de la mejor casa de estudios privada, ¿qué proceso podría haber seguido en el resto de universidades y en las regiones?

No pretendo definir acá la existencia o no de esa “superioridad”. Porque incluso, en paralelo, podría haber también una autopercepción de “inferioridad”.

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Si la educación se convirtió en una promesa de ascenso económico y social, pero: (i) en las últimas cuatro décadas la calidad de la universidad pública se fue deteriorando dramáticamente y (ii) la mayor parte de universidades privadas eran máquinas de estafa o de hacer negocio, ¿no era inevitable que la distancia entre la “élite económica” y la “intelectual” y los “demás” se incrementase y las percepciones se retroalimentasen?

Porque también es cierto que un ánimo similar se instaló frente a aquellas universidades privadas donde estudiaban los sectores más acomodados y que luego obtenían los mejores puestos laborales.

Así se explicaría que hoy exista no solo el rechazo de una parte del país frente a los sectores pudientes económicamente, sino también –de otra parte– frente a la élite intelectual considerada también privilegiada. ¿Podríamos afirmar que, así como a la élite económica se la señala por interpretar al país desde su pequeña burbuja y por no ser consciente de la relevancia de sus privilegios en el éxito alcanzado, lo “caviar” perdió de vista que le estaba sucediendo algo parecido?

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Es cierto que desde lo “caviar” se ha peleado por la inclusión social, por la igualdad de derechos, por el respeto y reconocimiento de la diversidad, etc. Pero a estas alturas ello es insuficiente. Así como se ha exigido una mayor participación de las mujeres en la vida pública del país, un proceso similar tendría que darse para incorporar distintas miradas y voces en todo aquel ámbito que implique la discusión o decisiones de carácter público.

Si las políticas y sus gestores no hacen un esfuerzo por valorar la meritocracia de verdad, no por argollas o por de qué universidad eres; y si no se incorporan otras miradas (legítimas) para abordar los principales problemas del país, no solo cualquier reforma será –más– imperfecta, sino también más vulnerable.

Y los sectores que hoy encarnan lo anticaviar, y que han logrado una representación mayoritaria en el Congreso y en el Ejecutivo, no solo buscarán consolidar el poder ganado, sino también romper con todo aquello que se interponga en su camino.