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Apellidos

“Presenté el primero el 2017, hace cuatro años ya, y recién en marzo del 2019, siendo Tania Pariona presidenta de la Comisión de la Mujer...”.

El nombre de familia ha mantenido una carga simbólica patriarcal muy grande, aunque se quiera decir lo contrario. Ampararse en “usos y costumbres” para imponer el apellido paterno por delante en un núcleo familiar es normalizar la desigualdad de poder entre hombres y mujeres en nuestra sociedad.

Esta semana, finalmente, el Tribunal Constitucional ha puesto en evidencia que esta imposición resulta una discriminación por razón de sexo en la elección de apellidos y que el artículo del Código Civil que norma el proceso de inscripción de hijos (art. 20) resulta inaplicable. El orden lo deben definir de común acuerdo ambos progenitores, no solo uno de ellos.

Algo que debiera ser de sentido común, que el nombre de las y los hijos sea un acuerdo entre la madre y el padre, requirió de una sentencia del TC. Esto pone en evidencia lo enraizado del machismo en nuestra sociedad. La idea del paterfamilias, del hombre que domina la vida de quienes conforman el hogar, está muy arraigada y es tal vez el centro del ejercicio de poder masculino en la vida cotidiana.

La dominación masculina se ejerce de múltiples maneras, con múltiples violencias. Algunas son sutiles, cotidianas y simbólicas. Esas son las más difíciles de combatir. La decisión del TC abre la ventana para que las familias se oxigenen y se amplíen las posibilidades de decisión democráticas y no impositivas a su interior.

Fui testigo presencial del debate sostenido en el Congreso pasado alrededor de los proyectos de ley para la libre elección de apellidos. Yo presenté el primero el 2017, hace cuatro años ya, y recién en marzo del 2019, siendo Tania Pariona presidenta de la Comisión de la Mujer, se aprobó un dictamen que recogía tres iniciativas legislativas que tenían el mismo objetivo. Pero los proyectos quedaron atorados en la Comisión de Justicia, donde aún no se resuelve una vieja reconsideración. Ojalá este Congreso acoja la exhortación del TC y apruebe una regulación justa, igualitaria.

Desde que presenté el proyecto recibí todo tipo de mensajes. Algunos incluyeron amenazas. Pero los que tengo grabados en la memoria y en el corazón son los de cientos de mujeres y también de hombres que respaldaban la iniciativa y sentían que sus propias historias familiares merecían reconocimiento.

Mujeres madres solteras, que para exigir el cumplimiento de responsabilidades de los padres debían aceptar que sus apellidos fueran adelante pese a que no tenían interés real por la vida de esas criaturas. Hombres que querían llevar el apellido de sus madres, ya que fueron la figura más importante en su hogar. Familias que compartían vidas conjuntas, pero que no podían mantener el mismo apellido por una prohibición legal absurda, pues el apellido común era el de la madre. En todos estos testimonios había una frustración por no haber podido optar.

Lo que se pide es decidir con base en un consenso y no con base en una imposición.