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“Ambos miran hacia cualquier lado, menos hacia donde deben mirar. Ni siquiera se han puesto a pensar en que, aun si salimos de esta pandemia, habría que prepararse para la siguiente”.

Ni Keiko Fujimori es la opción democrática ni Pedro Castillo es el Cuco del comunismo. Lo que sí está claro es que ambos son un par de populistas de grueso calibre.

La primera es una populista que encarna a la derecha mercantilista y autoritaria y conservadora. Y el segundo representa el populismo de una izquierda anacrónica e improvisada que le atribuye todos los males del Perú al imperialismo.

Keiko Fujimori es capaz de decir cualquier cosa con tal de tratar de convencer a algunos despistados de que ella no es en realidad lo que dicen que es. Pero ahí está su equipo técnico poniendo las cosas en su sitio. Carmen Lozada de Gamboa. Jorge Baca Campodónico. Martha Moyano. O sea, el fujimorismo siendo fujimorismo. Y eso no va a cambiar. El populismo autoritario está en su ADN. Es parte de su naturaleza.

Pedro Castillo, por su lado, es el estereotipo del izquierdoso improvisado de balcón. Ese que hace responsable de la pobreza no solo a los ricos, sino a cualquier política aperturista. Eso de prohibir las importaciones, por ejemplo, esgrimiendo un nacionalismo rancio y apolillado, es apenas un botón de muestra del ideario trasnochado que comparte con el impresentable de Vladimir Cerrón, su socio corrupto, quien es, nítidamente, el que le marca la agenda.

Castillo no es la opción por una ideología socialista. Es, una vez más, un síntoma. Un síntoma del hartazgo de buena parte de la población que se siente desatendida, excluida, a la que el Estado no llega. Alberto Fujimori significó algo similar en 1990, y eso también fue Humala en el 2006. Pero como ambos terminaron haciéndole quecos a la derecha prebendista, el problema simplemente se postergó. Y fíjense. Ahí está de nuevo. Apareciendo de la nada, con sombrero cajamarquino. Y su Cerrón bajo el brazo.

Gane Keiko o la dupla Castillo-Cerrón, el panorama es desolador. Lo que tendremos luego del 28 de julio, como maldición, será un sistema en el que una clase política –de la derecha rentista o de la izquierda totalitaria– administrará el país como si fuera su patrimonio personal. O su chacra. Y se incendiará la pradera, generando caos y más corrupción.

Entre tanto, la pandemia seguirá haciendo de las suyas, pues ninguno de los dos candidatos le ha dado la importancia que tiene. Sin una política eficaz y veloz de inmunización, el único futuro que se avizora en el país es el del despeñadero.

Ambos miran hacia cualquier lado, menos hacia donde deben mirar. Ni siquiera se han puesto a pensar en que, aun si salimos de esta pandemia, habría que prepararse para la siguiente.

Así las cosas, entre la corruptela naranja y el chotano chicha y golpista, prefiero no ir a votar.