Marisa Glave

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Por la patria hermosa

“Era un verdadero representante, su prioridad siempre fue la gente. Pero no solo estaba en Lima. Manuel era un congresista verdaderamente nacional...”.

Me siento a escribir esta columna con el corazón en la mano. Con una pena honda. Es difícil despedir a un compañero como Manuel Dammert.

Duele mucho su partida.

Se me viene a la mente el día en que juramos como congresistas. Vuelvo a sentir los nervios de estar por primera vez en ese hemiciclo, lleno de fujimoristas. Estaba segura de que sería un día cargado de tensiones. Pero ahí estaba él. Con su sonrisa traviesa. Esa luz especial en los ojos. Esa capacidad para inspirar confianza.

“Sal y sé valiente. Habla para los que están afuera, no para los de la bancada de al frente. Tranquila que acá estoy si pasa algo”. Yo había decidido recordar, en mi juramentación, a las mujeres esterilizadas en contra de su voluntad durante la dictadura de Fujimori. Había ensayado qué decir. Pero estar ahí era diferente a cualquier ensayo. La sensación de vacío y la certeza de la agresión no son fáciles de llevar. Pero Manuel estaba ahí. Siempre estuvo ahí, cada vez que pasó algo grave en ese tiempo extraño que nos tocó compartir.

Se volvió nuestro tronco firme, el lugar seguro en medio de la tempestad.

No siempre estuvimos de acuerdo. Muchas veces tuvimos debates largos, acalorados. Pero siempre cargados de respeto mutuo. Era capaz de escuchar. No fue, como otros, un compañero que mirara desde el hombro a una mujer joven. Varias veces lo convencí. Muchas otras, él me convenció. Seguía atento nuestros temas. Recuerdo bien cuando logramos hacer cambios en una de las leyes que iban a referéndum. Incorporamos la prohibición de pago de publicidad en televisión y radio por parte de las y los candidatos. Él sabía que ese era un proyecto que yo había presentado y que era importante para mí. Lo celebró cuando lo logramos. Tengo una foto del abrazo que me dio. No olvido la sensación.

Defendió con dientes y uñas a las y los trabajadores. Develó cuanto lobby pudo, en particular los que se armaban para rematar nuestros recursos naturales. Estaba no solo en el Congreso, sino que era un incansable asistente a asambleas y reuniones en barrios de Lima para ayudar a garantizar el derecho al agua o a la vivienda. Era un verdadero representante, su prioridad siempre fue la gente. Pero no solo estaba en Lima. Manuel era un congresista verdaderamente nacional. Parecía representante del Cusco o de Piura en su defensa del gas de Camisea o de la pesca artesanal en Paita.

Era un mariateguista verdadero, luchó por el pan y también por la belleza. Amaba el arte. Una entraba en su oficina y lo primero que veía eran los versos de Heraud, coronando la pared del área de reuniones.

Y con esos versos, del poeta joven, me despido, compañero, hasta que nos volvamos a encontrar: El cielo es nuestro, nuestro el pan de cada día, hemos sembrado y cosechado el trigo y la tierra, y el trigo y la tierra son nuestros, y para siempre nos pertenecen el mar, las montañas y los pájaros.