Marisa Glave

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La memoria y los lugares

“El vacío que se genera al recordar lo sucedido no se irá rápido, como los promotores del golpe de Estado esperan”.

Unas latas de pintura blanca, rodillos y mucho cinismo no borrarán el agradecimiento, y a la vez de dolor, que se produce en millones de peruanos y peruanas al oír los nombres: Inti Sotelo y Bryan Pintado.

Miles seguimos con ansiedad las noticias que cubrían las movilizaciones que se mantenían en la madrugada del domingo. Nos mantuvimos despiertos, rogando que lo peor no pasara. Lloramos con rabia cuando se confirmaron las muertes. El vacío que se genera al recordar lo sucedido no se irá rápido, como los promotores del golpe de Estado esperan. Y los atropellos que perpetran contra nuestra memoria lo único que logran es reforzarla.

El cruce de las avenidas Colmena (Piérola) y Abancay tiene una carga simbólica histórica. Su entorno también. Lo saben la policía y las autoridades municipales, que ahora miran para un costado, como hicieron con las cámaras que debieron registrar la muerte de ambos jóvenes y que permitieron la destrucción de un altar construido con los recuerdos llevados por la ciudadanía para procesar su duelo. También miraron de costado cuando, con otra acción violenta, unos inclementes borraban un mural pintado en conmemoración de quienes ya son héroes de este bicentenario, declarados así no por la oficialidad del Estado sino por la juventud consciente que no deja que les roben el futuro.

Toda persona que ha ido a alguna manifestación en las últimas décadas –mi primera memoria de ese cruce es de 1998– sabe que es el lugar donde la policía frena a las manifestaciones para que no lleguen al Congreso de la República. Un acto de prepotencia histórico, pues no hay ninguna explicación democrática para impedir el ejercicio del derecho ciudadano a protestar frente a la sede de un poder del Estado. En la mayoría de países democráticos se puede, incluso frente a la casa de gobierno. Restringir nuestro derecho no consolida a quienes ocupan el poder, por el contrario, los precariza y evidencia su miedo a la ciudadanía.

El entorno urbano de este cruce tiene ya lugares que se transformaron luego de manifestaciones ciudadanas. Uno es la Plaza de la Democracia, construida en el terreno que quedó luego de la demolición del edificio del Banco de la Nación, quemado en medio de la marcha de los Cuatro Suyos, donde también la represión fue cruenta y el uso de infiltrados –los ternas de ese tiempo que provenían de las Fuerzas Armadas– incluyó el empleo de bombas molotov para manchar la protesta. Ya saben, el terruqueo.

Bien haría la Municipalidad de Lima no solo pidiendo perdón y sacando a quienes no cumplieron el deber de vigilancia, sino reconociendo este entorno urbano como un espacio de lucha ciudadana. Como el lugar donde siempre recordaremos a Inti y a Bryan, tanto como el doloroso camino de construcción de nuestra República.