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Un país suicida

“Vizcarra no ha sido la excepción, por cierto. Su medianía y ceguera en la gestión de la pandemia y su vocación por la política de campanario...”.

“El Perú, para no perder la costumbre, parece a punto de cometer un nuevo suicidio político”. La frase es de Mario Vargas Llosa, y la escribió en abril del 2011. Pero como ven, podría aplicarse en cualquier momento de nuestra historia, y siempre mantendrá vigencia, y calzará como un guante. Porque el Perú es eso. Un país encandilado con la autodestrucción, al que le gusta hacerse harakiri todo el tiempo. Y sin dudarlo.

Miren, si no, la situación en que nos encontramos ahora. Al borde de la anarquía, debido a unos audios que deberán ser investigados, pero que en ningún caso justifi can una vacancia presidencial. La cual, todo hay que decirlo, es azuzada por un patético presidente del Congreso que, según documentada información de IDL Reporteros, hace una semana se puso a tocar la puerta de los cuarteles. O, para ser precisos, se puso a timbrar los celulares de los altos mandos militares para calentarles la cabeza y adelantarles que se iba a llevar a cabo un proceso que podría terminar con la presidencia de Vizcarra. El cual, ya saben, sería reemplazado por el propio acciopopulista Manuel Merino, no faltaba más.

¿Por qué somos así? Pues no lo sé con exactitud, la verdad. Pregúntenle a Max Hernández. O a Alberto Vergara. O a Steven Levitsky. O a Ágata Lys. Porque a ver. Lo que tenemos es una maldición. La maldición de elegir lo más malo entre lo peor, siempre. Miren, si no, al tal Manuel Merino, encarnando como nadie la irresponsabilidad en grado sumo.

Idiota yo, creí que luego del anterior Congreso era imposible tener algo más desdeñable e ínfimo de lo que tuvimos. Pero no. Sí era posible. Porque en el Perú todo es posible. Absolutamente todo. Miren, si no: en el momento más terrible para el país, en medio de una pandemia que nos está matando y nos está empobreciendo aceleradamente, nos hemos rodeado de los “políticos” más cutres e insensatos, a quienes les importa un bledo todo, salvo ellos mismos, claro.

El presidente Vizcarra no ha sido la excepción, por cierto. Su medianía y ceguera en la gestión de la pandemia y su vocación por la política de campanario, rodeándose únicamente de incondicionales y hueleguisos, lo pintan como el improvisado que es.

Claramente, es parte del problema. Y los audios, como escribió en este papel Juan Carlos Tafur, “revelan con nitidez obscena que nos gobierna un personaje no solo mediocre, sino, además, taimado”.

Pero volviendo al punto: de ahí a forzar la interrupción de su mandato, no pues. Eso no solo es un exceso: es un zarpazo a la democracia.

Vizcarra debió ser otro Valentín Paniagua. Pero nada. Al fi nal decidió ser ni-fu-ni-fa. Un fugaz aventurero. Un fracaso más.