Ay, mamita, ¡los octógonos!

Por ejemplo, que muchas de las bebidas gaseosas “sin azúcar” llevan, en realidad, altísimas cantidades de… azúcar; que lo que nos venden como alimentos “light”, lo único que tienen de light, casi siempre, es el peso.

maritza
Maritza Espinoza
23 06 2019 | 10:18h

Esta semana, y gracias a la Ley de Alimentación Saludable, se comenzó a obligar a las empresas productoras de alimentos envasados a colocar octógonos de advertencia en sus productos, pero no pasó ni un día de la medida y ya los criticones de siempre se lanzaron a protestar y acusar al gobierno de Martín Vizcarra de autoritario, dictatorial, facho y enemigo declarado de la libertad de empresa.

Entre las barbaridades que dijeron estaba que, con los octógonos, se iba a prohibir a la gente comprar esos productos, cuando de lo único que se trata es que los consumidores, al comprar, estén informados del verdadero contenido de aquello que se van a meter al organismo, con lo que, de paso, se desenmascararían algunas de las grandes mentiras universales del mercado.

Por ejemplo, que muchas de las bebidas gaseosas “sin azúcar” llevan, en realidad, altísimas cantidades de… azúcar; que lo que nos venden como alimentos “light”, lo único que tienen de light, casi siempre, es el peso; que los famosos jugos “naturales” y los “corn flakes” que usted manda en la lonchera de su hijo, jurando que lo está alimentando bien, no son otra cosa que un menjunje azucarado sin mayor valor nutritivo que un chicle.

Claro, para estos defensores del libre mercado, la esencia del liberalismo es consumir a ciegas y sin control todo lo que encuentre en las góndolas del supermercado, porque, desde su indefendible postura (que, en realidad, resulta más facha que la camisa negra de Benito Mussolini) informar al consumidor es atentar contra la libertad que tienen las empresas de engañarlo.

Pero, ¿por qué es tan importante que el peruano esté informado y decida -o no- comprar un producto con plena consciencia de aquello que está adquiriendo? Porque, desde hace unos daños, en este país, la obesidad infantil ya ha empatado, en las estadísticas, a la desnutrición que, hasta hace relativamente poco, era la lacra de la pobreza que mayores víctimas cobraba.

Las explicaciones pueden ser muchas. Hay quienes dicen que, con la apertura del mercado, los pobres de las zonas alejadas dejaron de alimentarse con productos proteicos y propios como la quinua o la carne de cuy, y que vendían esos productos con el fin de poder comprar, en su lugar, fideos, golosinas, bebidas gaseosas y otras mercancías que, además de brindarles la ilusión de status, calman el hambre con mayor facilidad, pero sin nutrirles en absoluto.

Yo agregaría que es imprescindible poner algún freno a un país que come por pulsión y que tiene en la comida todos sus referentes emocionales, afectivos y auto valorativos. ¿Por qué? Porque, desde pequeños, a los peruanos nos ha enseñado a confundir amor con comida. ¿No me cree? ¿Cuántas veces, de niño, su madre lo premió preparándole su plato favorito cuando trajo buenas notas? ¿Cuántas veces usted ha ofrecido a su hijo llevarlo al fast food de su preferencia si se porta bien? ¿Por qué no lo premia con un libro o con llevarlo al teatro?

Esa ecuación de amor = comida se queda en nuestro subconsciente para siempre, y cuando, en algún momento difícil de la vida, necesitamos volver al calor del útero materno, a la calidez de nuestra familia, al abrigo del hogar, comemos, comemos, comemos. Y comemos sin control, porque cada bocado es un beso de la madre nutricia, cada tacu tacu es un abrazo amoroso, cada huevo frito es una sonrisa congelada en el instante del amor celestial.

Pero, piña, la comida no es amor y puede ser tan peligrosa como el tabaco. Y, si en una cajetilla de cigarrillos es aceptable y hasta necesario que nos muestren los terribles efectos que trae al organismo, ¿por qué un simple octógono resulta inadmisible? ¿Cómo no vamos a necesitar que alguien nos saque de la desinformación antes de que reventemos dentro de nuestras ropas o nos reviente el corazón?

El lobby alimenticio que, al igual que el lobby ganadero, no admite controles (ojo, solo la ganadería es responsable de casi la mitad del calentamiento global, pero nadie lo menciona), ha saltado hasta el techo estos días y, con él, algunos periodistas que se precian de liberales, pero que, sospechosamente, justifican el mercantilismo más salvaje en aras de la “libertad del mercado” y defienden con uñas y dientes a las cajitas felices, ese otro truco consumista, dirigido a los niños, cómo no, que también asocia amor con engullir ingentes cantidades de grasa trans en forma de hamburguesa.

Pero, lamentablemente, para salvar a nuestros niños, no bastarán unos octógonos por muy bien puestos que estén. En este país de padres ausentes y familias complicadas, donde la violencia campea en los hogares y la televisión (y, por ende, la publicidad indiscriminada de comida basura) es la niñera de los más pequeños, hará falta, para combatir la obesidad que ya es uno de los problemas más graves, un terapeuta en cada esquina, junto al señor de los periódicos.

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