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Cultural

Arquitectura sostenible y conexión natural en Alma Loft

En la zona turística más emblemática del país, el arquitecto francés Tom Gimbert consolida una propuesta hotelera innovadora y ecoamigable.

La Republica
Una vía carrozable conduce a este hotel de diseño zen y arquitectura vegetariana ubicado al final de la playa Pocitas. Foto: difusión
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Un espacio para admirar el verano eterno, una singular apuesta por la arquitectura sostenible y el tributo a una infancia feliz. Alma Loft, ubicado en la zona turística más emblemática del país, puede definirse en ese orden. Es una propuesta ideada por el arquitecto francés Tom Gimbert, quien desde hace una década vive en Máncora, el balneario que visitó por recomendación de un amigo y lo dejó fascinado. Máncora lo remontaba a su niñez, cuando su padre lo llevaba de la mano a mirar las olas. Le infundió respeto por ese paisaje azul. Lo hizo una persona desapegada de lo material, más ligada a la naturaleza, más ecorresponsable. Ese sentimiento ha querido masificar en Alma Loft.

Una vía carrozable conduce a este hotel de diseño zen y arquitectura vegetariana ubicado al final de la playa Pocitas. Esa ubicación le confiere una playa extensa y casi desierta, unas postales majestuosas y el sosiego absoluto. Tiene once habitaciones contempladas con técnicas de carpintería francesa y la tendencia que Tom Gimbert promueve; una piscina infinita de agua temperada y una terraza elegante en la que funciona el restaurante Bistró Alma, en la que sirven recetas franco-nikkei con productos del mar. Por allí duermen o juguetean Tofu, Duchesse y Estela, las mascotas de casa (el hotel es pet friendly).

Alma Loft reivindica la bistronomía, una fusión de la alta cocina y el bistró: puede ser una tasca al filo de las olas donde se sirven desayunos balanceados, comida elaborada con productos kilómetro cero y del huerto propio, quesos, vinos orgánicos y cervezas artesanales. “Cada mañana, un pescador que trabaja con nosotros sale al mar y traer insumos con los que se elabora el menú del día —comenta Gimbert—. Es una experiencia bistronómica bastante emotiva, sobre todo si se enlaza con lo romántico y familiar”.

Como no podía ser de otra forma, este lugar dedicado al bienestar ofrece planes de yoga tradicional y acuático, masajes, paddle, kitesurf y otros deportes. Igualmente, las fogatas y cenas románticas forman parte del menú del hotel, que en unos meses empezará a construir un club de playa. “Tendrá su propio barcito y la gente podrá venir disfrutar de conciertos, eventos o cine. La idea es tener un espacio donde se pueda pedir comida, tragos, masajes, sin necesidad de alojarse: un chill club”, adelanta Gimbert, en cuya tesis para graduarse, redactada entre Máncora y Francia, abordó los desafíos de la arquitectura espontánea.

El arquitecto que va descalzo, con la camisa desabotonada y el cabello al viento sabe que el turismo, como toda actividad humana, ha propiciado la generación de significativos impactos ambientales, aunque algunas voces lo definan como la ‘industria blanca’. Por ello, Alma Loft ha desarrollado un plan de sostenibilidad ‘low carbon’ a través de la calefacción de agua mediante la radiación solar, el uso de barro y excremento de burro en el proceso constructivo, la apuesta por la utilización del viento como energía renovable y la reutilización de aguas grises (se emplean para regar el jardín y el huerto) en una zona amenazada por la ola inmobiliaria y la contaminación. “Alma brinda una inmersión pacífica. Entonces, la conservación y el respeto al medioambiente es una actitud de todo el equipo, no una moda”, señala Tom Gimbert.

Es un arquitecto peculiar: desde 2018, junto con un equipo de amigos, se dedicó a construir cerca de once viviendas para niños con discapacidad en el balneario; la última fue entregada hace tres años. Construyó un hotel de lujo tras reciclar caña, basura y excremento de burro (el Eco Lodge de Máncora) y unas suites de excepción en la isla de Amantaní, a orillas del Titicaca (el Amantica Lodge). Junto con la Asociación Arquitectura para la infancia, a la que pertenece, recauda fondos para remodelar un orfanato en la India. Desde Francia, donde se encuentra ahora, coordina la implementación de resort ecológico en la isla de Koh Tao y la realización de proyectos en beneficio de mujeres y refugiados: unos refugios que sean, a la vez, la extensión de su sello y filosofía: la arquitectura solidaria y sostenible.

Cuando vuelva a Máncora, Tom Gimbert también espera habilitar habitaciones para voluntarios que apuesten por el coworking. “La idea es anunciarlo en la web para que vengan una semana y crear una comunidad —adelanta—. De esa manera comparto mi trabajo, crecemos juntos y contribuimos con proyectos a la comunidad”. Su casa se levanta al costado del hotel. Allí lee arrullado por la brisa. O, cada tarde, tiene el privilegio de bajar al mar con su hijo y su esposa para enjugarse con las olas.