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Su pueblo tenía 300 habitantes y se quedaron solos: Martín y Sinforosa vivieron más de 30 años en las montañas de España

La pareja española mantuvo su hogar hasta principios de 2023, cuando una fractura de cadera de Sinforosa la llevó a un centro geriátrico.

Martín Colomer y Sinforosa Sancho fueron los últimos habitantes de La Estrella, una pedanía de Mosqueruela, que llegó a tener 300 residentes en los años 40. Su vida en este enclave despoblado concluyó a principios de 2023.
Martín Colomer y Sinforosa Sancho fueron los últimos habitantes de La Estrella, una pedanía de Mosqueruela, que llegó a tener 300 residentes en los años 40. Su vida en este enclave despoblado concluyó a principios de 2023. | Foto: Diario Uno

Martín Colomer y Sinforosa Sancho destacaron durante décadas como los últimos habitantes de La Estrella, pedanía perteneciente a Mosqueruela, España. Esta población del valle turolense, que rozó los 300 vecinos en los años cuarenta del siglo XX según un reportaje de Heraldo de Aragón publicado en 2017, quedó progresivamente despoblada. La pareja mantuvo su hogar activo frente al abandono generalizado de las viviendas circundantes.

El estilo de vida de los residentes concluyó a principios de 2023 debido a un deterioro en el estado de Sinforosa. Tal como informó El País, la mujer mayor padeció una fractura de cadera que motivó su ingreso en un centro geriátrico. Tras ese imprevisto, su cónyuge aceptó mudarse con su descendiente a Villafranca del Cid (Castellón), si bien retornó de forma periódica al pueblo para cuidar a la fauna doméstica y dar mantenimiento al templo local.

A pesar de mudarse a Villafranca del Cid, Martín mantuvo vínculos con La Estrella, visitando el pueblo frecuentemente y cuidando la fauna local. Foto: Diario Uno

¿Por qué Martín y Sinforosa eligieron ser los últimos habitantes de La Estrella?

La despoblación de este enclave español que alojó a 300 residentes se aceleró a partir de los años cincuenta por la escasez de recursos, la falta de oportunidades y el aislamiento. Aunque en su auge contó con escuela, taberna y diversos servicios locales, para cuando la pareja contrajo matrimonio únicamente subsistían 30 familias. La ausencia de infraestructuras básicas y el deterioro progresivo del entorno urbano terminaron por expulsar a la mayoría de la comunidad hacia otros municipios.

El acceso geográfico representó la mayor barrera para la supervivencia del asentamiento. Con un trayecto de 26 kilómetros hasta Mosqueruela y un desnivel de 700 metros, las precipitaciones y heladas invernales bloqueaban los desplazamientos con frecuencia. A pesar de estas adversidades extremas, el matrimonio rehusó abandonar su hogar habitual. El esposo optó por permanecer a su lado de forma incondicional mientras su compañera no decidiera partir.

La pareja vivió en aislamiento por más de tres décadas, enfrentando la vida sin agua corriente ni electricidad. Foto: Diario Uno

El profundo vínculo sentimental con la tierra natal fundamentó esta determinación vital. Sinforosa condensó su arraigo en una declaración emblemática: "Nosotros nos hemos criado aquí y no nos llama nada marcharnos a otro sitio". Sin embargo, el retiro de la dupla no significó la incomunicación total, pues recibían viajeros durante los fines de semana y la celebración semestral de las romerías del santuario congregaba a antiguos allegados del término municipal.

¿Cómo fue la vida sin servicios modernos de Martín y Sinforosa en el pueblo español?

La pareja habitó durante más de tres décadas un paraje aislado en las cumbres turolenses, donde encararon la cotidianeidad al margen de las comodidades actuales. De acuerdo con el reporte de Heraldo en 2018, el matrimonio carecía de agua corriente, por lo cual acudía a una vertiente natural a diario. Además, atravesó largos periodos sin energía eléctrica ni red móvil, lo que obligaba a ascender a la cumbre para llamadas y a guiarse con el reloj de sol de la plaza.

La subsistencia dependía de su parcela agrícola y el entretenimiento llegaba mediante un transistor de radio, según la entrevista otorgada a Land Rover. Martín detalló a El País la dinámica de su jornada: "Buscaba agua, sacaba a los animales, atendía los cultivos, podaba árboles y, en ocasiones, salía con mi perro a buscar trufas". Esta rutina combinaba el cultivo del campo con la recolección silvestre para asegurar el alimento.

La convivencia con gallinas, colmenas, felinos y canes marcaba su entorno habitual, junto a su labor de orientar a los visitantes que arribaban al lugar. A pesar del traslado posterior a la ciudad, el residente conservó su lazo con el asentamiento, tal como su primogénito declaró a La Vanguardia en marzo de 2023: "Continuaba con las visitas casi diarias, aunque normalmente ya no pasaba la noche".

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