
Cuando se habla de El Niño en el Perú, pensamos en lluvias intensas, huaicos e inundaciones. Pero en el sur puede ocurrir lo contrario: menos lluvias justo cuando el campo necesita agua para iniciar una nueva campaña. La Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño, también llamada ENFEN, prevé precipitaciones por debajo de lo habitual en la sierra suroriental entre septiembre y noviembre, una condición que podría extenderse hasta el verano de 2027.
El riesgo se concentra en Apurímac, Arequipa, Ayacucho, Cusco, Huancavelica, Moquegua, Puno y Tacna, regiones donde se producen alimentos como papa, maíz, quinua, habas y cebada. Según CENEPRED, más de 1.140 distritos presentan un riesgo alto o muy alto de déficit hídrico. En estas zonas se encuentran 8,1 millones de hectáreas agrícolas, 14 millones de hectáreas de pastizales y cerca de 15 millones de cabezas de ganado.
La papa es uno de los cultivos más expuestos. La sierra central y sur concentra el 77% de la producción nacional, con Puno como principal productor, seguido por Ayacucho, Huánuco, Cusco, Apurímac, Huancavelica y Junín. La quinua enfrenta un riesgo similar: Puno, Ayacucho y Apurímac concentran cerca de ocho de cada diez toneladas producidas en el país. El maíz amiláceo completa este grupo de cultivos sensibles, pues Cusco, Apurímac, Huancavelica y Ayacucho reúnen el 60% de la producción nacional.
El escenario llega, además, a un sector agropecuario que ya muestra señales de debilitamiento. Entre agosto de 2025 y junio de 2026, la superficie sembrada de papa cayó un 2%, la de trigo un 9,6%, la de ajo un 22,2%, la de cebolla un 8,5% y la de cebada forrajera un 31,4%. En el primer semestre de 2026, la actividad agropecuaria retrocedió un 0,6%, principalmente por la caída del 1,9% de la actividad agrícola.
Las perspectivas tampoco son favorables. El MEF pasó de proyectar un crecimiento del 2,3% del sector agropecuario en 2026 a estimar una caída del 1,4%, y redujo del 3,8% al 0,8% su previsión para 2027. Por su parte, el MIDAGRI estima que, bajo las condiciones previstas, la producción de quinua podría caer un 12% en 2027, la de papa un 1,3% y la de maíz un 0,5% frente a 2026.
La cautela también se refleja en las decisiones de los productores. La Encuesta Nacional de Intención de Siembra (ENIS) proyecta para la campaña 2026-2027 un aumento de apenas el 1,5% en el área sembrada, frente al 5,4% de la campaña anterior, y diez cultivos registrarían una menor intención de siembra. En conjunto, estos indicadores muestran que el campo del sur enfrenta la próxima campaña con menos lluvias previstas, menor dinamismo en varios cultivos y productores que muestran una mayor prudencia.
Aquí aparece el problema de fondo. Más del 68% de la superficie agrícola del país se cultiva bajo secano, es decir, sin un sistema de riego que permita llevar agua de manera regular al terreno, por lo que depende de la lluvia para el riego. Y esta dependencia no se ha reducido: aumentó en 7,2 puntos porcentuales frente a 2014.
La situación es especialmente marcada fuera de la costa. En la sierra, el 67,5% de la superficie agrícola se encuentra bajo secano y en la selva la proporción llega al 89,1%. En la costa, en cambio, alcanza apenas el 6,3%. En regiones como Puno, Pasco y Huánuco, más del 90% de la superficie agrícola depende de las lluvias, según la Encuesta Nacional Agropecuaria.
El problema, entonces, no es solamente que llueva menos. Es que gran parte del campo no tiene otra fuente de agua para compensarlo.
Y esto ocurre pese a que el país ha ampliado considerablemente su superficie agrícola. Entre 1994 y 2024, esta pasó de alrededor de 5,5 millones a más de 11 millones de hectáreas. Sin embargo, la proporción de tierras bajo riego apenas aumentó del 32 % al 34 %, según cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) recogidas por el Instituto Peruano de Economía (IPE).
En otras palabras, el Perú incorporó millones de hectáreas a la actividad agrícola sin avanzar al mismo ritmo en su capacidad para asegurar agua. Incluso donde existe riego, la infraestructura no siempre funciona adecuadamente. El MIDAGRI reportó que, al 2022, el 57% de los sistemas de riego se encontraba en mal estado.
Esto importa porque contar con riego no solo permite producir cuando las lluvias son insuficientes. También puede elevar la productividad, hacer un uso más eficiente de la tierra y permitir que los agricultores opten por cultivos de mayor rentabilidad. La FAO estima que las parcelas agrícolas del Perú que cuentan con riego tecnificado pueden alcanzar, en promedio, una productividad hasta dos veces mayor que aquellas que dependen únicamente de las lluvias.
Esta dependencia, además, no afecta a todos los productores de la misma manera. Para la agricultura familiar —que representa el 95,4% de las unidades agropecuarias—, una mala campaña puede tener consecuencias mucho más amplias porque la parcela, además de representar una actividad económica, también puede ser una fuente de alimentos para el hogar y de forraje para los animales.
Cuando el agua no llega a tiempo o es insuficiente, una familia puede enfrentar simultáneamente menores ingresos por la venta de sus productos, menos alimentos para el autoconsumo y mayores dificultades para mantener su ganado. Si la campaña termina en pérdidas, también disminuyen los recursos disponibles para comprar semillas, preparar el terreno o volver a sembrar.
Superficie agrícola exclusivamente de lluvias 2025
Lo ocurrido durante el Fenómeno El Niño Costero de 2023 muestra que una mala campaña agrícola no se queda en las chacras. Ese año, la superficie sembrada cayó un 22% en Puno, un 14% en Arequipa y un 6% en Moquegua frente a 2021, según Apoyo Consultoría. El retroceso de las siembras terminó reflejándose en la actividad agrícola, que cayó un 8%, y en el empleo agrario, que disminuyó un 13%, mientras el resto de sectores creció un cuatro,9%.
El efecto también llegó a la mesa de las familias. En el sur, los precios de hortalizas, legumbres y tubérculos aumentaron hasta un 44%, mientras que en el resto del país el incremento llegó al 34%.
Variación % en precios de hortalizas, legumbres y tubérculos
Si el problema es que buena parte del campo depende de las lluvias, la respuesta no debería limitarse a atender al productor cuando la sequía ya golpeó. La prevención empieza antes: con información climática que permita decidir qué sembrar y cuándo hacerlo, asistencia técnica y semillas de mejor calidad.
Pero allí también existe una debilidad. Solo el 2,7% de las unidades agropecuarias familiares recibió asistencia técnica en los últimos tres años y apenas el 8,9% utilizó semillas certificadas, según Videnza Instituto. Es difícil pedirle al productor que se adapte a un clima más incierto si las herramientas para hacerlo todavía llegan a pocos.
Intención de siembra con riesgo alto por sequías durante Fenómeno El Niño
Y hay experiencias que muestran que invertir en agua puede cambiar la economía de una parcela. En Áncash, el proyecto Agua para Pachma, impulsado por ENGIE, permitió que más de 500 productores accedieran a agua durante todo el año para unas 120 hectáreas. Según los resultados reportados, esto hizo posible realizar dos campañas al año, aumentar la producción en un 60% y diversificar hacia cultivos con mayor demanda.
En Chile, algunos programas pueden financiar hasta el 90% de la inversión para pequeños agricultores. En esa fórmula también podría entrar el sector privado a través de Obras por Impuestos.
Sin embargo, la protección también puede llegar por otra vía. Los seguros paramétricos permiten activar pagos cuando se cumplen determinadas condiciones climáticas, sin esperar a que se mida individualmente cada pérdida.
Son ejemplos de una idea sencilla, pero todavía poco extendida: la infraestructura hídrica no solo sirve para enfrentar una emergencia; permite que el agricultor dependa menos de ella. El próximo periodo de lluvias no puede controlarse. Lo que sí puede cambiar es cuánto depende el campo de ellas.






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