Monseñor Carlos Castillo: “Todo el sufrimiento de la Amazonía es un proceso degenerativo y viene de las ciudades”

Monseñor Carlos Castillo Mattasoglio, Arzobispo de Lima.

Perfil. El monseñor Castillo propone pasar de una Iglesia muda a una Iglesia que converse.
Perfil. El monseñor Castillo propone pasar de una Iglesia muda a una Iglesia que converse.
La República
2 09 2019 | 05:39h

Por: María Rosa Lorbés (*)

¿Cuál le parece a usted que es el problema central que está viviendo el mundo?

Estamos ante una crisis mundial y tratando de no perder el norte. Y el llamado del Papa a la participación de la Iglesia para que se renueve en el compromiso evangelizador como una Iglesia misionera es central. El Papa quiere prevenir del riesgo de la desvinculación social de los seres humanos, de destruir las relaciones básicas, no solo de la familia, sino de los barrios, las calles.

Estamos ante un irracionalismo impresionante. Yo siempre he dicho que la Iglesia tiene fuerza en la medida en que le dice al ser humano: “Pregúntate antes de decidir, reflexiona antes de decidir”. Para mí, el cristianismo es un gran canto a la sabiduría, a la racionalidad profunda. Uno se muere cuando no razona, cuando no piensa hondamente las cosas. Entonces, la Iglesia está para recordar esas cosas sutiles.

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¿Cómo se vive eso en concreto en la Amazonía?

Todo el sufrimiento de la zona amazónica viene de que el cielo es distinto, está en una enorme polución, que permite o hace que las especies se acaben, se genere un proceso degenerativo y eso viene de las ciudades. Mi pregunta importante es cómo vamos a ayudar desde Lima a intervenir y ayudar al desarrollo de la resurrección de la naturaleza.

La mayor parte de la población de la Panamazonía, como en todo el planeta, se concentra en las grandes ciudades. ¿No le parece que la Iglesia tiene un desafío grande, en la pastoral?

El mismo Papa en Buenos Aires, cuando hizo la pastoral urbana nueva, lanzó la idea de: “Dios habita la ciudad, Dios vive en la ciudad”. Y es que en las ciudades se crean una serie de relaciones que, por la cercanía, podemos aprender a ponernos de acuerdo. Hablar para que, yendo a la profundidad de las cosas, se pronuncie la palabra profética que no solo es una de recriminación sino una de conversación, porque profundizando las cosas nos definimos y separamos, y luego llamamos inclusive al que piensa distinto a que entre en una mayor profundidad y sigue el diálogo.

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El diálogo es muy importante; el Papa comienza muy bien su encíclica Laudato Si. Dice: “Propongo estas líneas para una gran conversación”. Lo que sugiere es “yo no tengo la solución, ni nadie la tiene, sino que todos tenemos que educarnos, tenemos que crear... la Iglesia tiene que cambiar de forma para ponerse a la altura de la gente más sencilla. Hay que formar comunidad en medio de los pobres para que dialoguen y proponer esa Iglesia que nace del corazón de la crisis en donde estamos.

Cuando la Iglesia empezó a hablar del cuidado de la creación mucha gente se escandalizó. ¿La Iglesia no se sale de lo que siempre ha sido su misión cuando pone el acento tan enfáticamente en la problemática ecológica que vive el mundo hoy?

No solo estamos ante un Dios que nos ha salvado, sino que, además, eso se da a partir de una inserción en la sociedad y en la naturaleza que viene de un Dios creador. Esa bondad, con la cual Dios nos ha creado es el sentido último de las cosas, todo lo creó bien, todo lo creó para amar y ser amado.

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Y entonces, claro, en un mundo en donde todos se apuran no por amar, sino por ganar, es una manera de recordarnos nuestra propia humanidad. Hay gente que dice que hay un gen egoísta en nosotros, pero estamos hechos para adelante, nadie está hecho para dentro. Tenemos brazos para abrazar, ojos para contemplar al otro, para apreciar no para despreciar.

¿Y qué significan para usted, como teólogo ecológico y ahora pastor de Lima, los problemas ecológicos y humanos de Lima? O sea, el agua, el transporte...

Lo central es que en nuestra Iglesia tiene que ser un espacio para generar procesos y los procesos se generan si la Iglesia acoge e invita a conversar de las cosas. Hay que pasar de una Iglesia muda a una Iglesia que converse. ¿Por qué digo esto? Porque como obispo pienso que podemos generar un proceso de diálogo, de reflexión, de aprender a mirar juntos.

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Si dinamizamos nuestra Iglesia vamos a dar ejemplo de que se necesita conversar en el país. Si nosotros logramos compartir, conversar, entendernos, podríamos dar un ejemplo de cómo se puede conversar mejor en el Parlamento, cómo se puede conversar en los líos de comadres que tenemos todos los días en los barrios, pero si el cura siempre manda y la gente siempre obedece y les calla la boca y no suscita la opinión del otro, entonces no hay posibilidad. Ese proceso hoy hay que hacerlo amplio porque el país es tan diverso que necesitamos conocernos mucho, escucharnos mucho.

La Iglesia tiene que generar ese proceso a través de las parroquias, de las comunidades, los propios movimientos para que no seamos solo una suma de sectas. Un cristianismo inteligente, que conversa, que aprende de la sabiduría, que sabe comprender la realidad y mirar la otra manera, yo creo que nos puede ayudar… y evidentemente una Iglesia enamorada de la sutileza de Jesús, de esa capacidad de ir a las cosas finas que permite que la gente crezca.

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Es extraordinario que un Papa ponga en el centro de la atención mundial el problema de la Amazonía, donde están los más pobres, los más maltratados, los más ninguneados... ¿Qué podemos aprender los limeños de la Amazonía?

Si el Papa empezó su viaje, cuando vino al Perú, desde Madre de Dios es porque allí ve algo, el germen del peruano, porque, por ejemplo, cuando fue al lugar de los niños, él vio cómo estos chicos habían crecido profesionalmente, sin perder su identidad. Habían hecho síntesis que simultáneamente les permitía a ellos tener recursos para poder aportar para que otros niños crecieran y por generaciones.

Eso es de personas muy sabias. Las tradiciones culturales que vienen de la Amazonía han leído toda la realidad, inclusive global, desde sus propias localizaciones, y con esas visiones más amplias permiten, además, recomprender el mundo desde el margen, y un margen que además es el centro de la creación. El Papa ha mostrado que el centro está en el margen. Y desde ese margen de la Panamazonía nos dice: “Repensemos el conjunto del mundo”

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Es una interpelación que integra todo.

Repensemos qué cosa es el ser humano, qué cosa es el mundo. La Iglesia ha logrado lo que en los últimos cuatro siglos la filosofía moderna ha intentado comprender y no lo ha hecho, porque, de repente, lo hizo desde una perspectiva individual. Pero ahora han sabido decirnos que en el pobre hay un nuevo sujeto histórico, junto a la vida de su ambiente.

Entonces nos está diciendo que hay otras formas del ser humano, y es una forma real y alternativa... A eso, Bartolomé de las Casas lo llamaba “la ceguedad”, que ahora llamamos ceguera, a esta capacidad de no ver sino el interés de la conquista, el ver que el otro no vale, por lo tanto, lo puedo eliminar. Y como decía De las Casas: “Desordenan sus entendimientos”.

El Papa quiere reordenar los entendimientos a partir del valor de la sabiduría del pueblo que tiene mucho para decirnos, porque es otra manera de sentir a Dios, a la naturaleza y a la humanidad. Por eso creo que, para nosotros los limeños, es una gracia tener los awajunes acá, los shipibos, los aguarunas, los asháninkas, en la misma ciudad y él les decía que no pierdan su identidad por eso, porque eso permite una síntesis nueva.

(*) Responsable del Observatorio Socioeclesial del Instituto de Fe y Cultura de la UARM.

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