Saber decir que no

“En esta ‘normalización de lo incorrecto’, muchos hemos recibido con mucho desaliento las palabras de Roque Benavides en la CADE”.

“En esta ‘normalización de lo incorrecto’, muchos hemos recibido con mucho desaliento las palabras de Roque Benavides en la CADE”.

Hacer el bien y rechazar el mal. Suena fácil, ¿verdad? Si todos los dilemas éticos fueran así de sencillos, la vida en sociedad sería bastante simple. El mal y el bien tendrían que ser claros y evidentes para todos de tal modo que la adecuación a la conducta esperada no sea para nadie una sorpresa o una desilusión. Pero la realidad es otra. Hay una falta de consistencia entre nuestra autopercepción de buenas personas y nuestra conducta. ¿Por qué “vemos el bien, lo aprobamos y hacemos el mal”?

Hay varios trucos con los que nos engañamos. “Todo el mundo lo hace” es la excusa de un adolescente que, enfrentado a unos buenos padres, que lo corrigen, debería resolverse en esa etapa de la vida. Lamentablemente no es así. Prevalece con fuerza el fenómeno inmaduro en la propia política peruana. Vivimos en una sociedad en donde si “todos roban” y tú no robas, eres el marginal. En algunos casos, el mal visto en el círculo privado. De ahí la popularidad del político que “roba, pero hace obra”. Como me dijo una señora con una mirada pragmática de la corrupción, “si todos me van a robar que al menos uno me deje algo”.

¿No son los “hermanitos” acaso un caso clásico de corrupción corporativa? Cuando el ex Presidente de la Corte Superior del Callao se veía urgido a “mantener la hegemonía” no se refería tan solo a mantener el poder. Lo que requería era una masa crítica de vocales que tuvieran sus mismas mañas, donde todos lo saben, todos se benefician y los une un conveniente pacto mutuo de silencio y colaboración que garantiza impunidad. Así nacen las organizaciones criminales.

La otra coartada es no querer ver. “No me cuentes nada”, “ya ve tú cómo resuelves, dime nomás cuánto es”, “ni me des detalles, no quiero saber”, “yo mato mis pulgas solo, tú lo único que tienes que saber es que lo resolvimos y pagar la cuenta”. ¿No son esas frases muy comunes en el mundo empresarial? ¿No es la forma en la que se relacionan los abogados con sus clientes, sobre todo, en el mundo penal? “Yo no voy a poner la cara, pero monitoreo tu caso con mi abogado satélite porque ya estoy asesorando a tu competidor”. Las faltas éticas se amontonan sobre la mesa.

Hay también la necesidad. Sin muchas oportunidades de empleo, la tentación es mucha. A los periodistas nos piden publicidad encubierta (lo cual es ilegal) para presentarla como un “comentario favorable” personal y espontáneo. Expliqué en estos días que eso no se puede. Fui lo más amable que pude, porque con toda buena fe creo que mi interlocutor no me entendía una palabra. 

En esta “normalización de lo incorrecto” muchos hemos recibido con mucho desaliento las palabras de Roque Benavides en la CADE. Como sí sucedió con la Conferencia Episcopal, se esperaba un deslinde claro, una mayor explicación, una reflexión en un espacio convocado para hablar de corrupción. No un lamento sobre ¿por qué nos persigue el Poder Judicial? Destapado el triste papel de la empresa peruana como socia en grandes proyectos de infraestructura, el país merece algunas respuestas a no tan sencillas preguntas. ¿Qué les pasó? ¿Por qué miraron para otro lado? ¿Fue solo codicia? Y lo más importante, ¿qué están haciendo para que no vuelva a pasar? Sé que en algunas empresas sí se están haciendo internamente estas preguntas y que están buscando ayuda para controlar sus procesos futuros. Esa hubiera sido una mejor exposición.

Nadie sensato puede poner en duda la necesidad elemental de consolidar una empresa privada prospera que trae progreso para todos. Aplaudo a los miles de peruanos que asumiendo todos los riesgos, capitanean tareas titánicas y que dan no solo productos y servicios de gran calidad, sino que tienen un compromiso que va más allá de la ley con el bienestar de sus trabajadores. Empresarios que se preocupan de conservar el ambiente, devolver mucho más de lo que han recibido y que –no llegan ni a cien empresas– se echan al hombro el 70% del presupuesto nacional. Pero, ¿por qué destruir estos sueños por tan poca cosa? Eso nunca lo entenderé.

Finalmente, cada quien puede hacer con el fruto de su esfuerzo lo que mejor le parezca. Pero, si de forma colectiva un grupo de empresarios se va a meter a hacer política encubierta, el ocultarlo es muy grave. No hay excusas. No solo lo esconden por razones subalternas. Engañan al Estado, a la sociedad y hasta a sus propios accionistas. No esperen un aplauso porque, a estas alturas, el cuento de los salvadores del modelo es más difícil de creer que el del aportante muerto de Jaime Yoshiyama.

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