David Rivera

David Rivera

Lima, 1972. Economista de la U. del Pacífico, he dedicado mi carrera profesional al periodismo y a la comunicación política. He sido editor adjunto de la revista Semana Económica, editor de Economía de El Comercio y director de la revista PODER. También conductor de televisión en canal N y canal 7. Hoy soy columnista en La República y Sudaca.pe

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“Esta crisis no se asemeja al peligro, miedo, caos, incertidumbre y pobreza que generaron a fines de los 80. Pero por esa misma razón, conlleva un riesgo mayor en otro sentido”.

“Hemos salido de peores”, es una idea que he escuchado en las últimas semanas como esperanza al callejón sin –aparente– salida en el que nos hemos metido con la elección de este gobierno y Congreso. Los ejemplos de comparación para sostener esa afirmación son la crisis del primer gobierno de García y el terror que causó Sendero Luminoso.

Es cierto. Esta crisis no se asemeja al peligro, miedo, caos, incertidumbre y pobreza que generaron aquellas dos. Pero por esa misma razón, conlleva un riesgo mayor en otro sentido, que queda bien representado con la parábola de la rana hervida: si se pone una rana en agua hirviendo, saltará; pero si se la pone en agua tibia y se va aumentando lentamente la temperatura, se aturdirá y no estará en capacidad de salir de la olla antes de la ebullición.

Se cocerá lentamente. ¿Estamos en una situación similar?

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En Acorralados (https://larepublica.pe/opinion/2021/12/04/acorralados-por-david-rivera/), desarrollamos la idea de que el principal problema político que tenemos es el avance de la participación en la política de sectores informales e ilegales (además de narcotráfico, minería y tala ilegales, universidades bamba, colectiveros, etc.), los que han acrecentado su penetración en dos poderes del Estado: el Ejecutivo y el Legislativo.

El judicial, por su parte, ha pasado de estar en manos de dos mafias que estuvieron en el gobierno (el aprismo y el fujimorismo) a mantenerse en una pugna entre sectores alineados con las mafias de toda procedencia (incluidas las políticas) y los reformistas.

El proceso no es nuevo. La primera alarma de la dimensión de lo que ocurría en regiones se dio con el asesinato del consejero regional de Áncash, Ezequiel Nolasco, que reveló no solo la magnitud de la corrupción (particularmente donde hay mayores ingresos por la minería), sino también de cómo había penetrado las fiscalías provinciales, su articulación con la Fiscalía de la Nación e incluso con mafias de tráfico de tierras e inmobiliarias como la de Orellana.

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Al poco tiempo, los casos Lava Jato y Cuellos Blancos constataron lo que ya sabíamos que pasaba en el gobierno central y en Lima, con grandes empresas privadas participando como parte de la maquinaria.

La elección del próximo domingo continuará con ese proceso de descomposición. Cuando el portal https://otorongo.club/2022/sentencias/ revisó los antecedentes de los candidatos inscritos, encontró que, entre quienes postulan a gobernador regional, ocho tenían sentencias penales previas, lo mismo que 127 a alcaldes provinciales y 492 a distritales.

Los que contaban con sentencias por obligaciones civiles (alimentarias, laborales y contractuales) eran de 17, 181 y 774, respectivamente. Ojo, solo sentencias, no investigaciones o procesos abiertos.

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Salir de esta trampa implica afrontar problemas que seguimos alimentando o retos que estamos evadiendo. Veamos cuatro.

I. La creciente polarización, que aleja la atención de la solución de problemas reales. Mientras ingenua y crecientemente sectores de la población se alinean con esos discursos, quienes los lideran solo buscan aprovecharse del Estado.

II. La ausencia, en las prioridades, de reformas del sistema de justicia y de los partidos políticos. Sin ellas, no vamos a ningún lado.

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III. El reduccionismo en el debate sobre cómo superar la informalidad, con soluciones mágicas como reforma laboral, simplificación de trámites, capacitaciones, etc. Hoy debería estar claro que el problema es mucho mayor.

IV. La descentralización que nunca fue cabalmente impulsada, y que cuando se ha pretendido abordar desde algún aspecto, generalmente ha sido desde la lógica y los intereses de un sector de Lima sobre el resto del país.

Para implementar las reformas económicas de los 90 y para acabar con Sendero Luminoso, había un sentido común que entendía que eran dos políticas indispensables. La forma en que se hizo es otro debate. El punto de partida hoy debe ser reducir y aislar la polarización, y construir consensos sobre reformas indispensables. Si no lo hacemos, no saldremos de la olla.