Raúl Tola

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Los falsos valores

“Fueron tan exageradas que de Soto terminó descubriendo una pasmosa desconexión con la realidad o propensión por inventarse una paralela...”.

Los tres debates presidenciales organizados por el JNE han tenido la virtud de confirmar los aciertos en la forma o el fondo de algunas candidaturas pero, sobre todo, de revelar más allá de cualquier duda las enormes flaquezas de otras que pretendieron venderse como solventes, superiores, estelares.

Queriendo parecer trascendental, Hernando de Soto terminó por revelarse como un vanidoso convencido de que todos los hechos relevantes de la historia nacional (la Constitución del 93 o la derrota del terrorismo, por citar dos) tuvieron un solo artífice: él.

Sus afirmaciones llegaron a un extremo de caricatura que contrasta con su fama de hombre sofisticado, ciudadano del mundo, dueño de un curriculum asombroso, propulsor de ideas revolucionarias, que se tutea con presidentes y debate con premios Nobel.

Fueron tan exageradas que de Soto terminó descubriendo una pasmosa desconexión con la realidad o propensión por inventarse una paralela (es decir, mentir) que, además de motivar una catarata de burlas en las redes sociales, terminó dejando sus posibilidades electorales bastante perjudicadas.

Incluso peor le fue a Rafael López Aliaga. El hombre balbuciente, tembloroso, exhausto y abatido que compareció en el debate, enfrentando a sus contrincantes en igualdad de condiciones, contrastó de manera patética con la imagen frontal, pechadora, exitosa y deslenguada que le atrajo seguidores.

Ante su desconcertante y, por momentos, estremecedor desempeño, hubo quienes se animaron a justificarlo y decir que lo que necesita el Perú es alguien que lo sepa gestionar, no que hable bonito como tantos políticos que han robado y destruido al país.

Este argumento presenta dos problemas graves. El primero es que parte de reconocer que López Aliaga estuvo muy mal en el debate, mostrándose incapaz de articular ideas sin desprenderse de sus anotaciones, que incluso leyendo fue errático y dubitativo, y que la imagen que proyectó es la contraria del líder que dice ser.

Segundo, que, al menos en los últimos 30 años, el único presidente reconocido por sus dotes de orador, por la hechicería de su verbo, fue Alan García, a quien los sectores más conservadores de nuestro país apoyaron en una alianza umbilical, cuyas consecuencias duran hasta nuestros días.

De paso, en vez de ayudarlo, el descarado esfuerzo de Rafael Santos por servirle de escudero y atacar en su nombre aumentó el asombro y despertó justificada sospechas: ¿Por qué se comportó así Santos? ¿Era el resultado de un pacto firmado con López Aliaga? Si era así, ¿a cambio de qué?

Mi impresión es que los análisis subestimaron el impacto que los debates tendrían en el resultado de las elecciones y que, quizá por primera vez desde que esta herramienta se emplea en una elección presidencial peruana, su efecto será decisivo, pues contribuirá de manera determinante a descartar postulantes.