Estreno

Caiga quien caiga, Montesinos llega al cine.

En semanas de creciente indignación, Vladimiro Montesinos, el rostro icónico de la corrupción, reaparecerá en pantalla grande en Caiga quien caiga, el recordatorio vergonzoso de que no aprendimos la lección.


Renzo Gómez

Domingo, 12 de Agosto del 2018

Torres de billetes. Sillones confortables. Manos estiradas.

Alcaldes, congresistas, empresarios, dueños de canales de televisión, conductores, jueces, fiscales. Todos, absolutamente todos, cobrando y pidiendo favores sin el pudor de saberse grabados por su astuto anfitrión, aguileño y semicalvo.

La escena casera con la que el 14 de setiembre de 2000 empezó a derrumbarse el putefracto régimen, orquestado por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, la serpiente bicéfala que nos gobernó en los noventa.

Anómicos y cautivos del timeline, dieciocho años después este episodio podría ser perfectamente difuso para las mayorías. Si no lo es ya. Una cinta gastada de principios de siglo olvidada en algún rincón de YouTube.

Aquella fue una de las principales motivaciones del cineasta Eduardo Guillot para filmar Caiga quien caiga: darle nitidez a un sistema de corrupción que copó todos los poderes del Estado. Una enfermedad crónica que en las últimas semanas brotó mediante los audios del Consejo Nacional de la Magistratura y el inefable juez César Hinostroza Pariachi.

Un libro que exhibiera las miserias morales de nuestras autoridades y la épica para castigarlas, pero que además fuera adaptable al cine. Esa fue la virtud que Guillot halló en Caiga quien caiga (Planeta, 2014), el libro en el que José Ugaz narra su papel como Procurador Ad-Hoc de la Nación en el caso Fujimori-Montesinos.

Ideado desde el 2015, a los meses de su publicación, el rodaje inició el año pasado, entre octubre y noviembre, a cargo de Amaranta Films, la productora de Guillot.

Recién ahora, a once días del estreno (23 de agosto a nivel nacional), sin haber accedido a una función adelantada para prensa, con el teaser lanzado, y un puñado de opositores naranjas, hablan los protagonistas.

 

Refrescar la memoria

 

El 1 de noviembre de 2000, un mes y medio después del primer vladivideo, en pleno feriado, José Ugaz recibió una llamada de Alberto Bustamante, el entonces Ministro de Justicia, a través de un edecán.

Esa misma tarde se reunieron en su casa. Alberto Fujimori, el aún presidente impoluto, le había pedido apresar a su principal asesor, y Bustamente, especialista en Derecho administrativo, recurrió a él, su exalumno en la universidad, un entendido en Derecho Penal.

Lo que sucedió después fue una cadena de sucesos bochornosos: el descubrimiento de cuentas millonarias en bancos suizos; Fujimori "persiguiendo" a Montesinos en un operativo que más pareció un reality, cuando el 'Doc' ya se había fugado hacia Venezuela en un velero; el viaje de Fujimori a Brunei a escondidas y su renuncia por fax.

"Mientras Fujimori estuvo en el poder, la situación de la Procuraduría fue muy precaria. No tuvimos oficina ni presupuesto alguno. Nos pusieron un guardaespaldas de la Policía de quien sospechábamos que podía ser un infiltrado. Era como dormir con el enemigo", evoca Ugaz.

Por fortuna, no pasaron ni dos semanas entre su nombramiento y el derrumbe. El gobierno de transición, con Valentín Paniagua, resguardó a su equipo (dos procuradores adjuntos y treinta colaboradores entre abogados y asistentes), y a sus familiares directos.

El resultado, luego de 14 meses de gestión: más de 200 casos judicializados, y varios cientos de millones recuperados de cuentas en paraísos fiscales.

La represalia que encontró años después: una bomba magnética debajo de su auto, pegada hacía meses, que descubrió cuando pretendía vendérselo a un amigo.

"Abogaducho", se le escucha decir, con autosuficiencia, a Vladimiro Montesinos (Miguel Iza), en uno de los avances, a su personaje estelarizado por Eduardo Camino.

“Montesinos trató a la Procuraduría con desprecio. Esto lo supe a través de las investigaciones. Su soberbia y su sensación de impunidad fueron su perdición. El partido duró dos tiempos: él está en la cárcel, y yo estoy aquí, contándolo. Está claro quién fue el perdedor”, agrega Ugaz.

Diez años le tomó concluir su libro testimonial en clave de crónica. Libro que inició atrapado en una nevada en Silver Spring, un pueblo en Maryland.

Sobre lo acontecido en estos días, que involucra desde jueces hasta futbolistas historicos, no cree que los peruanos tengamos incubado un gen corrupto desde el nacimiento.

“Debemos modificar nuestros patrones culturales. La corrupción no es genética sino aprendida. En ese sentido, si algún mérito busca esta película es tener al tanto a las nuevas generaciones. Refrescarles la memoria”.

 

Iza, el 'Doc'

 

Afán de reconocimiento, la gran debilidad que Miguel Iza halló en Vladimiro Montesinos, el capitán del ejército condenado a prisión por traición a la patria a mediados de los setenta que luego se reencauchó en abogado de narcotraficantes, y finalmente gobernó al Perú desde las sombras.

No lo conozco, ha repetido Iza en esta semana a diversos medios. El personaje y no la persona, recalca. De hecho, aunque resulte paradójico, no ha leído Caiga quien caiga, la matriz del filme sino más bien El espía imperfecto de Sally Bowen.

Alpinchista frente a la prensa, Iza actúa mejor de lo que explica la construcción de sus personajes, indudablemente. Guillot lo asiste de cuando en cuando.

"Miguel se ha acercado a Montesinos, ese tipo poderoso que luego se derrumba y cómo se derrumba. Y eso solo lo puede hacer un buen actor".

Su trabajo ha sido orgánico, interno, pero también físico. Salvo la panza del 'Doc' que por tiempo y su propia contextura no pudo copiarle, Iza se afeitó la cabeza a navajazos cada cinco días, y adoptó modismos del 'Doc'. Una mente de la que tiene dudas sobre si fue tan brillante como ha quedado instalado en el imaginario colectivo.

"A veces he pensado que la gente quiere creer eso para no quedar tan mal".

Consuelo o no, Iza considera que la corrupcion es ineludible a la condición humana.

"Estoy seguro de que los Neandertales empujaban a sus pares delante de los mamuts para conseguir a la mujer o al pedazo de carne más grande. Caín y Abel es una ejemplo de eso. Pero es distinto cuando la corrupción se institucionaliza".

En Caiga quien caiga se recrean hechos fatídicamente históricos como La matanza en Barrios Altos. Así como lugares icónicos, como su bunker en Playa Arica, por estos días subastado al mejor postor.

Y aunque las reacciones han sido positivas en general, no han faltado quienes han descalificado la película sin haberla visto por dos cuestiones: la ausencia de Fujimori en los avances que -aseguran- 'limpia' su imagen al recaer todo el mal en Montesinos, y la muletilla de caviarizarlo todo.

"Se van a sorprender de la participación de Fujimori. No hay manera de separarlo de Montesinos. Es un personaje que hemos guardado celosamente", promete el director.

Sobre lo segundo anota: "Me imaginé que iban a darse este tipo de ataques e interpretaciones. La película está basada en el libro de José Ugaz, y yo creo en su historia. La mafia cayó y aún hoy está cumpliendo su condena".

Lo irrefutable. Como la enorme oportunidad que perdimos a finales de 2000 de ser un mejor país. El eterno y fatídico retorno.


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