La peste de Atenas (1652), por Michael Sweerts.
La peste de Atenas (1652), por Michael Sweerts.

El coronavirus, el amor y otras lecturas

A propósito de la pandemia actual, una mirada a algunas obras literarias en las que se narran y situaciones y escenas que nos remiten a nuestra realidad, desde la experiencia de España.

La República
27 Mar 2020 | 1:20 h

Por Ana Godoy Cossío

La pandemia de coronavirus que, de pronto, ha paralizado al mundo, como si de un sueño o una pesadilla surrealista se tratase, ha superado la ficción. Las dimensiones de la letal enfermedad se expande con rapidez en Asia, Europa e incluso en América y sigue cobrando víctimas. Ante la naturaleza poderosa del insignificante virus que no tiene límites, ni fronteras, ni banderas, ni partidos, ni edades, que no respeta categorías sociales ni cargos políticos, hemos asumido que quedarnos en casa, es la mejor forma de prevenir que se siga propagando, como el polvillo mortal esparcido por los aires en el cuento “De cómo el diablo soltó los males en el mundo”, de Ciro Alegría, escritor peruano.

PUEDES VER: Ensayo sobre la ceguera en el cine

De un momento a otro, nuestras vidas transcurren en un entorno enmudecido y solitario. Las torres y campanas de las iglesias se alzan como testigos mudos del desconcierto. Algún caminante aparece, de cuando en cuando, en una calle, como Juan Preciado en Comala, ciudad deshabitada en la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. Los niños ahora quietos han reemplazado los parques por los juegos virtuales. Hasta las aves han dejado de sobrevolar el espacio, como si presintieran el aire contaminado del ambiente. Sólo los perros, símbolos de fidelidad del hombre, son los únicos privilegiados que mantienen sus rutinas de paseo. Un hecho sin precedentes, que nos obliga a tomar distancia, a evitar los abrazos y besos, a confinarnos en el aislamiento, solos o acompañados. Es tiempo de poner a prueba nuestra verdadera resiliencia. En realidad, como mi padre decía, es hora de vivir con despaciedad y calmancia y aplicar toda la suma de connotaciones que éstas abarcan: paciencia, tenacidad, calma, resistencia. Obrar con templanza y serenidad, sin agobios ni desesperanzas. Ahora más que nunca, estas palabras son mi bálsamo.

En estas circunstancias difíciles e inciertas para todos, las letras de la canción que aprendí de niña, vuelve a mí, como la premonición de lo que está sucediendo: “El mercado está vacío, nadie por las calles va. Todos los trabajadores han cesado su labor. Todo se halla suspendido...”. Con nuestra agenda anulada, todos los actos sociales y culturales clausurados, todas las reuniones y eventos públicos suspendidos, con los cines, teatros, estadios y campos deportivos cerrados, nos enfrentamos a una transformación personal y social que, a su vez, marcará el drástico inicio de una nueva era digitalizada y totalmente virtual.

Sin embargo, también es tiempo de aislarnos en un sillón cómodo, con un libro en la mano y recuperar el tiempo perdido para vivir otras vidas, a través de la lectura. Una de las lecturas que recomiendo es la impactante novela Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago que me mantuvo en vilo, durante dos o tres días y, todo mi mundo, giró en torno al apocalíptico micromundo de los contagiados con la epidemia de ceguera. Confinados a permanecer en un recinto cerrado, el hacinamiento se convierte en un infierno en la tierra. Solo los ojos de la esposa del médico, la única que permanece inmune a la enfermedad, nos llevarán a ver todas las calamidades que padecen. Ella ejerce de guía y protectora de su marido y de las personas que le rodean. Ante el incendio provocado, ellos logran escapar de la hambruna y del sometimiento del grupo dominante y abusivo, pero comprueban que en la ciudad reina el caos y el mal se ha expandido por todas partes. Como en esta novela, ahora más que nunca nuestro instinto de sobrevivencia nos alerta para actuar con firmeza y responsabilidad ante la adversidad.

Otro libro sobrecogedor fue Papillón (1969), del francés Henri Charrière, que ahora vuelve a mí, en estas circunstancias, para recordarme el significado de la palabra resistencia. El protagonista inocente es condenado al encierro, pero gracias a su perseverancia y fuerza de voluntad se mantiene activo física y mentalmente, en una estrecha celda de un metro cuadrado, mientras planea la fuga. Para tener la mente sana y positiva, viaja con la imaginación. De este modo, cuando llega la hora de escapar tiene la certeza de estar preparado. Ahora que todos estamos en un período de clausura tenemos que adoptar la estrategia de Papillón, para que el temor y la incertidumbre no nos paralicen y salgamos airosos de esta prueba vital.

Así también, en Los cuentos de la Peste (2015) de Vargas Llosa, cinco personajes conviven entreverados entre sueños, deseos, amores y nos transportan a la nebulosa de vivir por partida doble: la realidad y la fantasía. Los cuentos se convierten en el mejor salvavidas que recrea, consuela y permite resistir la peste que asola Florencia, en el micromundo de Villa Palmieri. Aquí todo confluye para que la circunstancia que sirve de marco exprese una “vida que reemplaza a la vida real”. Los personajes recluidos admiten su habilidad para contar cuentos. Este libro, resucita el ingenio de Boccaccio quien dice: [Con] “mi receta de los cuentos y las mentiras […] engañamos a la peste, contando cuentos nos libramos de la muerte”. Practiquemos el mismo ejercicio que estos pobladores italianos, recordemos nuestros cuentos de la infancia o adolescencia, revivamos las anécdotas, redimamos a los autores clásicos.

Otra apasionante lectura apta para tiempos de clausura es la novela El amor en los tiempos del cólera (1985), de García Márquez. Una historia de amor que se consuma en medio de la epidemia del cólera en una ciudad caribeña. Florentino Ariza recibe el sí de Fermina Daza, después de la larga espera y comprueba que en el sufrimiento del amor los síntomas son los mismos del cólera. Al final, navegan juntos con la bandera amarilla, símbolo del triunfo del amor. Un libro que nos sumerge en el ambiente cálido y nos recuerda que no hay edad para amar ni tiempos malos que lo impidan. Ojalá que en esta etapa crucial que atravesamos, también se acreciente el amor presencial o virtual, en los tiempos del coronavirus.

La realidad circundante

Ante este escenario, la vida se pone en juego frente a la muerte y cierra el telón del triste espectáculo que nuestros ojos no dan crédito. Un microscópico virus se ha apoderado de nuestro espacio y no hay dinero que valga para comprarlo, ni fama ni gloria que lo espante. Afortunadamente, el tiempo es nuestro, aprovechémoslo para retomar las lecturas que dejamos pasar, mirémonos por dentro para tomar conciencia de nuestras vidas. Pero sobre todo, charlemos, juguemos, cantemos y riamos con nuestros seres queridos. Es tiempo de recobrar la unidad familiar y bajar de nuestras nubes virtuales, aún en la distancia, a través del teléfono que es nuestro mejor aliado. Si bien, el chat y las redes sociales han aguzado la creatividad de la gente que propone una y mil actividades para estar ocupado y no morir de aburrimiento, es hora de retomar el contacto, es hora de dejar de lado las relaciones ficticias y acercarnos más a quienes, por fortuna, están a nuestro lado o no. Es hora de romper las barreras infranqueables del stress, la incomunicación, la falta de tiempo que nos impedía acercarnos. ¿Acaso los padres no reclamaban horarios permisibles a una mejor conciliación del trabajo y la casa?, ¿qué mejor oportunidad para revertir lo malo con lo bueno y afrontar con optimismo y esperanza el mal que nos aqueja?. Ocuparnos en lugar de preocuparnos, ¡that is the question! y, como nos dice la Biblia recordemos: Padres, aprovechad la cercanía de vuestros hijos para reflexionar juntos. Hijos, amad y respetad a vuestros padres y abuelos. Abuelos, resistid y calmad a las nuevas generaciones con vuestra sabiduría, experiencia y amor.

Por las noches, España entera aplaude el sacrificio y entrega de todo el personal de sanidad, seguridad y demás personas comprometidas en esta ardua tarea humanitaria. No es solo un aplauso de reconocimiento, es el eco de los italianos que, desde sus ventanas endulzan la vida con la música, como buen antídoto en este difícil período. Es la voz de esperanza que sale a las ventanas y los balcones con estoicismo para calmarnos los unos a los otros. Ahora que un nuevo muro invisible nos impide vernos, es hora de apreciar cuánto teníamos de material e inmaterial y no lo percibíamos. Derribemos al virus con amor y lecturas. Espantemos a este Maquiavelo del siglo XXI que ha sembrado la distancia entre los humanos y coronémonos de unión y respeto para vencerlo.

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