Edgardo Rivera Martínez, el ángel que voló a Xauxa

Homenaje. El escritor jaujino, Premio Nacional de Cultura 2013, falleció a los 85 años de edad. Sus libros, como País de Jauja o Ángel de Ocongate, trajeron una nueva visión de los Andes.

Homenaje. El escritor jaujino, Premio Nacional de Cultura 2013, falleció a los 85 años de edad. Sus libros, como País de Jauja o Ángel de Ocongate, trajeron una nueva visión de los Andes.

No olvido la primera vez que vi y escuché a Edgardo Rivera Martínez en una clase de literatura en San Marcos, allá por los años 80. Estaba en su escritorio, casi inmóvil. Hablaba despacio, casi un rumor, ese rumor que poco después, nosotros, sus alumnos, descubrimos en el in crescendo de la depurada prosa barroca de sus libros. Hablaba tan despacio que nos obligaba a guardar silencio. Fue entonces que descubrimos que su voz débil era sabia e iluminaba.

Edgardo Rivera Martínez murió ayer, a los 85 años de edad. Falleció de madrugada, seguro cuando la niebla marina ascendía por el malecón Armendariz, en Miraflores, con la misma atmósfera de su libro Danzantes de la noche y de la muerte y otros relatos (2006).

El escritor nació en Jauja, en 1933. Allí realizó sus primeros estudios escolares, también universitarios. Después migró para estudiar Literatura en San Marcos, y luego, gracias a una beca, saltar el gran charco y continuar estudios en la Universidad de París (1957-1959) y en la Universidad de Perugia.

A su retorno, en 1962, fue profesor en su alma mater: la Universidad Nacional del Centro, Huancayo, y posteriormente, desde 1971, en la Universidad de San Marcos.

Rivera Martínez, si bien se marchó físicamente de su tierra, Jauja, en realidad nunca ausentó su alma de esa comarca. Se convirtió en el leitmotiv de su escritura en casi todos sus libros, sobre todo en su gran novela País de Jauja (1993).

Siempre reconoció sus orígenes, ese territorio que si bien era andino también era un enclave occidental. Jauja, por su clima, era el destino obligado de quienes buscaban sanarse de la tuberculosis.

“Mis padres llegaron allí por razones de salud. Mi tío abuelo materno también llegó por salud y se afincó allí. En mi caso, yo nací allí”, me refirió en una lejana entrevista.

Existen pasajes de la novela en los que narra, en una suerte de realismo mágico, que por las callejas y veredas de esa ciudad transitaban diplomáticos, académicos, príncipes escurridos y princesas pálidas amenazadas por la enfermedad pulmonar.

Eso era Jauja, un epicentro, un Aleph andino –o Comala o Macondo– que dinamizó su imaginación y es lo que propiamente marcó su visión del mundo y su narrativa.

“Esa particular circunstancia de Jauja me hizo ver que en mi experiencia era posible ser fiel a lo propio, pero también a lo nuevo, a lo diferente. Esa sería una utopía posible, aunque difícil, más aún con la globalización”, me comentó.

Pero ese mundo jaujino acabó cuando se descubrió el antibiótico para la tuberculosis. La estreptomicina sanó a los enfermos, pero mató a Jauja. El escritor la rescató en sus páginas brillantes.

“La narrativa de Rivera Martínez nos vincula con una amplia gama de temas gracias a la cual es posible acercarnos, literariamente, al problemático horizonte de la subjetividad, a las consecuencias del exilio interior y a la dureza de la soledad”, sostiene el escritor y profesor de San Marcos Jorge Valenzuela.

“En efecto –agrega–, sus cuentos y novelas cuestionan cualquier noción compacta de identidad y, a través del proceder fantástico y maravilloso, revelan la crisis del sujeto moderno. Gracias a la hibridez cultural con que están amasadas sus historias logramos comprender la incertidumbre, pero también la esperanza que habita en sus personajes marcados a fuego por el mestizaje”.

Exacto. Él pudo situar con naturalidad un ser tan ajeno al mundo como hace en el El unicornio (1963), su primer libro de cuentos. O dialogar o darle vida propia a un ángel esculpido en el friso de un templo en los Andes, como describe en Ángel de Ocongate (1982), que ganó premio “El cuento de las 1000 palabras”, de Caretas.

Su narrativa es una gran ventana para mirar de distinta manera al mundo andino, por eso mismo, por su trayectoria, mereció el Premio Nacional de Cultura el 2013.

Ha muerto. Recuerdo que su débil voz iluminaba.

Testimonios

- Zein Zorrilla

Edgardo Rivera Martínez pertenece a la generación de escritores que arribó a la capital con las primeras oleadas migratorias. Vargas Vicuña, Zavaleta, Reynoso, Gutiérrez y otros se propusieron explorar la intimidad de los personajes, su adaptación a la urbe, su papel como individuos en la Historia.Rivera Martínez fue más allá. País de Jauja, su logro mayor, noveló las vicisitudes del adolescente Claudio Alaya por conciliar internamente a dos culturas del mundo real: la europeísta y la indígena.Claudio disfruta con Mozart y Bach, pero también con los huaynos y mulizas; vibra con Homero y también con las leyendas narradas por su empleada Marcelina; ama en secreto a Zoraida Awapara, viuda árabe, mas sorbe los vientos por Leonor Uscovilca, “cholita” campesina.Releer País de Jauja permitirá al lector comprobar si esas tensiones continúan mortificando a Claudio o lograron fusionarse devolviéndonos en él a un logrado mestizo contemporáneo.

- Óscar Colchado

Se nos fue otro grande de la literatura andina: el autor de ese maravilloso cuento del realismo mágico: Ángel de Ocongate.Deja atrás su valle profundo, hermoso, del Mantaro, y su Jauja querida; allí donde mirando las aguas transparentes, cristalinas, de la laguna de Paca, oiría alguna vez la voz encantada de las campanas de un pueblo hundido.Y así como la leyenda dice que pasó el dios Wiracocha castigando a los malos y premiando a los buenos, por ese mismo camino se va Edgardo oyendo música de arpas, violines y quenas.Quedan sus libros abiertos a las nuevas generaciones. Libros donde los Amarus, esas serpientes míticas, vibran con el sortilegio de la música de Mozart, Bach y Beethoven. Hay que leer toda su obra para entender esa propuesta de un Perú multicultural y mestizo. Mientras, sus compañeros de ruta seguiremos su ejemplo de rescate de nuestra heredad ancestral. Adiós, amigo, la eternidad te espera.

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