En cuanto a la relación entre Ejecutivo y Legislativo, hay quienes piensan que el fujimorismo buscará de cualquier manera la vacancia presidencial y el adelanto de elecciones como mecanismo para llegar al poder. Otros pensamos que ese camino es suicida para el fujimorismo: la sombra de una conducta desleal con la democracia y la imagen de prepotencia liquidaría sus aspiraciones electorales. Y aunque lograra ganar, llegaría al poder muy debilitado y cuestionado, y heredaría una situación de crisis que haría inviable su gobierno.

El dilema del fujimorismo es que, de un lado, necesita presentarse como la cabeza de la oposición, para capitalizar el inevitable desgaste del gobierno; para ello necesita mostrarse duro, evitando ser rebasado por la izquierda, que más bien sostendrá que el gobierno y el fujimorismo comparten el mismo modelo económico. Pero al mismo tiempo, el fujimorismo del 2021 requiere que haya elecciones en ese año y una transición gubernamental mínimamente ordenada y estable, por lo que necesita apoyar al gobierno en asuntos clave desde su mayoría parlamentaria. ¿Cómo se baila ese vals? Vimos un ensayo satisfactorio con el voto de confianza al Presidente del Consejo de Ministros y la delegación de facultades legislativas; y un gran tropiezo con la censura de Jaime Saavedra, percibida como una demostración gratuita de fuerza, que ya se expresa en el aumento en la desaprobación a la actuación de K. Fujimori.

Una referencia de cómo se juega un juego como este es la relación que estableció Alan García y el APRA con el gobierno de Alejandro Toledo. Este gobierno se desgastó muy rápidamente y llegó a tener niveles de aprobación de apenas un dígito durante su tercer y cuarto año de gobierno. Además, Perú Posible inició el gobierno con 45 congresistas, y los fue perdiendo hasta terminar con 35, unos cuantos más que los 28 apristas que mantuvieron la disciplina de la bancada. El escenario de la vacancia y del “paso al costado” rondó durante los momentos más críticos del gobierno; sin embargo, García logró el objetivo de arrinconar al gobierno, aparecer como líder de la oposición, evitar ser desbordado desde una opción de izquierda en las elecciones de 2006, y al mismo tiempo dejarle oxígeno al gobierno para que llegue hasta el final, realice una transferencia ordenada, y llegar a la presidencia en muy buenas condiciones. Para que el fujimorismo realice una faena similar, se requiere que entiendan la naturaleza del juego: se trata de golpear, pero nunca al extremo de impedir que el juego continúe hasta el final. Esto requiere lucidez, autocontrol, que esperemos tenga Keiko Fujimori, y una bancada disciplinada que entienda la diferencia entre los gestos y las intenciones verdaderas.

En diciembre del año pasado falleció el premio nobel de economía Thomas Schelling, a quien se le atribuye la teoría de la “destrucción mutua asegurada”, que supuestamente impidió una tercera guerra mundial durante la guerra fría. Dos actores racionales, concientes de sus intereses, desarrollan conflictos “convencionales” sin llegar a un escalamiento nuclear que saben los llevará a la destrucción mutua. En el escenario de la vacancia, cae el gobierno, pero también el fujimorismo. El problema es que los actores políticos no siempre son capaces de actuar racionalmente: como señaló otro gran analista de los conflictos, Graham Allison, en su libro sobre la crisis de los misiles cubanos, en ocasiones los pequeños intereses faccionales priman, las rutinas e inercias generan dinámicas imposibles de revertir, lo que termina generando conductas autodestructivas.

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