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2021, el año que no se irá, por Juan de la Puente

“Parece estar en curso un proceso de ruptura. ‘Algo’ pasará el 2022. Este desenlace podría evitarse desde el pacto, un acto de cara al país que recupere el cambio y el consenso”.

Dilema. En el sentido que han tomado las cosas, el abandono de las reformas el 2021 por parte del gobierno es una victoria de quienes perdieron las elecciones. Foto: EFE
Dilema. En el sentido que han tomado las cosas, el abandono de las reformas el 2021 por parte del gobierno es una victoria de quienes perdieron las elecciones. Foto: EFE
Juan de la Puente

Todos los años van a la historia. Algunos lo hacen con discreción y otros se resisten a ser parte del pasado. Ese será el caso del 2021. A él estaremos atados por algún tiempo como a otros años célebres: 1930, 1968, 1992, 2000 y 2016, por citar algunos.

La primera imagen que proyecta el año que (no) se va es que asistimos, una vez más, el debut y despedida del cambio. Fuera de ese resultado ha empezado todo o casi todo o, siendo generosos con los estimados dramáticos, se relanzaron procesos aparentemente cancelados.

La victoria de Castillo fue tan espectacular y simbólica como su fracaso. Su irrupción fue atrevida y sobre ella corren ríos de interpretaciones. Entre las numerosas explicaciones una reúne un alto consenso: es el otro Perú que asoma en lo social y político y reclama un lugar propio en la mesa del poder.

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La discusión sobre su fracaso acaba de iniciarse y en ese punto abundan los argumentos sobre su incapacidad. Creo, sin embargo, que siendo correcta la apreciación sobre su ineficacia, el principal problema de Castillo no es su ilustración, sino su posición, es decir, el abandono de su oferta electoral a favor de las reformas.

La segunda imagen que proyecta el 2021 son los abismos, ocultados por una polarización que existe, pero no como el elemento que determina todo. El relato de un país dividido en dos mitades, pero no fragmentado, fue engañoso e incompleto a lo largo del 2021. En las elecciones, los abismos Lima vs. regiones, costa vs. sierra y ciudades vs. el país rural, contrastaron con la polarización en las elites que, precisamente, ignoraron un resultado que reclama políticas de cambio. El sector derrotado en las elecciones no está dispuesto a aceptar las reformas porque implica tocar el núcleo duro del neoliberalismo. Al final de cuentas, fuera de algunos anuncios con escaso financiamiento, ni el gobierno ni las oposiciones se han ocupado de los abismos. En el sentido que han tomado las cosas, el abandono de las reformas el 2021 por parte del gobierno es una victoria de quienes perdieron las elecciones.

La tercera imagen del 2021 es la revolución en la derecha. De su seno emergió en pocas semanas una potente ultraderecha audaz, revoltosa y agresiva, sin complejos para asumirse como tal. Al salir del clóset, la ultraderecha ha redefinido la política nacional. Se ha formado un extremo conservador que ha llegado para quedarse con vínculos sociales y económicos visibles muy pocas veces.

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La irrupción de la ultraderecha significa una segunda derrota del liberalismo político, entregado antes al golpe de Estado del 5 de abril de 1992. Esta vez, el pequeño núcleo liberal, heroico hace 30 años, sucumbió. La patética claudicación de Mario Vargas Llosa en la segunda vuelta electoral dejó simbólicamente al sistema liberal vigente –reglas, principios e instituciones– sin liberales. Si tenemos democracia sin partidos ¿por qué no tener liberalismo sin liberales?

El camino de la ultraderecha es prometedor. Disputa exitosamente el populismo con la ultraizquierda y es más antisistema que aquella: ha salido a las calles, cuestiona el bicentenario, no quiere vacunarse, aborrece la igualdad y el enfoque de todos los derechos (de ahí que se hermanen en el relato anticaviar), y recusa el enfoque de género. En lugar de un populismo tenemos dos, que a veces son uno.

La cuarta imagen refleja la dimensión institucional que asume la crisis y que quizás sea su último estadio antes del big bang peruano: las elecciones no han cumplido su función de renovar la democracia (¿ya nada es capaz de renovar la promesa democrática?). La primera vuelta produjo una subrepresentación al punto que los dos candidatos que pasaron a la segunda obtuvieron juntos 30% de los votos válidos. Esa representación defectuosa es hija de los abismos y de la fragmentación que no se quiere reconocer, y menos de la polarización derecha/izquierda. Contra este mal no se hizo nada a pesar de que luego de las elecciones la política peruana se juega en tres territorios: 1) el de las relaciones institucionales entre el Gobierno y el Parlamento; 2) el de las representaciones tradicionales en Lima, donde las elites y la ultraderecha ganan por goleada con un discurso radical recreado por los medios; y 3) el de las representaciones sociales emergentes, donde Lima sigue perdiendo frente a las regiones.

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En este punto, es equívoco el sesgo cognitivo de algunos análisis de la crisis que aprecian los procesos con exagerada predeterminación. De las nociones falsas de Bacon, dos son extremadamente peligrosas en el análisis de la realidad, la Idola tribu, que es la debilidad en la percepción, y la Idola specus, o la inercia de los hábitos y el perjuicio. Eso parece estar sucediendo con estos análisis embarcados en la idea antipolítica de ocultar los intereses en juego y culpar de todo a los políticos, exclusivamente, sin mencionar a la sociedad y su cultura, los humores ideológicos, cada una de las partículas que forman la opinión pública y a los medios. Qué fácil sería todo si la política dependiera de los políticos y que la salida sea que nos gobiernen los ilustrados inmunes a los intereses. Qué básico es el análisis que nace y muere en la frase “los políticos son malos”.

Como en el período iniciado el 2016, el Perú del 2021 ha soportado los embates. Eso que llamamos “sistema” es todavía más fuerte de lo que pensamos y queremos. Está hecho de elementos más allá de los poderes y de los actores: mercado, redes estatales eficaces, indiferencia, informalidad, redes alternativas, economías ilegales y resiliencia, entre otros. El mejor ejemplo es que la vacunación avanza a pesar de la crisis.

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No obstante, parece estar en curso un proceso de ruptura. “Algo” pasará el 2022. Este desenlace podría evitarse desde el pacto, un acto de cara al país que recupere el cambio y el consenso. La idea del Perú terminal y caótico que vende la ultraderecha, y que copian con ahínco la mayoría de los medios y la elite capitalina, es administrable. Las encuestas colocan a los ciudadanos al final del año como árbitros de un partido en el que no juegan, pero supervisan. Los datos apuntan a que en la opinión pública progresa la vacancia simbólica de los dos poderes enfrentados. Termina el 2021 con un país más cerca de una tercera vuelta. La crisis es grande y la política pequeña.