Relaciones. Para Chaparro, el nuevo Congreso será "razonablemente fiscalizador". (Foto: Jorge Cerdán)
Relaciones. Para Chaparro, el nuevo Congreso será "razonablemente fiscalizador". (Foto: Jorge Cerdán)

Hernán Chaparro: “El 2019 ha sido un punto de quiebre, un hito en la crisis de representación”

Entrevista con el Jefe del Área de Estudios de Opinión del Instituto de Estudios Peruanos.

Enrique Patriau
29 Dic 2019 | 7:21 h

Hernán Chaparro, jefe del Área de Estudios de Opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), hace un balance del año político y sugiere algunas ideas sobre lo que podemos esperar el 2020. Sostiene que exigirle grandes reformas al gobierno no es realista y, que en todo caso, debería plantear una agenda con temas puntuales y realizables.

¿Cómo fue el año político para el gobierno de Vizcarra?

Uno de decisiones y retos. Vizcarra planteó lo que, creo, era una buena propuesta: irse todos, adelantar elecciones. Ese intento no funcionó y sobrevino la disolución del Congreso, lo que marca un final a este proceso de confrontaciones de mutuo desgaste. Uno puede decir que al gobierno la falta esto o lo otro, aunque hay que recordar que este presidente no tiene partido, ni tenía bancada…

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Ni la va a tener.

Y no la va a tener. Es un presidente restringido a su grupo de confianza. Desde ese punto de vista, lo ha hecho bastante mejor que Fujimori, quien, en su momento, al no tener grupo de apoyo, terminó recalando en Montesinos y los militares. Dentro de su fragilidad, Vizcarra ha podido tomar decisiones importantes, apoyado por un sentir ciudadano.

¿De hartazgo?

Muy cansado de la arbitrariedad política. Es un clima de hartazgo que se ve día a día. Mira el impacto vinculado con lo de McDonald’s. Hay una demanda ciudadana por una mayor horizontalidad en la gestión de lo público y lo privado.

¿Y cómo se manifiesta esa demanda?

En las encuestas del IEP, por ejemplo, el nivel de desaprobación de Vizcarra es mayor fuera de Lima, y muchas veces se vincula a las quejas por la falta de empleo o la baja calidad de los servicios públicos, como educación, salud y seguridad.

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Cuando explotó Chile, una pregunta recurrente era: ¿por qué no acá? Quiero decir, motivos para explotar hay.

Claramente el gobierno canalizó buena parte de esa indignación. Suele ponerse la mirada en las condiciones estructurales que podrían hacer que en el Perú pase lo mismo que en Chile y otros países. Puede haber condiciones semejantes, de acuerdo, sin embargo, muchas veces, la coyuntura o las vicisitudes disparan el cambio. Hay una inmensa diferencia entre Vizcarra y Piñera: el primero ha sido mucho más empático…

¿Con la gente?

En efecto, con la frustración, con la insatisfacción de la gente contra los políticos, en particular. Es casi como que la indignación ciudadana en el Perú tuviera nombre y apellido. En cambio, en Chile había ministros que, por las quejas del alza de los pasajes, decían que tomen el metro más temprano.

¿Esta empatía le será suficiente a Vizcarra para mantener su popularidad? Ha habido un descenso.

Hay un descenso. Ahora, si hacemos una medición de punta a punta, Vizcarra empezó con un 60% de aprobación y termina el año con una cifra parecida. Es cierto que no ha sido un nivel permanente…

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Aunque se ha sabido mantener.

Dentro de todo.

¿Qué se le puede pedir a este gobierno? Le queda año y medio y algo tiene que ofrecer.

Personalmente, creo que este es un gobierno de transición, por las características de quien está en el poder, que cuenta con un mini-equipo muy restringido. ¿Cuáles son las capacidades de un mini equipo? Ya es bastante meritorio…

¿Qué se mantengan?

Y que puedan hacer cosas, con muchos frentes abiertos. Para responderte, deberían tener en claro unas cuatro cosas que puedan ofrecer en estos meses. ¿Grandes reformas? Muy difícil. Con el Congreso definido, el gobierno podrá identificar a su interlocutor y acotar una agenda básica. Pedir más me parece fuera de la realidad.

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Se elegirá al nuevo Congreso el 26 de enero. ¿Cómo percibe que será su relación con el Ejecutivo?

No creo que veamos los niveles de confrontación de los últimos años. Tampoco creo que quienes lleguen renuncien a su rol fiscalizador. Habrá pedido de cuentas y cierta presión al Ejecutivo. Creo que el Congreso establecerá una relación razonablemente fiscalizadora.

La campaña no calienta con nada, ¿no?

El desinterés no es de ahora. En una encuesta del mes pasado se preguntó a la gente cuándo decidió el voto para las elecciones regionales y municipales. La mitad respondió en la última semana y la cuarta parte entre sábado y domingo. La situación de ahora es parecida, ¿no? Había expectativa por un Congreso diferente, sobre todo había mucho cansancio respecto de ciertos líderes políticos…

Había gran expectativa por la disolución, no tanta por lo que podía venir después.

En otra encuesta que hicimos, la gente decía algo así como “puede que el siguiente Congreso no sea tan bueno, pero quiero que este se vaya”. Es una constante en este largo proceso de transición política: la gente tiene más en claro qué rechaza, y no qué desea. Eso viene desde hace años.

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Bueno, los partidos tampoco ayudan a que la gente se identifique con ellos.

Estamos en un momento histórico. Me parece, el 2019 ha sido un punto de quiebre, un hito en la crisis de representación que jalamos desde 1990. Los partidos como que han quedado fuera de juego y deben pensar ahora en el reto que tienen por delante, en cómo reconstruir su relación con los ciudadanos, con un discurso más fresco. A pesar de que no ha habido reformas institucionales relevantes, la ciudadanía peruana ha cambiado. Y las demandas son más estructuradas, más elaboradas.

¿La exigencia es otra?

Sí. Este discurso de feudos, de creer que los congresistas tienen prerrogativas, de que los dueños de grupos financieros pueden sacar plata y meterla en los procesos electorales es inaceptable. Antes quizás se podía tolerar, hoy ya no. Ese es el reto de los partidos, darse cuenta de que la gente de hoy no es la misma.

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