El colosal poder de la mentira

Diego García Sayán
07 Nov 2019 | 6:13 h

¿Quién no ha sido víctima de una mentira? Cosas de la vida. Pero cuando la mentira es sistemática, masiva y tiene impacto social, ya se genera una responsabilidad en la sociedad. Con potenciada impunidad a través de las redes sociales, las “fake news” y la difamación se extienden –como supuesta verdad– de manera descontrolada y creciente.

Cierto que parte del problema es la falta de un ordenamiento jurídico adecuado que proteja el derecho a la honra de las personas difamadas por esos medios. Pero la cuestión de fondo es más de fondo: no solo las mentiras calan, sino que la sociedad no solo no penaliza a quienes las generan y divulgan, sino que llega a diferirlas y creerlas.

El daño impune es, así, doble. De un lado, la honra de personas difamadas que puede quedar demolida –en nombre de la “libertad de expresión”– tras una tenaz campaña por activos y a veces bien pagados trolls. Por otro, el impacto sobre la sociedad que muchas veces procesa mensajes difamatorios o mentirosos como ciertos. Puede acabar creyéndose barbaridades como que el enfoque de género da SIDA o que quienes defienden los derechos humanos son “terroristas”. En un contexto electoral esto es particularmente grave; puede ser algo decisivo y eficaz en inclinar una votación.

Dos recientes ejemplos locales ilustran esta situación. Uno: una supuesta “protesta” contra Vizcarra, reproducida en las redes la semana pasada (¡hasta por un director del BCR!), en el colegio de una localidad llamada Unchupaico por Huancayo. Mentira fabricada. Esa localidad no existe, los hechos ocurrieron hace más de un año y la protesta era no “en Unchupaico” sino contra el entonces gobernador regional de Junín, Ángel Unchupaico Canchumani. Dos: la sistemática e infame campaña difamatoria, también la semana pasada, de una autodenominada “Coordinadora Republicana” contra personas honorables sindicadas de ser articuladores de una inexistente “estructura político mediática que gobierna el país”. Mentira y difamación.

Cualquiera con dos dedos de frente podrá concluir rápidamente que se trata de falsedades. El hecho, sin embargo, es que la verdad no necesariamente se impone por sí sola. Puede ser, incluso, al revés: relevancia e impacto de las fake news y de la mentira que muchas veces acaba imponiéndose. Ese es el nudo del problema. El fenómeno ha sido estudiado empíricamente por prominentes sicólogos estadounidenses, como Jonathan Haidt, de la U. de Nueva York y han comprobado tres cosas muy graves.

Primero, que la mentira no tiene un costo para quienes hacen política u opinan al respecto. Suele pasar impune. Especialmente porque mentiras colosales –y hasta groseras– permiten reafirmar ciertas ideas o prejuicios ya existentes en los receptores de las mentiras. Segundo, por razones de “sobrevivencia” social, tiende a generarse una “presunción de honestidad”. Opera, inconscientemente, como “vacuna” para poder circular en la sociedad sin mucha angustia. Tercero, tienen gran efecto, especialmente en épocas electorales. Las decisiones u opiniones ciudadanas se basan, según esos estudios, más en la emoción y la intuición que en hechos y evidencias y a la hora de votar eso tiene inmensa gravitación.

Mucha atención, pues, con las “fake news”; especialmente en tiempos electorales en los que la mentira ya circula impunemente y tan campante.