Codinome: “Tía María”

Marco Sifuentes
11 M08 2019 | 01:25h

Si hay un momento para explotar la riqueza minera del Perú, es ahora. La crisis climática que vivimos no augura un escenario favorable a la minería dentro de un par de décadas. El costo ambiental habrá aumentado tanto que solo el hecho de trasladar el cobre o el oro será una actividad tan prohibitiva que no le saldrá a cuenta a los países que actualmente son nuestros caseritos (si el país tuviera una clase dirigente real ya estaría encaminando su diversificación productiva no solo por razones económicas, sino también previendo lo que será un verdadero cambio en nuestro modo de vida a mediados de siglo, pero ese tendrá que ser un tema para cuando lo urgente deje, aunque sea un segundo, de desplazar a lo importante).

Lo concreto es que el Perú necesita explotar ahora, ahorita, ya mismo, hoy, no mañana, su prodigioso subsuelo. Con un poco de suerte, esa riqueza debería servir para llegar mínimamente preparados al punto más álgido de la hecatombe ambiental. O, al menos, para no terminar de perder toda la viada de esos ansiados puntitos porcentuales de crecimiento.

Pero tenemos un gran problema. De hecho, es EL problema: la desconfianza. Desde el derrame de mercurio de Choropampa, pasando por, bueno, básicamente todos los grandes proyectos extractivos hasta crear un imaginario popular en el que la empresa no solo va a abusar de ti, sino que te va a enfermar, va arrasar todo lo natural a tu alrededor y, cuando se vaya, solo te dejará un rastro de tierra baldía, inútil, seca, y un pueblo convertido en un junkie sin su dosis, dependiente de una empresa que se fue a hacer negocios a otro lado para no volver más.

Y es difícil culpar a la población por desconfiar. No hay necesidad de “manipulación” si en casi todos los casos anteriores se descubrió que la empresa mintió en algo. Casi siempre resultó que el Estado se hizo de la vista gorda en un punto crucial. Casi siempre algún opinólogo en extremista proempresariado los insulta, los trata de ignorantes, primitivos y ágrafos (a veces, incluso, es el presidente el que les dice “perros del hortelano”). Y ahora resulta que esos mismos insultadores que los canales invitaban una y otra y otra vez tenían codinomes puestos por Barata. ¿Y así quieren que confíen?

La confianza es la base de la economía. Y hace rato deberíamos habernos dado cuenta que nuestro crecimiento económico tiene tanta base como un edificio de la Costa Verde.