Kuroiwa: el homenaje pendiente

“Que sirva, pues, el penoso fallecimiento de Kuroiwa para avanzar más y mejor en prevención y en proyectarnos ‘en armonía con la naturaleza’, como era uno de sus lemas”.

Diego García Sayán
18 07 2019 | 01:10h

El lamentable fallecimiento de Julio Kuroiwa el martes de la semana pasada no podía pasar desapercibido. Reconocimiento unánime sobre su trayectoria y capacidades, menciones respetuosas en los medios y el homenaje in situ de muchas personas que pudieron asistir a su velorio y sepelio, entre ellos uno de sus exalumnos, el presidente de la República.

Por encontrarme fuera ese día, no pude estar acompañando a sus familiares y allegados. Guardo con afecto, y en lugar preferencial en mi biblioteca, su libro dedicado “Disaster Reduction. Living in Harmony with Nature”, que me obsequió en mano cuando tuve la suerte de recibirlo en casa para una reunión hace algunos años.

La esencia de su mensaje: el efecto de los desastres naturales dependerá siempre de las medidas preventivas tomadas. Si bien en esto la batuta está en manos de los expertos, corresponde a todos tener información y conciencia sobre estas amenazas. Rescato de lo escrito y dicho por este sabio peruano tres conceptos que merecen ser especialmente destacados.

Primero: la memoria. Los pueblos que se olvidan de pasados desastres, los vuelven a sufrir. Mencionaba, como ejemplos, el desastre de Armero, Colombia en 1985 con 23.000 víctimas mortales de sus 30.000 habitantes por la erupción del Nevado del Ruiz. Armero ya había sido arrasada en 1857 por un desastre similar. En Lima el 28 de octubre de 1746 se produjo un terremoto de nivel 8,4 en la escala de Richter que destruyó la ciudad quedando en pie solo 25 construcciones. El Callao fue arrasado por un tsunami que mató al 96% de sus habitantes.

Segundo: prevención a través de información concreta y precisa a la población. En el terremoto de 1970 en el Perú cerca de 10.000 personas murieron en Huaraz aplastadas por fachadas de adobe colapsando en sus calles estrechas. La clave estaba en refugiarse en patios o jardines posteriores. En Kamaishi, Japón, todos los escolares de un colegio se salvaron el 2011 porque tenían conocimientos básicos sobre sismos y tsunamis de los que fueron oportunamente evacuados.

Tercero, diseños adecuados urbanísticos y en construcciones. Acerca de esto Kuroiwa da un sinnúmero de ejemplos e ideas que aquí no puedo tratar. Pero es interesante que, además del programa nacional de ciudades sostenibles, haya relevado lo que se viene haciendo en el diseño y construcción de nuevos centros urbanos.

Son interesantes los ejemplos que menciona de ciudades construidas contemporáneamente por la inversión de grandes empresas mineras para poblaciones que tuvieron que desplazarse para viabilizar actividades de explotación minera: El Pinar (Huaraz), de Antamina; Nueva Fuerabamba, Las Bambas (Apurímac) y Nueva Morococha (Junín), de Chínalco. También hizo mención del proyecto Nueva Ciudad, Charles Sutton en Olmos y algunas de las inversiones con la reconstrucción por los desastres producidos en el norte por El Niño.

Que sirva, pues, el penoso fallecimiento de Kuroiwa para avanzar más y mejor en prevención y en proyectarnos “en armonía con la naturaleza”, como era uno de sus lemas. Ojalá que esta circunstancia propicie una atención prioritaria en políticas públicas pendientes en materia de prevención.