Líneas rojas

Raúl Tola
08 Jun 2019 | 1:00 h

“Para el Ejecutivo sería suicida bajar los brazos o volver a paralizarse como en los primeros meses del premierato de Salvador del Solar”.

Aunque abre una nueva etapa en las intrincadas relaciones que sostienen el Ejecutivo y el Congreso, parece poco probable que la confianza recibida por el gabinete que preside Salvador del Solar vaya a alterar sustancialmente la dinámica de las mismas.

Es verdad que estamos ante una derrota clara de Fuerza Popular, que luego de denunciar un golpe de Estado, de quejarse a los gritos por los avances autoritarios del gobierno y de llamar «dictador» a Martín Vizcarra, prefirió olvidar la épica, bajar la cabeza, volver a echar mano de su arraigada inconsecuencia y aceptar las imposiciones de esta supuesta tiranía que tanto dice combatir.

Pero este resultado no es un triunfo del gobierno. Al aprobar la confianza, el fujimorismo y sus aliados han encajado un revés —uno más—, pero han demostrado tener motivos de sobra para aferrarse a sus curules.

Uno de ellos son los catorce sueldos que sus parlamentarios cobran puntualmente a lo largo del año, pero no es el más trascendental. Sí lo es la necesidad de mantener el poder que les otorga su mayoría relativa, con el control de comisiones clave y la posibilidad de seguir maniobrando como hasta ahora.

Para el Ejecutivo sería suicida bajar los brazos o volver a paralizarse como en los primeros meses del premierato de Salvador del Solar. Lo ideal sería abrir una etapa de diálogo entre ambos poderes del Estado, pero, vistos los antecedentes de Fuerza Popular, que hostigó desde el primer día a Pedro Pablo Kuczynski e hizo lo mismo con Martín Vizcarra en cuanto reveló que no sería su marioneta, confiar en ello resultaría de una ingenuidad temeraria.

Para el gobierno, lo primero es definir con claridad hasta dónde está dispuesto a ceder durante la negociación de las normas que motivaron la cuestión de confianza. En una democracia, lo normal sería que estas fueran aprobadas luego de un debate que intente perfeccionarlas. Pero frente a esta oposición tozuda y traicionera, vengativa y leguleya, que hizo lo posible por burlarse del proyecto de reforma política hasta que fue obligada a admitirla, no queda otro remedio que avanzar con recaudos, trazando unas líneas rojas que no puedan ser cruzadas, unos mínimos a respetar para evitar que las leyes sean desnaturalizadas. Será un periodo tenso y delicado, con la disolución del Congreso como carta no tan escondida.