¿Esto es lo peor?

Las elecciones de 1980 fueron las más democráticas que tuvimos, hasta ese momento, en toda la historia republicana.

Las elecciones de 1980 fueron las más democráticas que tuvimos, hasta ese momento, en toda la historia republicana.

Hoy uno tiene la sensación, como han dicho otros, de que una época ha llegado a su fin y con ello también una élite política que dominó el escenario nacional desde 1980 cuando se terminó el gobierno militar y alcanzamos una democracia más completa y representativa. Las elecciones de 1980 fueron las más democráticas que tuvimos, hasta ese momento, en toda la historia republicana. Fue una gran oportunidad.

Es cierto que ese optimismo ochentero duró poco. El terrorismo senderista que nació con la década, las violaciones de los derechos humanos por parte de militares y de terroristas, y la crisis económica que se vivió durante el primer gobierno de Alan García, transformaron ese breve optimismo en una protesta contra los políticos que llevó a la presidencia en 1990 a un desconocido: Alberto Fujimori. Ese optimismo democrático volvió al comenzar este milenio no solo porque el régimen corrupto y corruptor del fujimorismo fue derrocado sino también porque el gobierno de transición que encabezó el presidente Valentín Paniagua demostró que era posible combatir la corrupción y gobernar honradamente.   

Han pasado casi veinte años de esos otros veinte años y las y los peruanos ya no somos optimistas porque el pasado se repite y porque el panorama que tenemos por delante es incierto. Solo hay que mirar lo que ha ocurrido con los Presidentes desde el 2001 a la fecha para tomar plena conciencia de este desastre. Presidentes fugados, presos o suicidas. Y los pocos que se atrevieron, como diría el poeta Tulio Mora, a bailar con el diablo para salir del infierno en que vivimos, se quedaron ahí, inmolándose y clamando inocencia. La democracia peruana es como el dios Saturno: devora a sus hijos e hijas. Es una democracia que no tiene héroes, porque no tiene ciudadanos. 

Sin embargo, no es solo el fracaso y el fin de una clase política que compromete hoy tanto a la izquierda como a la derecha y de una elite empresarial que hizo riqueza corruptamente, sino también de una manera de hacer política y de una democracia que al ser excluyentes y puramente mediáticas dejan de ser instituciones y formas de convivencia entre hombres y mujeres. Y si hoy el grito mayoritario de la clase política, salvo honrosas excepciones, es sálvese quien pueda acusando a unos y otros de traidores y corruptos, el de la población es que se vayan todos y si es posible a la cárcel. Para la ciudadanía la política y la democracia son una suerte de artefactos que duran poco y que en poco tiempo se echan a perder. 

Nunca como antes la frase de Shakespeare: “Lo peor no ha llegado mientras pueda decirse: esto es lo peor” ha cobrado su real significado.  Los ciudadanos lo que quieren es que se vayan políticos y empresarios sin importarles quién o quiénes vienen detrás de ellos. Y esa es la verdadera catástrofe: un pasado que repudiamos y un futuro que ahora se presenta más como un producto del azar e individualista, y no como una construcción colectiva. Es el eclipse de la fraternidad y el crepúsculo del deber como han dicho otros. Hoy, en estos tiempos confusos, además de honestidad, se requiere de inteligencia política, de prudencia y de un necesario y urgente reencuentro con una población desencantada de los políticos, de la democracia y de su propio futuro.  

Te puede interesar

CONTINÚA
LEYENDO