No hay amor sin libertad femenina

Jorge Bruce
13 May 2019 | 0:22 h

La interpelación en el Congreso a la ministra Flor Pablo ha permitido que varios parlamentarios nos recuerden lo peligroso que resulta haber elegido a gente como ellos.

La interpelación en el Congreso a la ministra Flor Pablo ha permitido que varios parlamentarios nos recuerden lo peligroso que resulta haber elegido a gente como ellos. Declaraciones como las de Tamar Arimborgo no son tan solo risibles por su anacronismo e ignorancia acerca de la psicosexualidad (el sexo reproductivo que ella pregona es de los animales). Son nocivas porque alientan el sometimiento machista y el feminicidio. Pretender que el sexo debe practicarse sin placer es algo que no se lo he escuchado ni a Cipriani. Si nos limitamos a reírnos de semejante ridiculez, pasamos por alto el propósito de esas afirmaciones estrambóticas.

Lo que está detrás de ese conservadurismo grotesco es el sojuzgamiento del deseo femenino. Es la piedra de toque para traerse abajo el enfoque de género. En su elemental razonamiento, los congresistas adictos al pensamiento religioso más primitivo entienden que las mujeres siempre han sido el factor esencial en la conquista de los derechos de las personas. En su ensayo La Llama Doble acerca de la sexualidad, el erotismo y el amor, Octavio Paz subraya que “no hay amor sin libertad femenina”.

Al confinar a las mujeres a la tarea reproductiva, privándolas del placer y el ejercicio de su deseo, los conservadores religiosos saben que esa carencia de libertad les da poder. Biopoder le llama Foucault. Hay pues un sentido político profundo en esas prédicas retrógradas. Cuando Keiko Fujimori le dijo a Mávila Huertas, en una entrevista en canal N, que ellos han filtrado cuidadosamente a sus candidatos al Congreso, no faltaba a la verdad. Ese nivel de oscurantismo inquisitorial es el que requieren para sus objetivos de control y manipulación.

No importa que a muchos nos cause risa y vergüenza escuchar tamaños despropósitos en el año 2019. Su público objetivo es otro. Es el mismo de predicadores evangélicos como el impresentable Pastor Rozas, quien pretende salvar a los niños con “sangre”. Vaya uno a saber que quiso decir con eso. Pero intuimos que se trata de alguna forma de violencia perturbada anudada en su mente. 

Mal haríamos en no tomar en serio ese despliegue de disparates.

Si el Gobierno no los enfrenta ni recupera el contacto con las demandas sociales urgentes, nos dejará a merced de esa caterva de personajes tan tenebrosos como inescrupulosos.