Política como vocación

Raúl Zegarra Medina. Licenciado y magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú, magíster en estudios teológicos por la Universidad de Notre Dame (EEUU) y candidato a doctor por la Universidad de Chicago.

Raúl Zegarra Medina. Licenciado y magíster en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú, magíster en estudios teológicos por la Universidad de Notre Dame (EEUU) y candidato a doctor por la Universidad de Chicago.

Por: Raúl Zegarra Medina.

Un breve recorrido por los acontecimientos recientes de la política nacional difícilmente podría dejarnos satisfechos. Aquellos en cuyas manos se encuentra buena parte del sistema de justicia no muestran sino su desdén por el mismo, mancillándolo con la corrupción de sus actos y su incapacidad para dimitir cuando estos han sido expuestos. Por su parte, la mayoría congresal se muestra incapaz de tomar cartas en el asunto a sabida cuenta de sus intereses en evitar la remoción de ciertos fiscales que podrían ofrecerles protección. De otro lado, nos acercamos a una jornada electoral municipal y regional en la que la falta de propuestas de aquellos que lideran las encuestas parece ser casi un requisito.

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Así, muchos de nosotros no podemos más que sentirnos embargados por sensaciones oscilantes: indignación, frustración, decepción y, cómo no, cinismo. Y el cinismo, claro, es el regocijo de políticos sin propuestas y sin principios. Cuando la gente ya nada espera, la corrupción y la mediocridad se vuelven moneda corriente ante la falta de control y el desinterés ciudadano por la política.

De cara a esta situación, quisiera dedicar estas líneas a darle a nuestra indignación un propósito constructivo, aunque con las limitaciones de hacerlo por escrito y a sabiendas de que la transición decisiva es aquella que pasa de la reflexión a la praxis. Consciente de sus limitaciones, me interesa ofrecer algunas líneas para considerar que la política nacional puede ser mucho más que lo que vemos. Quisiera que nos aproximemos a la política como una vocación.

El sociólogo Max Weber es de inmensa ayuda para esta tarea, especialmente en una conferencia cuyo título he copiado para el título de este artículo. Casi cien años atrás, Weber se propuso examinar el difícil tema de la actividad política y sus repercusiones en nuestro actuar. No me interesa aquí resumir esta fascinante conferencia. Sin embargo, quiero resaltar un par de ideas que pueden ayudarnos a repensar el escenario político.

A mi juicio, el aporte central de esta conferencia reside en las distinciones y conexiones que Weber propone entre política y ética. Si la política tiene que ver con el uso legítimo del poder y la fuerza, ¿pueden ser estos sometidos a exigencias éticas? Weber sugiere que cuando entramos al terreno de la política no podemos esperar que normas morales, que aplican a otras esferas, apliquen del mismo modo. Por ejemplo, una ética de absoluto desprendimiento, como aquella sugerida en Mt. 19, 21 ("Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres") o Lc. 18,22 ("Todavía te falta algo. Vende todo lo que tienes, reparte el dinero entre los pobres…"), es inaplicable en la arena política donde el asunto es obtener poder, no renunciar a él.

Esto lleva a Weber a distinguir entre dos tipos fundamentales de ética: ética de convicción y ética de responsabilidad. La primera opera con códigos absolutos y hace lo que es correcto sin importar las consecuencias. “No matarás”, por ejemplo, se convierte en una norma absoluta. La legítima defensa o la defensa de la vida de otros no constituyen excusa. En palabras de Weber, “Dios juzgará las consecuencias”.

En cambio, la ética de responsabilidad consiste en, precisamente, tener en cuenta las consecuencias y hacerse responsable de ellas. Ciertas acciones basadas en convicción pueden tener consecuencias nefastas; en cambio, algunas acciones negativas pueden llevar a resultados mejores. El énfasis está en cómo negociamos -de cara al aquí y ahora, de cara a la fragilidad y corrupción humanas- los mejores resultados concebibles.

De estas consideraciones pareciera derivarse que la ética de convicción es incompatible con las exigencias de la vida política, y que lo único que queda es ser burdos pragmatistas. Sin embargo, Weber nos recuerda que incluso las personas motivadas por convicciones absolutas deben vivir en un mundo lleno de contingencias. A menos que uno elija el camino del anacoreta, Weber sostiene que quien actúa guiado por convicciones absolutas está obligada a hacer concesiones.

Y en esta paradoja, típica de las religiones, Weber encuentra un modelo ético para la política. Pues el político, como la persona de fe que no renuncia al mundo, ha de situarse en la tensión entre una ética de convicción y una ética de responsabilidad. ¿Qué otra cosa es sino la existencia histórica de una iglesia institucional si se le contrasta con la pequeña secta judía que seguía a Jesús de Nazareth? Así, en política toca tener ideales que guíen nuestro deseo por obtener el poder, pero a la vez corresponde ser conscientes de que nuestras sociedades están fracturadas por un sinnúmero de conflictos, y que por ello es natural hacer concesiones y hacerse responsable por ellas. Las críticas lloverán; aliados y amigos nos darán la espalda. Y, sin embargo, algo más grande permanece en juego: la convicción de que una sociedad más justa es posible, pero que darle forma requiere decisiones difíciles.

Que este texto nos motive a pensar la política como una vocación que combina convicción y responsabilidad. Muchos de nosotros sentimos, con justicia, desprecio por lo que nuestra clase política representa. Quizá sea tiempo para armarnos de valor para reemplazarla, eligiendo con más cuidado a nuestros representantes o decidiéndonos nosotros mismos a participar de la actividad política para darle vida a nuestros ideales. Si convicción y responsabilidad parecen haber desaparecido, quizá sea momento de traerlas de vuelta. Tal vez esa es la vocación a la que la presente coyuntura nos invita, llamándonos con gritos de desesperación.

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