Justicia y radicalidad democrática

Alberto Adrianzén
25 07 2018 | 12:30h

Lo que hoy vivimos, más allá de su tono tragicómico, es el fracaso de una nación, pero también de una élite política, económica, social y cultural”

Poco tiempo antes de que el presidente Valentín Paniagua falleciera, lo visitó Ricardo Uceda para invitarlo a un seminario sobre medios de comunicación y política. Cuando se fue Ricardo nos quedamos conversando. Casi al final de la conversación me dijo dos cosas: la primera, que se debieron intervenir los medios de comunicación por el papel nefasto que cumplieron la mayoría de ellos durante la década fujimorista, y lo segundo, y lo cito casi textualmente: “nos debimos quedar más tiempo”, es decir, prolongar el gobierno de transición, con lo cual se hubiese producido una ruptura política y un nuevo proceso político que terminaría, como él mismo decía, con la refundación del país y de la propia democracia. Probablemente Paniagua había llegado a esa conclusión luego del fracaso del gobierno de Toledo y el triunfo de Alan García el 2006. Su visión sobre el futuro del país era poco o nada optimista. Creo que el tiempo, lamentablemente, le dio razón.

Es cierto que esta anécdota la he contado en otras oportunidades y si lo hago ahora es porque me parece importante volvernos a plantear este problema, sobre todo en estos tiempos de indignación y pesimismo por el “descubrimiento” de la corrupción en el Poder Judicial y Fiscalía y el fracaso de la democracia y de la política. Es decir, si somos capaces de promover tanto una ruptura política con el pasado como una otra manera de ver y encarar los problemas del país. Temas ambos que nos llevan a una nueva radicalidad democrática.

Lo que hoy vivimos, más allá de su tono tragicómico, es el fracaso de una nación, pero también de una élite política, económica, social y cultural que nos gobernó y continuó una misma política económica luego del regreso a la democracia al comenzar este milenio.

Soren Kierkegaard define una época tragicómica como aquella que se vivió durante la decadencia griega donde “todo subsiste, pero ya nadie cree en las viejas formas. Han desaparecido los vínculos espirituales que las legitimaban, y toda esa época se nos aparece tragicómica: trágica por sombría, cómica porque aún subsiste”. Lo “sombrío” es lo que hemos “escuchado” en estos días, lo cómico es porque se parece mucho, por no decir que es igual, a lo que “vimos” en los vladivideos hace casi veinte años.

Soy un convencido de que la justicia es, acaso, el principal derecho de los ciudadanos y ciudadanas de un país. Nuestro derecho a la justicia, es decir “hacer justicia por mano propia”, se lo entregamos al Estado para que este sea “el titular del monopolio del Derecho y del Derecho como sistema normativo que en su condición de positivo ha cobrado autonomía frente a la moral, tradiciones y costumbres” (Miguel Ángel Rodilla). Sin embargo, como dice este mismo autor, “lo justo e injusto no son predicados aplicables a ley: justas o injustas pueden ser las acciones de los hombres… por concordancia o discordia con ley”. Dicho de otra manera, el sistema judicial imparte y hace respetar las leyes, pero es la sociedad, en última instancia, la que define qué es “justicia”, es decir, qué es lo “bueno” y lo “malo”. Y si bien la justicia, que tiene como una de sus referencias un conjunto de leyes, es sobre todo una forma de convivencia social que garantiza una vida pacífica de los ciudadanos. 

Por eso los peruanos y peruanas no creen que el tema de la justicia se resuelva solamente con nuevas leyes. Lo que quieren, reclaman y buscan es un “poder justo”, es decir, un poder (político) que haga justicia y que los proteja de lo que ellos definen como “injusto”.

Por eso es un error pensar que una “reforma de la justicia” es tarea casi exclusivamente de abogados, de expertos o de nuevas leyes, cuando es sobre todo tarea del poder político, al fijar los límites de la convivencia social. Y por eso creo, también, que, junto con una reforma, lo que habría que pensar y hacer es provocar una ruptura, una fractura con el pasado. Acabar con la tragicomedia que hoy vivimos. Crear algo nuevo, distinto.

Valentín Paniagua vislumbró la necesidad de esa fractura. Nos dejó una ruta a seguir que requiere una gran voluntad política. Me pregunto si este gobierno estará dispuesto a seguir ese camino. De ello depende, en parte, el futuro del país y de la propia democracia.