Raúl Tola

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“El tenis venía de una etapa dorada –los duelos entre Pete Sampras y Andre Agassi–, cuando el suizo irrumpió en el circuito con su plasticidad, ligereza, velocidad y precisión imposibles, elevándolo varios escalones”.

A pesar de su enorme proyección global, son pocos los atletas de élite que consiguen trascender sus deportes. Cuando lo hacen (sea por su calidad única o su personalidad magnética), alcanzan tal repercusión que contribuyen a transformar su época al mismo nivel que los mayores artistas, políticos y científicos. Me vienen a la mente nombres como Diego Armando Maradona, Michael Jordan, Muhammad Ali, Usain Bolt o Michael Phelps.

Sin duda, también Roger Federer. El anuncio del retiro del más grande tenista de todos los tiempos le pone final a una trayectoria que redefinió su deporte. El tenis venía de una etapa dorada –los duelos entre Pete Sampras y Andre Agassi–, cuando el suizo irrumpió en el circuito con su plasticidad, ligereza, velocidad y precisión imposibles, elevándolo varios escalones.

Supongo que el debate sobre su condición como mejor tenista de la historia quedará abierto para siempre, contrapuesto a esos otros dos monstruos que son Novak Djokovic y Rafael Nadal, que capitalizaron finales, trofeos y récords desde que comenzaron a enfrentarse. Aunque el serbio y el español tienen el récord de Grand Slams y ambos superan al suizo en el cara a cara, fue Federer quien definió cómo se juega al tenis en nuestros días y sus tiros, desplazamientos y decisiones estaban cargados de una magia y genialidad diferentes.

PUEDES VER: Nadal tras la exclusión de Djokovic del US Open: “El deporte es más grande que un jugador”

Aunque con Djokovic jugó algunos de sus mejores partidos (la final de Wimbledon 2014, la semifinal de Roland Garros 2011), si por algo será recordada esta época es por su rivalidad con Nadal, una de las más grandes de la historia del deporte. A ella contribuyó el enorme contraste entre ambos: uno diestro, el otro zurdo; uno confiado en la inspiración, el otro en el sufrimiento; uno con revés a una mano, el otro a dos manos… Como en las buenas novelas, estas diferencias, sumadas a la portentosa mentalidad competitiva de ambos, nos regalaron una combinación de desenfreno, drama, agonía y éxtasis capaces de emocionarnos hasta la asfixia a nosotros, simples espectadores.

A Federer lo vi jugar muchas veces por televisión y solo pude verlo una vez en directo. No fue jugando un partido, sino en un entrenamiento en arcilla, durante la semana del Madrid Open. Recuerdo que éramos unos doscientos aficionados que nos apretábamos en las tribunas de una de las canchas auxiliares del torneo, bajo un tormentoso sol de mayo, y que su aparición causó un revuelo comparable con la histeria. También recuerdo que, en vivo, su precisión, coordinación y soltura –esa impresión de jugar fácil, sin despeinarse– eran todavía mayores. Con razón, el escritor David Foster Wallace –que estuvo a nada de ser tenista profesional–, dijo que verlo jugar era como una “experiencia religiosa”.