Paula  Távara

Paula Távara

Casa común
Politóloga, máster en políticas públicas y sociales y en liderazgo político. Servidora pública, profesora universitaria y analista política. Comprometida con la participación política de la mujer y la democracia por sobre todas las cosas. Nada nos prepara para entender al Perú, pero seguimos apostando a construirlo.

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Que no sea tarde

“El llamado del presidente llega ya tarde y nos muestra a un presidente cada vez más débil, solo frente a sus adversarios y solo con su incapacidad de gestionar el Estado”.

La renuncia de Aníbal Torres a la Presidencia del Consejo de Ministros abrió la puerta a que se plantee y se especule no solo sobre quién asumiría este puesto sino también sobre si, aprovechando la ocasión, se llevarán a cabo más cambios al interior del gabinete.

Frente a esta posibilidad, por supuesto, surgen siempre las preguntas respecto de qué tipo de gabinete necesitamos o sería el más idóneo. Olvidan muchas veces estas preguntas que nos encontramos ante un presidente y un gobierno que llevan tiempo construyendo gabinetes no pensando en qué “necesitamos” como país, sino en las conveniencias para su supervivencia en Palacio.

Sin embargo, el presidente Castillo lanzó un mensaje – que había esbozado ya en su discurso del 28 de julio – convocando a “los partidos políticos, sociedad civil y organizaciones a ser parte de un gabinete de ancha base que trabaje por el Perú”.

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¿Es posible realmente, en esta coyuntura de investigaciones y sospechas sobre él, que el presidente construya alguna ancha base?

Más allá de los partidos políticos, que tristemente siempre pueden estar dispuestos a la negociación de intereses, como hemos visto en otras ocasiones, es difícil imaginar a “la sociedad civil y las organizaciones” confiando en un presidente que, desde el inicio y en más de una ocasión, ha dado la espalda a sus iniciativas, propuestas e incluso intentos de apoyo.

Un presidente que nombró ministros y ministras que generaban cierta confianza ciudadana para luego no despachar con ellos, no respaldar sus iniciativas e incluso despedirles sin anuncio previo y vía comunicación pública, es un presidente que ha perdido la legitimidad de convocatoria.

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Lamentablemente para el país y las necesidades de sus ciudadanos y ciudadanas, los buenos técnicos, los buenos políticos con capacidad técnica y las buenas voluntades de diversos profesionales parece que difícilmente se pondrían en riesgo para conformar un gobierno con serias dudas de corrupción y en el que no parece que se pueda avanzar en ningún tema de relevancia.

Dicho de otro modo: La ancha base con la sociedad civil y las organizaciones parece ya un llamado inatendible, un pedido en sala vacía. Y es altamente probable que el presidente lo sepa. De hecho, es más que probable que ni siquiera sea un llamado real sino una frase para la tribuna, mientras que en realidad lo que se podrá conformar, y lo que se querría conformar, es un gabinete de escuderos de altísima confianza presidencial, que soporte mínimos de gestión a la vez que dedique su tiempo y esfuerzo a garantizar la permanencia en el Ejecutivo de Castillo y sus aliados.

El presidente que prometía un gobierno del pueblo parece no tener ya ninguna capacidad ni intención de convocar a quienes le ayuden a serlo. No es difícil imaginar en estas horas llamadas y rechazos de más de uno o una, barajas de nombres imposibles, y la vuelta a los mismos actores que vienen deteriorando al Estado desde hace poco más de 365 días.

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El llamado de Castillo llega ya tarde y nos muestra a un presidente cada vez más débil: Solo frente a la justicia (a la que parece querer boicotear), solo frente a sus adversarios (con una ciudadanía que no responde por él ni le defiende) y solo con su incapacidad de gestionar el Estado al que la población necesita profundamente.

No creo en las salidas fáciles, como lo he dicho en más de una ocasión en esta misma columna, ni en las “buenas intenciones” de los actores políticos que nos venden que todo irá de las mil maravillas al día siguiente de un cambio de gobierno. Pero sí creo que se hace imperativo encontrar formas de que, incluso si la crisis política no tiene una rápida solución, logremos poner alguna ante la crisis en la que la gestión de lo público se ha ido adentrando. Ojalá para nosotros no sea tarde también.